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Juan Pablo II, que procede de un país que, durante siglos, se viera forzado a ser frontera de la Cristiandad, resistiendo desde su postura radicalmente romana, es peregrino, en cierto modo como lo fuera también aquel doctor de los gentiles, como se ha llamado a Saulo, cuyo nombre, junto al de Juan, ha escogido para sí. Y, lo mismo que Pablo, se ha erigido en signo de contradicción. Parece tradicionalista a quienes gustaría subvertir los valores de la Iglesia, y tremendamente osado a quienes sus iniciativas, al otro lado de la barrera del tiempo, producen escalofríos. Pero ni unos ni otros se dan cuenta de que, en el fondo de su conducta, hay una profunda coherencia. Pues la Iglesia, dividida por pecados de soberbia de los hombres, poseyendo la custodia del mensaje de Cristo, tiene que reconocer que los judíos y los musulmanes, invocando al mismo Dios, Todopoderoso, Clemente, Misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad, identifican como antepasado común a aquel pastor, que salió de Ur cuando el Estado balbuciente se divinizaba, y vió cambiado su primer nombre por el de Abraham.
A esa relación de parentesco, el cristianismo añade la sumisión al mandato de Cristo: es vano decir que se ama a Dios si no se ama al prójimo. Y esta palabra indica una posible gradación en las relaciones, tanto más íntimas cuanto más cercanas. El Papa ha querido culminar ese movimiento hacia la conversión que constituyera el Jubileo borrar errores del tiempo para comenzar como hombre nuevo mostrando a todo el mundo que compartir el espacio de oración de una sinagoga o de una mezquita significa el respeto profundo hacia quienes tienen cosas en común con los cristianos. Es precisamente desde la verdad y sólo ella puede hacer libres como puede construirse una convivencia que borre además los errores cometidos. No es la guerra, como muchos todavía creen, la que es capaz de construir un futuro en el que los hombres dispongan de mejores medios para alcanzar su fin, el encuentro con Dios nada importa, fuera de esto, en el cristianismo dialogando desde las propias decisiones. |
| Era muy joven Karol Wojtyla cuando descubrió su sentimiento de amor hacia los judíos: a fin de cuentas, por ellos y a través de ellos, había venido la salvación al mundo; y en las trágicas amanecidas de la más cruel de las persecuciones, pudo sentir una coincidencia espiritual. El dolor de Cristo en la Cruz, mediante el cual redime al hombre, aparecía de nuevo gráficamente sobre la tierra. Una vez más ¿y hasta cuándo? De ahí la necesidad de pedir perdón: pues el que se presenta a sí mismo despojado de todo odio, de todo resentimiento, deplorando lo que otros hicieron sirviéndose del nombre de cristianos, está afirmando que nunca más se volverá a ese error y que en el futuro, cerradas las puertas del resentimiento, sólo el amor a los semejantes puede guiar la conducta.
El Papa sabe muy bien que ni en la cruzada de 1204, desviada porque los venecianos, con su dinero, consiguieron servirse de ella para fines políticos, ni en la pérdida de Constantinopla, cabe culpa a la Sede romana, que condenó severamente la primera y llamó a los cristianos para salvar la ciudad en donde nunca se derramara sangre de mártires. Pero en su demanda de perdón late el mismo espíritu que impulsó a san Francisco de Asís al besar la Tierra donde Cristo viviera. El mensaje a los hombres no puede ser otro que éste: despojándose de todo lo humano, renunciando incluso a defensas exculpatorias o a razonamientos válidos para historiadores, la Iglesia, en la primera trayectoria de su tercer milenio, lanza un grito de amor y de verdad, las únicas cosas que pueden hacer al hombre libre. Falta únicamente por ver si este llamamiento, el más generoso que nunca ha existido, va a tener respuesta. Para los católicos ha sido una profunda lección; tardaremos probablemente en valorarla con plenitud. Pero queda ahí, en gesto inmarcesible, la llamada a todos los que confiesan el Nombre de Dios, a fin de que construyan un mundo mejor, transitorio, sin duda, pero plataforma para alcanzar el verdadero destino del hombre. Luis Suárez Fernández |