RetrocesoA&ONº 261/24-V-2001SumarioCriteriosContinuar
Calidad de vida
Me pasa una cosa extraña: no puedo sentir ninguna pena por mi suerte. Una alegría interna, intensa, fuerte… llena todo mi ser. Quisiera escribirte una carta triste, de despedida, pero no puedo. Estoy pleno de alegría como un presentimiento de la Gloria… Una última cosa: cásate, si es tu parecer. Yo desde el cielo bendeciré tu matrimonio y a tus hijos. No quiero que llores. No lo quiero. Que estés orgullosa de mí. Te quiero. Así le dejó escrito a su novia, María Pelegrí —como ya dimos testimonio de ello en estas páginas—, pocas horas antes de morir por Cristo durante la persecución religiosa en España el 29 de septiembre de 1936, el joven ingeniero de 22 años Francesc Castelló i Aleu, beatificado junto con más de doscientos treinta mártires el 11 de marzo de este año. No es posible negar el dolor de aquella joven novia por la muerte de su amado, pero esta carta pone bien de manifiesto algo infinitamente más grande y poderoso: la certeza de una compañía indestructible, el Amor verdadero, que sostiene la vida, porque no la ha creado para su destrucción, sino para el gozo infinito de la Gloria.
Y cuando se ha encontrado este Amor, todo adquiere una grandeza y una importancia inusitadas. Cásate…, yo bendeciré tu matrimonio: ¿cabe mayor realismo que éste, el de aquel que estaba lleno del presentimiento de la Gloria? ¿O es más realista cambiar de pareja, porque falta la razón verdadera para vivir? Es dolorosa, y con frecuencia lo es mucho, la situación de quienes han pasado por la muerte de su conyuge; sin embargo, no es éste un dolor irreparable; más aún, es mayoritario el testimonio admirable de viudas y de viudos que no sólo no se hunden en la desesperación, sino que viven con el gozo de la esperanza. El único dolor mortal es la soledad absoluta, y ya se puede estar muy junto con otro, o con muchos otros, que si alma está cerrada sobre sí misma se está completamente solo. Uno puede creer que, por un tiempo, va a ser feliz, pero sólo se es feliz de verdad, ciertamente con todos los dolores del mundo que acompañan nuestra vida de peregrinos, pero feliz, cuando la perspectiva no tiene fecha de caducidad.

Se dice que ha aumentado, y seguirá aumentando, la esperanza de vida, sobre todo en las mujeres —ya es un dato su abrumadora mayoría, respecto de los varones, en el estado de viudedad—, y cada vez más se añade la expresión calidad de vida. ¿Qué esperanza, y qué calidad de vida?, es justo preguntarse. Los obispos españoles, en el importante y valioso documento sobre la familia que ofrecemos en cuadernillo especial en este mismo número de nuestro semanario, responden así a esta cuestión: Se produce una identificación creciente entre la vida misma y la llamada "calidad de vida", categoría, ésta, medida sobre todo por criterios de bienestar físico, de posesión y de prestigio social. Según esto —añaden—, la vida débil, enferma o sufriente no podría ser en modo alguno una "vida con calidad". Sin embargo, ¿cabe más calidad que la de la muerte de ese joven que, camino de la Vida, no puede sentir pena alguna ante su suerte? El Amor que hace posible esa maravilla del presentimiento de la Gloria y, al mismo tiempo, de la ternura infinita con los que peregrinan en la tierra es el secreto de la única calidad de vida que merece tal nombre.