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Inma ÁlvarezLa trascendencia de la obra del griego de Toledo ha llegado a nosotros sobre todo por la relectura de algunos críticos noventayochistas, especialmente de Cossío, que han querido ver en ella una exaltación del espíritu español del Siglo de Oro: sobrio, elegante, místico, un reflejo de el espíritu de la raza y de la tristeza y dignidad regionales. Hoy, la tesis más aceptada es la de que se trata de un artista de una técnica personalísima, debida a su origen como pintor de iconos, y transformada en contacto con los renacentistas italianos y, posteriormente, con la sociedad y mentalidad castellanas. Domenico Theotokopulos nació en Creta en 1541 y murió en Toledo en 1614. En su ciudad natal, Candia, destacó como pintor de iconos bizantinos, aunque de talante más bien inconformista, lo que le llevó a trasladarse muy joven a Venecia, para aprender el arte occidental. De hecho, llegó a ser discípulo de Tiziano, y sus pinturas de aquella época se adaptan tan bien al nuevo lenguaje, que durante muchos años fueron atribuídas a artistas italianos como Tintoretto o Bassano. |
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Consciente de sus dotes artísticas, El Greco desembarcó en España dispuesto a conquistar a la Corte de Felipe II. Pero el primer y único encargo, el Martirio de San Mauricio y la legión Tebana, disgustó tanto al monarca que El Greco nunca volvió a ser llamado. De estos difíciles primeros años es su considerada obra maestra, El Entierro del Conde de Orgaz, lienzo magistral en el que queda reflejada, en opinión de José Sánchez Lopera, de la Universidad Complutense, una fusión de naturalismo e idealismo, de búsqueda de la belleza en sí y de la expresión de lo sobrenatural, por su creación de una atmósfera en la que el milagro cobra todas las apariencias de lo cotidiano. La fusión de la atemporalidad y el hieratismo del pintor bizantino se une a la sobriedad y la mística castellanas, en una simbiosis asombrosamente perfecta.
El Greco se instaló en Toledo, donde creó un taller para atender los diversos encargos que, con el tiempo, se le fueron ofreciendo. Con el tiempo, su estilo se fue transformando y, en cierto sentido, rompiendo: las figuras se alargan de forma antinatural, la atmósfera se vuelve casi espectral, los colores se saturan, la luz se vuelve eléctrica En una de sus últimas obras, La adoración de los pastores, en opinión de Lopera, se acrecienta de tal modo la tensión emocional, hasta el punto que roza la alucinación. Fue enterrado en Toledo y llorado por los intelectuales de su tiempo, entre ellos Góngora. Su arte, en cambio, se quiera o no, ha traspasado los límites de su época para convertirse, de forma más o menos artificiosa y gracias, sobre todo, a la Generación del 98, en la expresión por excelencia del espíritu de lo español. ¿O acaso hay cuadro sobre el que se haya vertido más poesía que sobre el Caballero de la mano en el pecho? |