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Se acaba de estrenar Capitanes de abril, una película de la actriz y realizadora María de Medeiros, sobre la llamada Revolución de los claveles portuguesa de 1974. La he visto con buena disposición, por el aprecio que tributo a su directora, y sin embargo, no he podido sustraerme a una reflexión más general y menos festiva sobre las relaciones entre el cine y la Historia. En realidad, llovía sobre mojado, ya que, además de estar bajo los efectos nostálgicos y épicos de los compases de Grandola Vila Morena, tenía aún en la retina los ecos de Silencio roto, esa película sobre los maquis de la que hablamos hace unas semanas.
A lo que voy: estamos acostumbrados a considerar películas históricas lo que son exclusivamente interpretaciones de la Historia hechas por unos señores guionistas y directores. Y las interpretaciones siempre se hacen desde una posición previa, normalmente ideológica. Debido a esta transferencia semántica, acabamos tomando por verdad incuestionada lo que no es más que una perspectiva parcial sobre los hechos. Por ejemplo, yo no tengo nada contra la antedicha Revolución de los claveles, llevada a cabo sin derramamiento de sangre, pero no acepto las historias maniqueas de buenos y malos. Tampoco me creo que los maquis fueran mejores que los guardias civiles en los años cuarenta. Y podríamos hacer una interminable lista en la que estarían La lengua de las mariposas, Libertarias..., y en el ámbito hollywoodiense tantas películas sobre la historia española, sin ir más lejos, que tienen más de falso que de cierto. |
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Hace unos años, en la Tercera de ABC, don Julián Marías reivindicaba la primacía de los hechos en el trabajo historiográfico. Para el cine que describo es necesaria la misma exigencia. Una cosa es utilizar un contexto histórico para contar un argumento más o menos de ficción Titanic, los westerns..., y otra es vendernos una tendencia ideológica personal como si de un descubrimiento historiográfico se tratase (una laguna, decía Montxo Arméndariz justificando Silencio roto).
En los primeros años de la posteguerra española abundaban las películas históricas que encarnaban los valores del 18 de Julio. Todo giraba en torno a un cierto hispanismo a veces casticismo mítico y épico que exaltaba la filosofía de la Historia que nacía del Movimiento. Con la transición resucita, por la ley del péndulo, una interpretación de la realidad de origen marxista, basada en la lucha de clases, en las utopías revolucionarias y en la demonización de todo lo que huela a catolicismo, identificándolo pérfidamente con lo nacionalcatólico. Pues, señoras y señores, así andamos todavía: con la transición a medio hacer en el plano cultural. ¿Se acuerdan ustedes de aquella rigurosa película sobre santo Tomás Moro llamada Un hombre para la eternidad? ¿Cuándo podremos ver los españoles retratados con tanta autenticidad las vidas de Isabel la Católica, Cristóbal Colón..., los preliminares reales de nuestra guerra civil...? Desde que llegó la democracia ¿cuántas veces se nos ha contado en el cine nuestro propio pasado de verdad, sin manipulaciones ni planteamientos tendenciosos? Pero la verdad histórica es una quimera, se me objetará, y ésa es la primera y más grande manipulación a la que no debemos someternos. Porque la verdad de los hechos históricos existe, con la misma contundencia con la que existe usted, amigo lector. Y usted no es un pretexto ideológico, ¿verdad? |