RetrocesoA&ONº 260/17-V-2001SumarioCriteriosContinuar
Allí empezaron a llamarse cristianos
Por qué no rezamos el Padrenuestro en griego? Con esta propuesta al arzobispo ortodoxo de Atenas, Juan Pablo II rompía el protocolo que no tenía prevista ninguna oración conjunta, y mostraba que la presencia amorosa de Dios es más grande y más fuerte que todos los pecados y todo el mal del mundo. Antes, nada más llegar a Grecia, había pedido perdón, había mostrado el corazón lleno de ternura de quien previamente la ha recibido de su Fuente misma, y la experimenta cada día, pudiendo proclamar con el salmista, con pleno conocimiento de causa: Señor, tu ternura y tu misericordia son eternas. ¿Acaso otra cosa que esta experiencia puede explicar el milagro de Atenas, como algún medio ha titulado estos días haciendo balance de este viaje del Papa que, en pocas horas, ha diluido temores y amenazas abriendo un camino esperanzador?

Mañana Juan Pablo II cumple 81 años llenos de esperanza, de la verdadera, la fe más amada por Dios, en palabras de Péguy, quien la llama asimismo, con luminosa sencillez, niña esperanza. El reciente viaje apostólico del Papa, siguiendo las huellas de san Pablo, comenzaba en Atenas con un ambiente hostil que bien podía recordar el mismo rechazo sufrido por el Apóstol de los gentiles, y una vez más, y con un vigor que lejos de apagarse al paso de los años, que inevitablemente envejecen, reverdece con la fuerza de la niña esperanza, que por algo es la fe que Dios más ama, se ha producido el milagro. La caricia del anciano Papa en nuestra foto de portada, y la mirada llena de un gozo inmenso y contenido por la emoción de la niña que lo recibe en Siria, allí donde los discípulos de Jesús comenzaron a llamarse cristianos, expresan por sí solas lo más decisivo de esta visita que viene a completar la peregrinación jubilar de Juan Pablo II por las tierras bíblicas; como lo expresan también esos muchachos que lo rodean exultantes, en la foto que ilustra este comentario.

Y mientras Juan Pablo II pone cada día más de manifiesto que, ciertamente, es el Papa de la gran esperanza, las autoridades públicas en España, con una irresponsabilidad ciertamente patética, autorizan la venta de la píldora abortiva, llamada del día siguiente —¿impedir la implantación del embrión humano, si se ha producido la fecundación, no es incluso más atroz aborto, si cabe, que abortarlo después? ¿Qué clase de tranquilizante de conciencia puede ser impedir que el hambriento alcance la comida, para no tener que matarlo con el estómago lleno?— Incluso algunos Gobiernos autonómicos anuncian su distribución gratuita. ¿Cabe mayor negación de la esperanza? ¿Qué clase de futuro puede esperar a una sociedad que destruye la vida ya desde el primer momento que aparece, sin dejarla siquiera acercarse a su primera cuna? Es el futuro que, certeramente, describe el gran cineasta Tarkowski cuando dice que el hombre contemporáneo ha abandonado la mochila y el bastón, y se ha recluido en un escondrijo; su horizonte ya no es el cielo abierto, sino las cuatro paredes de un mundo que sólo puede acabar asfixiándolo.

Es la asfixia del corazón, y de la razón más elemental, que está conduciendo al sarcasmo de presentar a esta trístemente famosa píldora como el medicamento ¡para que disminuya el número de abortos! Científicos de toda solvencia han reiterado, y estas páginas han dado buena prueba de ello, el indiscutible carácter abortivo de esa píldora. Pero las autoridades y la inmensa mayoría de los medios de comunicación siguen empeñados en negar la evidencia. ¡Y precisamente dicen esos medios y esas autoridades que lo que pretenden es responder a la realidad que está en la calle! A la Iglesia, en cambio, cuando afirma lo que ella no se inventa, sino la realidad misma que afirma la ciencia, se le dice que está en la luna. ¿Dónde está cada cual?

Frente a todo tipo de realidades virtuales, Juan Pablo II, testigo fiel de la Realidad, cuyo nombre es Jesucristo —Todo tiene en Él sus consistencia es la expresión utilizada por san Pablo—, ha llenado a la Iglesia en Oriente Próximo de la esperanza verdadera, y se prepara a continuar haciéndolo en su ya inmediato viaje a Ucrania, y con el corazón abierto a su tan deseada visita a Moscú. ¿No es hora de que los países de Occidente, los de la vieja cristiandad, volvamos, sin tapujos ni eufemismos, a los orígenes, la única verdad que nos hace libres, tan preciosamente retratados en la niña esperanza de nuestra portada?