RetrocesoA&ONº 261/24-V-2001SumarioDesde la feContinuar
Fiebre festivalera
Vivimos una auténtica fiebre de festivales de cine, que en España se nota
especialmente. En cualquier población, no importa su número de habitantes,
se ha puesto de moda montar un festival. Un poco de dinero del Ayuntamiento,
otro de la Diputación, de la Autonomía, del Ministerio, de la Comunidad Europea...,
más algún patrocinador privado, y ya tenemos un nuevo festival. Es inevitable preguntarse:
¿son necesarios tantos?; ¿en qué consisten los festivales?; ¿para qué sirven realmente?
El festival por excelencia es el de Cannes, seguido del de Berlín y del de Venecia. En España, lógicamente, es el de San Sebastián, seguido del de Valladolid, y quizá el de Sitges. Éstos son, desde hace tiempo, los puntos de referencia obligados para quien quiera tener ante sí un escaparate del cine mundial off Hollywood. Pero son más que un escaparate.

Un festival pivota sobre cuatro elementos: selección, crítica, negocio y público. La selección es un proceso difícil y sometido a presiones, donde entran en juego muchos factores ajenos al arte. Debe considerarse muy afortunado el productor que vea cómo una película suya es elegida en un foro festivalero internacional. En segundo lugar, la actitud de la prensa mundial acreditada es muy influyente. Un film que se presenta en un festival la ven unos pocos, pero los críticos lanzan a los cuatro vientos un juicio que inevitablemente condiciona al futuro espectador —a veces incluso más que el palmarés—. Por otro lado, detrás de las pantallas y el glamour televisivo, los productores negocian la venta y distribución de sus películas para todo el mundo. Es un momento muy importante en el que todos están atentos a apropiarse de la mejor pieza —o a vender sus historias de la mejor manera posible—. Las poderosas distribuidoras internacionales, como Miramax, siempre llevan las de ganar. En cuarto lugar hay que contar con el público, que con su calurosa o fría acogida también va a influir en el futuro inmediato del film. Por encima de todo esto planea, como una espada de Damocles, el jurado que, con su palmarés, contribuirá definitivamente al marketing de los títulos galardonados. Y los miembros del jurado son todo menos neutrales (lógico, ¡qué va a hacer un español en el jurado del Festival de Moscú!: defender la película española de turno y que seguro que ha dirigido un amigo suyo).

Una extraña combinación, en fin, de arte e industria, que es imprescindible para el trasvase de cultura cinematográfica de todo el mundo. Imagínense qué sería de nosotros si sólo pudieramos disfrutar del cine español y del más rabiosamente hollywoodiense cine americano.

Lo más significativo es que, por su propia naturaleza, los festivales son un filtro cultural. Lo que vamos a ver o no del cine off Hollywood en nuestras salas se decide en parte en los citados foros europeos. Se pueden dar paradojas como que El sudor de los ruiseñores se acoja mejor en el Festival de cine hispano de Chicago que en Madrid, o que La Reina Isabel en persona tenga más eco en el Festival de Toulouse que en España.

Esos factores que hemos comentado se combinan llamativamente este año en el Festival de Cannes, donde se han dado cita algunos de los mejores realizadores del momento: Ermanno Olmi, Godard, Nanni Moretti, los hermanos Cohen, Jacques Rivette, Manoel de Oliveira..., y un interesante director español, Marc Recha, que presenta allí su último film, en catalán: Pau i el seu Germa. En general, la crítica y el público están recibiendo con satisfacción la actual edición del festival galo. Por su parte, también el jurado, presidido por la musa de Bergman, Liv Ullman, ha reunido a numerosos profesionales de prestigio, como Julia Ormond, Calopresti, Terry Gilliam, Mathieu Kassovitz... En el plano comercial, lo más llamativo ha sido la aparición de un trailer largo de El señor de los anillos, estreno que amenaza con arruinar a la competencia en Navidad, fecha prevista de estreno. Al final, cuando todas esas películas llegan a nuestras pantallas, ¿qué nos afecta más?, ¿el cómo les fue en el palmarés de Cannes o el marketing promocional que acompaña su estreno? Lo que importa es lo que vemos, no su pedigrí.

Por último, respecto a la inflación de festivales nacionales (Huesca, Huelva, Valencia, Málaga, Santiago, Vitoria, Alfas del Pi, Ibiza, Melilla, Medina del Campo, Alcalá de Henares..., y muchos más), hay que decir que se ha desbordado irracionalmente consiguiendo que, por muchos de ellos, no pasen más que los lugareños más ociosos. Lo mejor es que sean pocos, buenos y especializados. Y exigirles el máximo de calidad. En definitiva, siempre hay gente dispuesta a que le caiga dinero de un festivalillo, y cuando el arte pasa a ocupar un segundo plano, se convierte en una excusa para llenar las arcas de no se sabe quién.

Juan Orellana