RetrocesoA&ONº 260/17-V-2001SumarioAqui y ahoraContinuar
La otra violencia
He dudado mucho antes de escribir estas líneas. La situación por la que atravesamos los españoles resulta tan dolorosa que podrían sonar a escarnio o a simple escapismo intelectual, frente al drama real y efectivo de tantas biografías truncadas sin remedio. Y, sin embargo, esa misma drástica gravedad me insta a tomar la pluma. Son ya muchos los meses de muertes continuadas, de condenas oficiales y oficiosas, de protestas más o menos airadas y de apelación a las autoridades para que pongan fin a una catarata de males que, evidentemente, se nos ha ido de las manos.
¿LOGROS?

Ojalá las apariencias nos engañen. Pero, tal como lo veo, resulta ingenuo y engañoso pensar que puede acabarse con las expresiones más aparatosas de la violencia mientras no se elimine la actitud de fondo, pétrea y encarnizada, que, prácticamente por todas partes, instiga a ella. ¿Pero no es eso lo que, con más o menos conciencia, pretende la sociedad contemporánea? Hostiga, aunque no todos, los brotes de agresividad más vistosos: terrorismo, criminalidad, xenofobia, acoso sexual, intemperancia doméstica… Y alienta hasta lo indecible el salvajismo constitutivo de nuestra moderna civilización occidental: la voluntad de poder o voluntad de dominio (o de éxito, o de prestigio, o de dinero, o de placer…), individuales y colectivas, casi cósmicas, a las que ya apelara Nietzsche.

Porque la violencia en la cultura occidental contemporánea no es sólo un hecho. Surge de una determinada visión de las cosas, del hombre, de la vida. No cabe duda de que otras épocas han conocido las brutalidades más desenfrenadas, las masacres más horrorosas, los saqueos, los estupros y demás géneros de abducciones. Pero la nuestra es tal vez la primera cuyo modo de pensar y de sentir constituyen la tierra fecunda donde la violencia hunde sus raíces..., no como explosión ocasional de instintos desviados, sino como consecuencia lógica de los planteamientos teoréticos vigentes en ella.

Por eso, el problema radical no es sólo la delincuencia de mil y un rostros que invade nuestras complejas metrópolis y anida en sus aledaños; ni siquiera, y me duele enormemente incluso pensarlo, el terrorismo, con sus despiadadas expresiones nacionales e internacionales, que a todos nos estremecen y llenan de compasión por las víctimas sin culpa y de indignación creciente contra sus asesinos y quienes los secundan. No es sólo eso (y eso es ya mucho, muchísimo, horrendo): en su esencia más íntima, la violencia reposa en lo que Heidegger ha llamado olvido o desatención al ser, a la realidad tal como es, sobre todo a las personas, y a las exigencias que de ella se derivan. Pues semejante desprecio suprime los límites para la sed de dominación caprichosa del hombre sobre el propio hombre (y la mujer, y la vida no nacida, y el emigrante, y el enfermo, y el anciano, y el desamparado…) y sobre el resto del universo.

De acuerdo con Gianni Vattimo, padre del pensiero debole y nada sospechoso de integrismo, el poder al que la voluntad hoy aspira sólo es posible si esa voluntad encuentra frente a sí un ser identificado con la nada, un ser débil, sin perfiles, sin lo que en otros tiempos se llamaba naturaleza; la cultura de la violencia germina entonces y se nutre en todas las pacíficas y autorizadas formas de intervención manipuladora sobre el hombre y el mundo, que aspiran a modelarlos al propio antojo, tratándolos como materia informe y plenamente disponible a capricho del más fuerte.

Índices de esa belicosidad no rechazada o incluso secretamente promovidas serían, entre otros, la utilización indiscriminada de las fuentes de energía, tan explicablemente denunciada por los ecologistas; el uso desenfrenado de los mass-media y de la publicidad, que tuercen voluntades y comercian con la intimidad propia y ajena; la ingeniería genética, cuando se torna irrespetuosa respecto al ser humano; la nada infrecuente violación de la verdad por parte de los que rigen el destino de las naciones; los atentados cotidianos contra la libertad mediante la desinformación institucionalizada; el rebajamiento de la persona, reducida a centro de consumo de placeres y utilidades; el fomento irresponsable de la liberación sexual; el provocado descrédito de cualquier compromiso amistoso, profesional, familiar; el sometimiento del espíritu a la materia más burda, al dinero, que vende y compra sin pestañear, para entregarlas a la prostitución, a mujeres y niñas desvalidas e incluso a pueblos enteros, o induce con engaño a jóvenes y adolescentes hacia el mundo de la droga…

Esa extorsión tan generalizada y medio consentida a la naturaleza, al ser del hombre y de las cosas, ¿no podría constituir el foco de las otras actitudes, de las manifiestamente violentas y estrepitosas que tanto nos aterran? Heidegger advertía que el hombre no es el explotador indiscriminado, sino el pastor del ser; y que, cuando se ocupa en someterla y transformarla, no puede perder de vista que su misión no es la de esquilmar sin freno la realidad que tiene entre manos, sino la de apacentarla y hacerla fecunda, reconociendo y respetando su originario designio: sólo de esa manera conquista la pobreza del pastor, cuya dignidad estriba en sentirse llamado por el ser para preservar su verdad.

Sé que resulta duro. Pero ¿no cabría que de la otra violencia, no sólo admitida sino fomentada y aplaudida en nuestra civilización, se estuvieran desprendiendo, como fruto maduro, las riñas injustificadas, la agresividad multiforme y omnipresente, la conflictividad escolar, las zancadillas y abusos profesionales, los genocidios, la opresión a los pueblos más pobres, los conflictos bélicos manifiestos, las rivalidades sangrientas entre tribus…?

¿Y LAS SOLUCIONES?


Puede parecer un salto en el vacío o una ilusión utópica, pero lo que pretendo es invitar a la reflexión personal, serena y sosegada. ¿Recuerdan la última escena de una de las más emblemáticas producciones de Fellini: La dolce vita? Amanecer espléndido, en una playa mediterránea. Reencuentro de los personajes centrales de la historia, exhaustos por la tristeza y por el peso noctámbulo de toda una madrugada de delirios y devaneos…, que no han logrado exorcizar su aburrimiento. En la orilla, un grisáceo corro de pescadores acaba de depositar en la arena un pez monstruoso, símbolo evidente de algún cataclismo más profundo y devastador. Y entonces, justo entonces, en la última imagen de la cinta, destaca sobre el horizonte un purísimo rostro de muchacha, casi una niña: anuncio, a la luz del alba, de que el ser, a pesar de todo, triunfa sobre la nada, la verdad sobre el cinismo y la trapacería, el bien sobre la prepotencia y los trapicheos, la belleza sobre el culto a lo grotesco y extravagante, el sentido frente al vacío…

Depende de todos, de cada uno de todos.

Tomás Melendo Granados
Catedrático de Metafísica
Universidad de Málaga