RetrocesoA&ONº 260/17-V-2001SumarioCriteriosContinuar
Realismo
En el transcurso de sus peregrinaciones papales, Juan Pablo II ha sufrido las bravatas de la Nicaragua sandinista; ha soportado a los antiguos tiranos soviéticos en Polonia; ha padecido los intentos de algunos dictadores de secuestrar su buena voluntad para utilizarla a favor de sus malintencionados propósitos aguantando todo tipo de amenazas a su dignidad y seguridad, con tal de llevar adelante su misión evangélica. Entra dentro de lo imaginable que estas situaciones las viva el Papa en los antiguos países comunistas, o con mandatarios de Oriente Medio; lo que uno no espera es que estén protagonizadas por cristianos. Sin embargo, en los días precedentes a la llegada a Grecia del Pontífice, los componentes de la unión del clero ortodoxo le anunciaron presentándole como hereje engreído.

Para mi consuelo, un sacerdote ortodoxo amigo compartía mi indignación: Juan Pablo II es la única persona a quien se debe la caída del comunismo ateo, y la Historia le estará muy agradecida, dijo. Pedir su destitución es vergonzoso. Hoy cuesta comprender que el espíritu de la ortodoxia griega esté tan determinado por el hecho histórico del saqueo de Constantinopla por los cruzados en 1204. Ciertamente se comportaron como bárbaros; y ningún católico romano hablaría hoy en día a su favor en este sentido, aunque ochocientos años son mucho tiempo como para guardar aún rencor. Y no puede decirse que los ortodoxos estuvieran libres de culpas.

Al contrario que sus homólogos ortodoxos, este Pontífice vive en el mundo real y sabe que la cuestión clave no es qué rama del cristianismo seguirá el mundo, sino si el mundo será o no cristiano. Cuando los ortodoxos despierten de su autocomplacencia y se den cuenta de la verdadera naturaleza de la crisis espiritual y moral que está anegando sus respectivas culturas, ¿qué harán?

Quizá estudiarán la Veritatis Splendor y la Evangelium Vitae, así como otros escritos proféticos de Juan Pablo II, un auténtico humanista cristiano que verdaderamente comprendió las promesas y peligros del mundo postmoderno.

R. Dreher
en The Wall Street Journal