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Esta Universidad tiene el prestigio de que uno de sus profesores haya llegado a ser el Papa Juan Pablo II. El don es la vida del Santo Padre, que continúa dando frutos a la Iglesia y al mundo; el misterio es el atentado, que, a pesar del drama que hemos vivido, intentamos ver en la perspectiva del designio de salvación de la Divina Providencia. Los hechos han quedado profundamente impresos en mi corazón y sólo ahora tengo valor para contarlos en público. Sé que no es posible contarlos por completo ni comprenderlos. Con todo, considero que vale la pena volver a ellos con el recuerdo. Espero que contar los detalles de aquellos acontecimientos, generalmente desconocidos, no sirva tanto para satisfacer la curiosidad, cuanto para que, sobre todo, ayude a ver cómo la vida del Santo Padre ha sido verdaderamente salvada por una admirable gracia de Dios, por la cual debemos dar gracias incesantemente. |
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El año 1981 constituyó para Polonia un año de tensiones sociales y políticas. También en Italia el mes de mayo de 1981 se anunciaba turbulento. Debía celebrarse el referéndum sobre la ley del aborto. Para el 13 de mayo se había anunciado, con este propósito, una gran manifestación convocada en Roma por el Partido Comunista. El mismo día el Santo Padre debía fundar el Instituto de los Estudios para el matrimonio y la familia, adscrito a la Pontificia Universidad Lateranense, y crear el Consejo Pontificio para la Familia en la Sede Apostólica.
17,17 horas. Durante la segunda vuelta a la plaza se oyeron los disparos contra Juan Pablo II. Alí Mehmet Agca, un asesino profesional, disparó con una pistola, hiriendo al Santo Padre en el vientre, el codo derecho y el índice. Un proyectil traspasó su cuerpo y cayó entre el Papa y yo. Oí dos disparos. Las balas hirieron a otras dos personas. Yo me salvé, a pesar de que las balas tenían fuerza suficiente para traspasar a ocho personas. Pregunté al Santo Padre: ¿Dónde? Me contestó: En el vientre. Añadí: ¿Duele? Contestó: Duele. Y en aquel instante empezó a desplomarse. Como estaba detrás de él, pude sostenerlo. Estaba perdiendo las fuerzas. Fue un momento dramático. Hoy puedo decir que en aquel instante entró en escena una fuerza invisible que permitió salvar la vida del Santo Padre que estaba en peligro mortal. No había tiempo para pensar, no había un médico a mano. Una sola decisión equivocada podía tener efectos catastróficos. Ni intentamos siquiera de darle allí los primeros auxilios, ni pensamos en llevar al herido a sus habitaciones. Cada minuto era precioso. Inmediatamente lo metimos en una ambulancia, llegó también su médico personal, el doctor Renato Buzzonetti, y a grandísima velocidad llegamos al Policlínico Gemelli. Durante el trayecto el Santo Padre estaba aún consciente, perdió el conocimiento entrando en el Policlínico. Hasta donde le fue posible, rezó en voz baja. |
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SANGRE DE LOS MÉDICOS
En el Policlínico encontramos consternación, ¡no era para menos! El herido fue llevado a una habitación del décimo piso, reservada para los casos especiales, y desde allí fue inmediatamente llevado al quirófano. Desde aquel momento pesó sobre los médicos una gran responsabilidad. Un papel especial tuvo el operador, el profesor Francesco Crucitti. Me confió después que aquel día no estaba de turno, se encontraba en casa, pero una fuerza misteriosa lo había movido a acercarse al Policlínico. Durante el trayecto oyó por radio la noticia del atentado. Inmediatamente se ofreció para realizar la intervención, de manera que el jefe de la clínica quirúrgica, el profesor Castiglioni, que estaba en Milán, llegó al Gemelli cuando la intervención estaba concluyendo. El profesor Crucitti fue asistido por otros médicos. La sala de operaciones estaba llena de gente. La situación era muy seria. El organismo se había desangrado. La sangre destinada a la transfusión no correspondía. Sin embargo, en el Policlínico se encontraron médicos con el mismo grupo sanguíneo que sin dudar dieron su sangre al Pontífice para salvarle la vida. La situación era muy grave. En un cierto momento, el doctor Buzzonetti se dirigió a mí pidiéndome que le administrase la Unción de Enfermos porque el estado del paciente era muy grave: la presión disminuía, el pulso cardíaco apenas se sentía. La transfusión de sangre le puso en condiciones en las que era posible iniciar la intervención quirúrgica, que se presentaba extremadamente complicada. La operación duró cinco horas y veinte minutos. Minuto a minuto aumentandan las esperanzas de vida. Llegaron muchas personas al Policlínico: cardenales, empleados de la Curia. No estaba el Secretario de Estado, el cardenal Casaroli, porque estaba de viaje en Estados Unidos. Llegaron también algunos políticos, con el Presidente Sandro Pertini, que se quedó junto al Santo Padre hasta las dos de la madrugada. No quiso irse antes de que el Santo Padre dejase la sala operatoria. El comportamiento del Presidente fue conmovedor, alejado de todo cálculo. Llegaron también los líderes de los partidos: Piccoli, Forlani, Craxi, Berlinguer y otros. Berlinguer revocó la manifestación a favor del aborto, fijada para la noche del 13 de mayo. |
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Tras la intervención, el Santo Padre fue llevado a la sala de reanimación. Los médicos temían una infección u otras complicaciones. Después de recuperar el conocimiento, el Santo Padre preguntó: ¿Hemos rezado Completas?
Era ya al día siguiente del atentado. Durante dos días el Papa sufrió mucho, pero aumentaban también las esperanzas de vida. Se quedó en la sala de reanimación hasta el 18 de mayo. Ese mismo día llegaron los expertos: dos médicos de Estados Unidos, uno de Francia, uno de Alemania, uno de España y uno de Cracovia, que se pronunciaron positivamente acerca del estado de salud y de la andadura de los cuidados médicos. Una semana tras el atentado cantamos el Te Deum. Se empezó a asociar con insistencia la fecha del atentado con las apariciones de Fátima. Con cada vez mayor frecuencia se habló de la curación milagrosa por intercesión de la Virgen de Fátima. El 27 de mayo el Santo Padre grabó en cinta el discurso a los peregrinos de Piekary Slaskie. Aún estaba cansado. Se lamentaba de un dolor en el corazón. El estado del paciente estaba empeorando. Fue sometido a un cuidadoso control. Durante toda la noche los cardiólogos velaron. Los problemas cardíacos, como explicaban los médicos, habían surgido por un pequeño émbolo en los pulmones, que gradualmente se reabsorbió. Día a día se descubrían signos preocupantes en el electrocardiograma. El 28 de mayo, a las 4, 40 horas de la madrugada, murió el primado Wyszynski. El Papa acogió el anunció con profunda conmoción. Mientras se celebraba la liturgia fúnebre, él celebró su propia Santa Misa en el Policlínico Gemelli. Tras la Eucaristía dijo: Le echaré de menos. Me unía a él la amistad, tenía necesidad de su presencia. El 20 de julio comenzó el proceso contra el atentador. La cuestión era delicada para el Santo Padre y para la Sede Apostólica. El Papa había perdonado, pero los órganos de justicia italianos debían dar curso a las obligaciones previstas por la ley. |
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El 23 de julio el Santo Padre participó en la consulta médica, durante la cual presentó su propio punto de vista sobre la terapia, pidiendo que los médicos lo tuviesen en cuenta. Con firmeza insistía en ser operado en modo que pudiera volver a casa con plena eficiencia. Los médicos parecían dubitativos, pero no excluyeron la posibilidad de una segunda intervención. Era especialmente el profesor Crucitti el que les persuadió sobre la oportunidad de tener en cuenta la voluntad del paciente.
La mañana del 14 de agosto, tras las oraciones y la adoración, el Papa hizo un discurso a los pacientes, se despide de los médicos y del personal que le había cuidado. En la entrada del Policlínico Gemelli y delante del edificio se había reunido muchísima gente, y en medio de ella un gran número de periodistas. El Santo Padre saludó de nuevo a los médicos, y después volvió en automóvil al Vaticano. Tras haber atravesado la Plaza de San Pedro, se dirigió a la basílica. En el patio San Dámaso dijo a los cardenales y empleados de la Curia: He hecho una visita a San Pedro para darle las gracias por haber querido dejar con vida a su sucesor. He hecho una visita a las tumbas de Pablo VI y de Juan Pablo I, porque junto a ellas podría ya haber una tercera tumba. Cuando, a distancia de cuatro meses, volvió a la Plaza de San Pedro para encontrarse de nuevo con los fieles durante una audiencia general, agradeció todas las oraciones y confesó: Y de nuevo me he convertido en deudor de la Santísima Virgen y de todos los santos Patronos. ¿Podría olvidar que el acontecimiento de la Plaza de San Pedro tuvo lugar el día y la hora en que desde hace más de sesenta años se recuerda en Fátima la primera aparición de la Madre de Cristo a los pobres pastorcillos? En todo lo que me sucedió justo ese día, he advertido la extraordinaria protección y premura maternales, que se han demostrado más fuertes que el proyectil homicida. Don y misterio. Don fue la vuelta, diré: la milagrosa vuelta del Santo Padre a la vida y a la salud. Un misterio es en la dimensión humana el atentado. De hecho, no lo han aclarado ni el proceso ni el largo encarcelamiento del atentador. He sido testigo de la visita del Santo Padre a Alí Agca en la cárcel. El Papa lo había perdonado públicamente ya en su primera alocución tras el atentado. No he oído una palabra de petición de perdón por parte del encarcelado. Le interesaba sólo el misterio de Fátima, soprendido por la fuerza que le había superado. Él había apuntado bien, pero la víctima seguía con vida. En el año del Gran Jubileo el Santo Padre se dirigió por carta al Presidente de la República Italiana para que Alí Agca fuese liberado: esta petición se sabe fue acogida por el Presidente Carlo Azeglio Ciampi. El Santo Padre ha acogido con alivio la excarcelarción de Alí Agca. Muchas veces había recibido a su madre y a sus familiares. Muchas veces preguntaba por él a los capellanes del instituto penal. |
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En la dimensión divina, el misterio lo constituye este dramático acontecimiento, que ha debilitado fuertemente la salud y las fuerzas del Santo Padre, pero al mismo tiempo no ha dejado sin efecto los contenidos y la fecundidad de su ministerio apostólico en la Iglesia y en el mundo. Recuerdo que durante un coloquio el Santo Padre ha confesado: Ha sido una gran gracia de Dios. Veo en esto una analogía con la prisión del Primado. Sólo que aquella experiencia duró tres años, y ésta
El primer fruto de aquella sangre vertida fue la unión de toda la Iglesia en la gran oración para la salvación del Papa. La preocupación por la vida y la salud del Papa se manifestó no sólo en la Iglesia católica, sino también en las comunidades de otras confesiones cristianas, e incluso de otras religiones. Ciertamente se podría profundizar más en el misterio del atentado, de aquella lucha por la vida y la salvación del Santo Padre, citando frutos posteriores que ha habido y que hoy, a veinte años de distancia, es posible descubrir. Sin embargo, estoy convencido de que su sentido definitivo quedará en los inescrutables designios de la Divina Providencia. Quisiera expresar mi profunda convicción de que la sangre derramada en la Plaza de San Pedro el 13 de mayo, fructificó con la primavera de la Iglesia del año 2000. No dejo de dar gracias a Dios por este don y por este misterio del que me ha concedido ser testigo ocular. |