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Felicidad y eutanasia
La autora de este artículo es pedagoga y profesora de Religión católica
Todos tenemos el deseo de ser felices, y me gusta pensar que la educación puede contribuir a que las personas alcancen la felicidad.

Como pedagoga, creo que entre los grandes temas de fondo, que conviene tener presentes en una auténtica tarea educativa —de los padres, en primer lugar, y de toda persona que tenga las responsabilidad de educar, en el ámbito que sea—, se encuentra la realidad del dolor. A mi juicio, una de las grandes batallas que hay que librar en la vida es la de encontrarle el sentido a esta misteriosa realidad.

Lógicamente, no queremos sufrir; el dolor es algo desagradable que, normalmente, todo ser humano rechaza. También sabemos cuánto nos duele el sufrimiento de aquellos a quienes amamos.

Sin duda hay que hacer lo posible por aliviar el dolor y el sufrimiento —propio y ajeno, si es que se puede llamar ajeno a algún sufrimiento humano—. Estoy convencida de que no se puede ser feliz en esta vida si no se desarrollan habilidades que nos hagan capaces de afrontarlo. Si, queriendo alcanzar la felicidad, nos empeñáramos en que desaparecieran todas las cosas y personas que nos hacen sufrir o nos molestan, no podríamos aguantar la vida.

Aparece aquí una curiosa contradicción: cuanto más me preocupo de mi propia felicidad, más me puedo alejar de ella. No pretendo decir que haya que resignarse siempre ante lo molesto o doloroso. Por supuesto que hay que remediar todo lo que se pueda remediar, pero no siempre está a nuestro alcance el conseguirlo. Es necesario aprender a encajar el sufrimiento en la vida porque forma parte de ella.

Pienso que la felicidad de todos se pone en peligro cuando las leyes están abiertas a que cada uno interprete las reglas del juego a su manera. Las leyes que dejan cuestiones vitales a la interpretación de cada uno no protegen a los más débiles, pues ellos están más expuestos a sufrir las consecuencias del egoísmo y de la comodidad de los demás. Con frecuencia, y en aras de una supuesta libertad, se atropellan los derechos de otros. Esto lo comprobamos fácilmente, ya que, si todo el mundo fuera respetuoso con los demás en sus actuaciones libres, no haría falta la policía, ni organismos que velaran por el orden público y que defendieran la justicia.

Es fácil pensar que corremos el peligro de que el egoísmo se convierta en la ley predominante si las leyes no protegen a la sociedad de las arbitrariedades de tantos hombres y mujeres en sus actuaciones supuestamente libres.

LO DIGNO Y LO INDIGNO


Podría parecer altruismo el eliminar la vida del que sufre o del desvalido, o del que tiene la desgracia de no soportar la vida; pero si, con esa justificación, se abre el camino para eliminar esas vidas ¿quién puede asegurar que el egoísmo y el no haber aprendido a afrontar el sufrimiento no nos llevarán al abuso de poder sobre los más débiles? ¿Hasta dónde puede llegar la corrupción de la sociedad, si los gobernantes otorgan a los ciudadanos un poder tan desproporcionado como es el de determinar qué vida es digna de ser vivida y cuál no?

Es elemental que hay que aliviar los dolores del enfermo, y que no tiene ningún sentido prolongar sus sufrimientos innecesariamente manteniéndolo con vida artificialmente, o sometiéndolo a tratamientos que no van a curarle ni a mejorar su calidad de vida en el tiempo que le quede. Si está en fase terminal, o si el proceso de su enfermedad es irreversible, y la muerte del paciente es inevitable, hay que renunciar a suministrarle tratamientos inútiles; interrumpir esos tratamientos no es matarlo, no es eutanasia. Dejar de suministrar tratamientos que no pueden hacer que el enfermo se cure ni mejore no es lo mismo que provocarle la muerte ni directa ni indirectamente. Y, como enseña el Catecismo de la Iglesia católica, el uso de analgésicos para aliviar los sufrimientos del moribundo, incluso con riesgo de abreviar sus días, no tiene por qué oponerse a la dignidad de la persona. Es un difícil momento aquel en el que sólo queda reconocer que la muerte va a sobrevenir de forma inevitable. Afrontar la muerte así no es algo indigno. Indigno es quitarle la vida a otro ser humano aunque sea por compasión, incluso aunque éste mismo lo pidiera.

Si fuera el paciente el que solicitara la eutanasia, ¿habría que ayudarle en tan terrible decisión, o más bien la ayuda debería llegarle de otra forma?

Un estudio publicado en el Journal of the American Medical Association muestra que los pacientes más predispuestos a solicitar la eutanasia, entre los enfermos terminales, son los que necesitan cuidados especiales por sufrir fuertes dolores o encontrarse en estado depresivo. En elNew England Journal of Medicine se recoge que los pacientes que se encuentran en situaciones similares a las citadas cambian de actitud si reciben la atención adecuada de los médicos o de los familiares. Afirma también que la petición de la eutanasia es, con frecuencia, síntoma de una deficiente atención médica o social, más que un deseo real de morir.

Creo que necesitamos recordar que la libertad no alcanza a un supuesto derecho a morir cuando queramos. Para algunos, la eutanasia sería un índice de una cultura avanzada. Yo creo que una sociedad que admite la eutanasia está corrompida y tiene en su abuso de poder la raíz de su descomposición. El que, estando en su sano juicio —pues, como es lógico no me refiero aquí a las personas que no son dueñas de sus actos como consecuencia de alguna enfermedad psíquica—, se arroga el derecho a decidir si va a seguir viviendo o no, no puede saber lo que le espera después de ejecutar esta decisión, y deja detrás de sí un mundo peor; peor, porque ha contribuido a difundir el engaño de que el ser humano debe huir del sacrificio para ser feliz; puedo decir, por el contrario, que he conocido a personas que han sabido ser felices no sin afrontar muchas penalidades en esta vida. Tengo el convencimiento de que ya son felices para siempre. Su testimonio me ha hecho comprender que amar dando la vida es la muestra definitiva de la dignidad humana.

Quien no admite que hemos sido creados puede tener una dificultad mayor para reconocer que, al igual que hay leyes en la naturaleza que no han podido surgir por azar y que nosotros no hemos establecido, hay en el ser humano unas características naturales que limitan su libertad. Nuestra libertad no es omnipotente; hay limitaciones que vienen dadas por el hecho de que no nos hemos dado el ser a nosotros mismos, y porque estamos configurados por las leyes de nuestra propia condición humana; nuestra libertad no nos creó ni puede establecer qué es lo humano.

El mundo que nuestro Creador nos dio no tenía dolor ni enfermedades ni muerte. Sólo cuando el hombre y la mujer se negaron a aceptar que su libertad no tenía suprema soberanía, y se arrogaron el poder de establecer el bien y el mal, empezamos a sufrir el mal. Las ansias que tenemos de una libertad sin límites sólo se podrán satisfacer con una felicidad sin límites, y necesitamos seguir el camino que conduce a ella, dejando a un lado todo lo que en momentos de dificultad nos puede engañar.

Podremos ser felices si, entre otras cosas, aprendemos a encontrar el sentido al dolor. Nos ayudará rezar a Cristo que nos mostró, con el padecimiento de la muerte más angustiosa, que estaba dispuesto a convertir en algo valioso el amargo fruto que nuestro egoísmo nos había proporcionado. No nos dio poder para quitar la vida, pero sí hizo que el dolor, el sufrimiento y la muerte no tuvieran la última palabra.

Isabel María Aroca González