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Hora punta en la gran ciudad. Riadas de coches por las calles frenéticas. El mismo trayecto repetido cada día hace que conozcas cada giro, cada rotonda, cada cruce como tu propia mano. También la duración de cada semáforo.
Rojo: frenazo, es el momento. Unos brochazos rápidos de polvos compactos. Una tenue sombra en los ojos. Parpadea el hombrecito: mete primera, semáforo verde. Rugen los motores y, por suerte, varios verdes seguidos permanecen a favor. Vamos, vamos, otro, éste ya casi en amarillo , rojo y frenazo. Lápiz negro para perfilar los ojos. Aún hay tiempo. Un toque de rosa suave en la boca. Dos brochazos ligerísimos en los pómulos. Unos golpes de cepillo en el pelo y comprobación en el retrovisor. Mete primera semáforo verde y pisa acelerador. Los primeros cien metros-obstáculos de la mañana ya han quedado atrás con éxito (más o menos): levantar a los niños, preparar el desayuno, dejar las camas recogidas, sacar tarjeta amarilla cuando las cosas se van poniendo feas entre los críos, llevarles al colegio La comida quedó preparada anoche. Por cierto: él tiene hoy una cena importante y quiere que le acompañe. Además, necesita hablar con él; los dos necesitan hablar y es mejor no retrasarlo. Enfila la última calle y sortea ese cruce siempre saturado. Fin de trayecto. Aparca el coche pero no su hogar. Eso lo lleva 24 horas al día en el corazón y en la cabeza. Sale del coche y camina deprisa. Llegará perfecta al trabajo. Nota aclaratoria para algunas sonrisitas que adivino: nunca he tenido que esperar para arrancar tras uno de esos tocadores ambulantes. Al menos, no más que detrás de cualquier conductor, hombre o mujer, que enciende un cigarrillo, se ajusta los puños de la camisa, se pone las gafas de sol o abre la ventanilla. Ninfa Watt |