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Capítulo 2
El Evangelio del matrimonio y de la familia
Jesucristo, plenitud del matrimonio y la familia

45. Ante tantas miradas y enfoques parciales sobre la realidad del matrimonio, Jesucristo revela al hombre la verdad íntegra sobre la persona, el matrimonio y la familia; Él es quien nos desvela el plan originario de Dios en su propia Persona y en sus obras y palabras. La Iglesia tiene como tarea manifestar al hombre de cada cultura la verdad y viabilidad de este designio de Dios. Y lo hace desde la experiencia del misterio de comunión con Dios y de la unidad de todo el género humano31. Por esta razón, todo hombre puede vivir en la Iglesia una experiencia fundamental de familia. Ella misma es la Madre que engendra, alimenta y educa a sus hijos. Ésta es la verdad fundamental que está en la base de toda evangelización. Desde esta experiencia es como los cristianos son capaces de ser fermento de comunión en los distintos ámbitos de su vida. En primer lugar en las familias, para convertirlas en verdaderos hogares cristianos, luz y sal de la sociedad (cfr. Mt 5, 13-16).

46. La primera transmisión del Evangelio se realizó en la familia: fueron ellas las que acogieron la Buena Nueva, se convirtieron y bautizaron, y en su hogar se celebraba la Eucaristía (cfr. Hch 2,46; 10,2.24.48; 2 Tm 1,5). Se muestra así que el Evangelio no es algo ajeno o exterior al matrimonio, a la persona y a la familia, sino que se encuentra en su interior, y allí la impulsa y la sostiene. Animados por esta realidad que se ha ido repitiendo a lo largo de los siglos, los obispos españoles nos dirigimos a las familias de hoy, en el inicio del tercer milenio, para anunciarles la Buena Noticia del matrimonio y familia cristiana en la que encontrarán la verdadera esperanza y fortaleza en su caminar.

2.1. UNA ANTROPOLOGÍA ADECUADA E INTEGRAL: LA PREGUNTA A JESUCRISTO SOBRE LA PERSONA, EL MATRIMONIO Y LA FAMILIA

Jesucristo restaura el plan de Dios sobre el hombre

47. Para mostrar la riqueza de este Evangelio del matrimonio y la familia nos hemos de dirigir a Cristo, como antaño los fariseos con la pregunta acerca del repudio de la mujer (cfr. Mt 19,1-9; Mc 10,1-12). Ante tantas dificultades y oscuridades como se encuentran en la vida familiar actual, todo matrimonio y toda familia podrá encontrar en Cristo la verdad que libera y da descanso, capaz de vivificar su vida familiar.

48. Jesús en su respuesta nos remite a un principio singular, cuando hace ver a los fariseos que la posibilidad del repudio no fue así desde el principio (cfr. Mt 19, 4-6; Mc 10, 6-8). Con esta respuesta sitúa la verdad del hombre en una totalidad de sentido, más allá de interpretaciones parciales. La respuesta de Cristo se pone por encima del ámbito sociológico y cultural en el que se mueve la pregunta. Con ello quiere señalarnos que, en este campo, no bastan al hombre las respuestas parciales, surgidas del mero convenio, o las encuestas sociológicas. Escuchar a Cristo es acercarnos a la mirada amorosa de Dios sobre la familia en la aurora de la creación.

49. La referencia al principio nos remite a la creación del hombre a imagen y semejanza de Dios (cfr. Gén 1,16-27). Nos encontramos ante la verdad originaria del hombre32, en la que se inscribe la pretensión de universalidad del Evangelio. La medida última del hombre no es el cosmos inmenso en el que se encuentra, ni tampoco la sociedad en la que se desarrolla, sino la relación originaria con Dios. La imagen de Dios está en lo íntimo del hombre, y su primera expresión es la libertad33, que encuentra su verdad original en la relación con la libertad perfecta de Dios. La antropología revelada afirma que el hombre que no se conoce en Dios no llega a comprenderse en su realidad más honda34. Ésta es la respuesta a la pretensión de la modernidad de concebir al hombre en radical autonomía.

La imagen de Dios está inscrita en el hombre también en cuanto ha sido creado como varón y mujer (cfr. Gén 1,27). Con ello aparece cuál es el sentido que Dios quiso dar a la existencia humana: la plenitud del hombre se encuentra en una comunión de personas, cuyo primer vínculo viene significado por la complementariedad sexual. Así, en la realidad de imagen de Dios está incluida también la corporeidad del hombre, como llamada originaria a la comunión. Lo que mueve y finaliza internamente a la libertad humana es la llamada originaria a la comunión. Desde la antropología adecuada podemos afirmar que la libertad brota y se orienta al amor y a la comunión: La libertad se fundamenta, pues, en la verdad del hombre y tiende a la comunión35. En esta verdad Dios aparece como la fuente y el garante de la comunión entre los hombres, y de su libertad. En modo alguno los separa, ni implica un límite amenazador de la libertad humana.

50. En la respuesta a sus interlocutores, Cristo explica cómo esta verdad ha sido oscurecida por la dureza del corazón. Nos indica así que no es posible comprender adecuadamente la verdad del hombre y la dificultad para vivirla si no se acepta su condición pecadora. El hombre experimenta en su interior un rechazo de Dios, que le lleva a huir de Él, acusando a aquella que le fue dada como un don. Si no se entiende esta experiencia de pecado, se llegará a reinterpretar la dificultad de vivir según la verdad y se acabará justificando la debilidad del hombre, proponiendo normas acomodadas a su situación. El hombre de hoy, como aquellos fariseos, pretende justificarse a sí mismo. Se inicia así una situación dramática, porque la llamada original a la entrega de sí queda reducida a una relación de dominio y deseo (cfr. Gén 3,14-16).

51. La respuesta de Dios a esta situación del hombre es el anuncio de un nuevo Principio, fruto de la maternidad de una Mujer. En Cristo, Hijo de Dios e Hijo de María, se nos revela que la verdad última del hombre no es el pecado, sino la salvación. Y es posible la salvación precisamente por la entrega de amor de Cristo que funda una nueva comunión de los hombres con Dios: la comunión eclesial.

2.2. LA VOCACIÓN AL AMOR Y LA DIFERENCIA SEXUAL

52. Estos elementos, que hemos apenas esbozado, son imprescindibles para entender adecuadamente al hombre. Gracias a ellos podemos entender que en el plan de Dios el hombre no está hecho para la soledad, sino que es portador de una vocación a una comunión. Será en la experiencia del amor donde se hace viva y comprensible para cada hombre la vocación originaria a la que Dios le llama. Recordemos de nuevo la enseñanza de Juan Pablo II sobre el misterio del hombre revelado en el misterio de Cristo, recogidas al inicio de esta Instrucción: El hombre no puede vivir sin "amor". Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente36. Lo que es decisivo en el contexto de nuestra sociedad actual es comprender en qué modo el hombre puede integrar toda su vida en la realización de su vocación al amor y a la comunión.

2.2.1. Amor y corporeidad

El cuerpo humano, lenguaje de la persona y del amor

53. La llamada al amor que resuena en el corazón del hombre no es meramente espiritual. Por el amor, el cuerpo es capaz de expresar a la persona. Podemos hablar entonces de un auténtico lenguaje del cuerpo, tan significativo en la vida de cada hombre. Este lenguaje es un medio fundamental de comunicación entre los hombres, y, como tal, cuenta con significados propios. Nos encontramos ante una verdad decisiva de la antropología cristiana: el cuerpo posee un carácter esponsal, esto es, es capaz de expresar el amor personal que se compromete y entrega37.

Hoy en día asistimos a la identificación del elemento personal del hombre simplemente con su dimensión espiritual, contraponiéndolo a la naturaleza, entendida como una dimensión puramente corporal o biológica. Tal conclusión refleja un dualismo antropológico de graves consecuencias en la vivencia del amor: cada uno podría denominar amor a cualquier conducta, por aberrante que fuese. La importancia de la intrínseca expresión de la persona mediante su cuerpo está en la relación que vive el hombre entre su dimensión sexual y su intimidad38. En el valor de la intimidad del hombre se juega el quicio de la verdad del lenguaje del cuerpo.

En esa relación es donde se descubren los significados fundamentales del cuerpo sexuado, como son la identidad personal, unida a la diferencia entre sexos, la apertura y la complementariedad en la relación, así como la capacidad de engendrar a otras personas acogiéndolas en el amor conyugal. Se trata de verdaderos significados que especifican el amor conyugal, distinguiéndolo de otros tipos de amor.

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