RetrocesoA&ONº 260/17-V-2001SumarioDesde la feContinuar
Mi deber de católico
Ante la inminencia de la Declaración de la Renta, nos parece del mayor interés y actualidad este artículo que,
para los lectores de Alfa y Omega, escribe el Director General de Asuntos Religiosos:
Ahora que el mes de mayo nos trae no sólo las antiguas y poéticas flores, sino también el moderno y prosaico deber de tributar, escucho con frecuencia esta frase: Conmigo que no cuente, a partir de ahora, la Iglesia en mi declaración de la renta. ¿Por qué? Porque la Iglesia no ha condenado a ETA con la necesaria energía. Y me lo dicen personas que se tienen y a las que tengo por serias y creyentes.

Líbreme Dios de dar ni siquiera la impresión de que no condeno a la ETA. La condeno, repudio sus crímenes, abomino de su propia existencia, la considero un cáncer podrido y maloliente, y me solidarizo con sus víctimas, por las que rezo cada día, al par que rezo también por que el Señor ilumine las ciegas mentes de esos hermanos míos —etarras y protectores de etarras— que han dejado de comportarse como hombres, y han olvidado hasta el último resto de civilización y de cristianismo que haya podido alentar alguna vez en sus almas.

Pero sé también muy bien qué absurdo, qué contrasentido se esconde en esa picadura contra la Iglesia Santa por parte de aquellos que más debieran amarla. Porque, en primer lugar, la Iglesia somos todos. Yo soy tan Iglesia como el obispo, como el párroco, como el religioso y como cualquier seglar. Más aún, la Iglesia es, como todo organismo social, una pirámide: pocos dirigentes, mucha base. Y si niego mi ayuda económica a la Iglesia, a quien castigo es a los huérfanos de asilo, a las viejas de una residencia, a unas monjas de clausura, a un párroco de un puebliño de Pontevedra, a una casa de Ejercicios, a un hospital de las Hermanas de la Caridad. A quien no castigo es a monseñor Setién.

He aquí la madre del cordero. Con quien mis amigos anti-casilla están enfadados —y lo confunden con la Iglesia— es con monseñor Setién, y de paso con todos los obispos, refundidos en la Conferencia Episcopal.

Los obispos pueden equivocarse, ¿quién lo duda? Pero afirmo con conocimiento de causa que la Conferencia Episcopal ha condenado muchas veces y muy claramente a ETA. Afirmo con total convicción que la Conferencia Episcopal ni debe ni puede firmar documentos políticos por muy de acuerdo que esté con ellos. Afirmo con base científica más que suficiente que la Conferencia Episcopal no es un organismo que pueda ni debe decretar excomuniones. Y afirmo también que eché de menos que los obispos vascos, cuando recientemente monseñor Setién se permitió hablar en nombre de todos ellos, no se desmarcaran de esa representación que no le correspondía.

Todo mi respeto personal —también mi amistad, muy antigua ya— para monseñor Setién. Respeto y amistad desde los que debo decir que, en mi opinión, no es precisamente un bien el que le ha hecho a la Iglesia con algunas de sus actitudes.

Mi total discrepancia con quien busque razones para no celebrar un funeral por Gregorio Ordóñez. Y también con esa mitad del clero de Bilbao que no firma una declaración contra el terrorismo.

Toda mi admiración para el cardenal Rouco cuando, representando a la Conferencia Episcopal que preside, emplea, para condenar a los etarras y sus favorecedores, las expresiones más categóricas y, a la vez, más pastorales: un obispo que sufre indeciblemente por la sangre derramada, abomina el crimen, define qué es y qué no es ser cristiano, y ruega a Dios por la conversión de los asesinos. Un obispo, y muchos obispos, y muchos fieles en todo el territorio español.

Y, desde todos mis acuerdos y todos mis desacuerdos, lo que nunca haré, con la ayuda de Dios, será desmarcarme de mi Madre la Iglesia, negarle mi ayuda y mi colaboración, cuando yo también la mancho con mis pecados y la afeo con mis infidelidades. Mientras más desorientada pudiese aparecer a mis ojos, más trataría de amarla y de servirla. Porque sólo desde dentro, desde la unidad de todos los fieles en torno a la Iglesia —constituida por seres humanos que se equivocan—, podemos vencer y convencer, podremos ser apóstoles; y son muchas las personas, los etarras muy en particular, que necesitan de un Dios al que cada día crucifican, tanto en la carne de sus víctimas como en sus propias almas redimidas y ciegas.

A partir de ahí, yo me muevo en la convicción de que es mi deber de católico el ayudar a la Iglesia a mantener al clero, a las obras educativas y asistenciales que promueve, a su inmensa labor de cristianización de una sociedad que Dios puso en sus manos —en mis manos— para conducirla a la salvación. Me siento personalmente responsable de la Iglesia, en el marco de mis posibilidades. Y he de tratar de no negarle cuanto tiene derecho a esperar de mí, aunque yo no sea a veces el buen cristiano que debiese, y los pastores no respondan siempre a lo que yo pienso que deben hacer (siendo muy posible que sea yo el equivocado).

Por eso no entiendo la frase con que comencé este artículo. Por eso, en el ejercicio de mi libertad, y dando a cada cosa su valor, marcaré con la equis la casilla. Y eso es lo de menor importancia; lo importante es estar siempre con la Iglesia, incluso desde nuestra propia miseria, incluso por encima de las negaciones de Pedro, que le falló a Cristo en un momento capital sin que el Señor le retirara su condición de Piedra, el encargo de confirmarnos a todos en la fe.

Alberto de la Hera