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Capítulo 3
El Evangelio de la vida humana
El amor a la vida en la familia

100. Al Evangelio del matrimonio y de la familia va estrechamente unido el Evangelio de la vida. La familia evangelizada es la mejor amiga de la vida del ser humano. Y, a la inversa, donde la vida de cada hombre es respetada y amada de verdad, allí florece la familia como auténtico santuario de la vida humana. Como afirmaba Juan Pablo II en su primer viaje a España, la familia es la única comunidad en la que todo hombre "es amado por sí mismo", por lo que es y no por lo que "tiene". La norma fundamental de la comunidad conyugal no es la de la "propia utilidad" y del propio "placer". El otro no es querido por la utilidad o placer que puede procurar: es querido "en sí mismo y por sí mismo"73.

Después de haber proclamado de nuevo el Evangelio del matrimonio y de la familia (capítulo II) en el contexto de nuestra sociedad y de nuestra cultura (capítulo I), abordamos ahora el anuncio del Evangelio de la vida, no sin honda preocupación ante las graves amenazas y agresiones que la vida humana sufre en nuestros días, especialmente cuando ésta es débil e indefensa. Por ello nos sentimos obligados a denunciar con fuerza los atentados de que es objeto.

3.1. LA DIGNIDAD DE LA VIDA HUMANA Y SU CARÁCTER SAGRADO


Altísimo valor

101. Cuando hablamos de la dignidad humana nos referimos al valor incomparable de cada ser humano concreto. Cada vida humana aparece ante nosotros como algo único, irrepetible e insustituible; su valor no se puede medir en relación con ningún objeto, ni siquiera por comparación con ninguna otra persona; cada ser humano es, en este sentido, un valor absoluto.

De modo que el tratamiento apropiado para el ser humano, adecuado a su dignidad, es sólo el que le toma como un fin en sí mismo y no como un simple medio u objeto. De aquí que el sentido propio de la vida humana sólo se exprese bien en la justicia y, mejor todavía, en el amor. La persona es bien tratada y valorada cuando es respetada y amada; es, en cambio, maltratada y minusvalorada cuando es convertida en mero objeto de cálculos o de intercambio.

102. La revelación de Dios en Jesucristo nos desvela la última razón de ser de la sublime dignidad que posee cada ser humano, pues nos manifiesta que el origen y el destino de cada hombre está en el Amor que Dios mismo es. Al tiempo que viene a la existencia, cada ser humano es objeto de una elección particular del Creador que le otorga la capacidad de escuchar la llamada divina y de responder con amor al Amor originario. Así lo cree la Iglesia cuando afirma que el alma de cada hombre es creada inmediatamente por Dios. Los seres humanos no somos Dios, no somos dioses, somos criaturas finitas. Pero Dios nos quiere con Él. Por eso nos crea: sin motivo alguno de mera razón, sino por pura generosidad y gratuidad desea hacernos partícipes libres de su vida divina, es decir, de un Amor eterno. La vida humana es, por eso, sagrada.

Cristo revela el sentido pleno de la vida humana

103. La Vida se nos manifestó (1 Jn 2,1). Con esta afirmación san Juan nos indica el modo especial como los cristianos conocemos la vida: Cristo nos revela la plenitud del sentido de la vida humana. Por el misterio de su Encarnación Él se ha unido de algún modo con la vida de todo hombre74. Queda así patente el sentido divino de toda vida humana, cuyo valor absoluto no puede ser reducido a lo que de ella nos digan los meros cálculos racionales.

Además, por su misterio Pascual, Cristo nos desvela el fecundo misterio escondido en la entrega de la propia vida, que puede ser entonces entendida como un don que se realiza al darse75: Quien quiera salvar su vida la perderá, pero quien pierda su vida por mí la encontrará (Mt 16,25). En estas palabras se alude a la conversión a la que Jesucristo nos apremia y nos invita: Él es el médico que cura por su sangre al hombre enfermo de pecado y cautivo de un cuerpo de muerte (Rom 7,24).

Por fin, Cristo, sentado a la derecha del Padre, en su humanidad gloriosa, nos descubre el horizonte definitivo de la vida humana, que es la vida eterna. Ya ahora se nos ha manifestado y donado la vida eterna por Jesucristo, por su Iglesia y sus sacramentos. Sin embargo, esperamos todavía la resurrección y la vida eterna en su plenitud para aquel día glorioso en el que el Señor vuelva y Dios lo sea todo en todos (cfr. 1 Cor 15,28).

104. El Evangelio de la vida, aquí evocado, suscita en nosotros ante todo el asombro y la gratitud: ¡Cuánto hemos recibido! ¡Cuánto podemos esperar aún! ¡Qué grande es la generosidad de Dios! Pero también nos mueve casi espontáneamente a la magnanimidad y a la responsabilidad: ¡También nosotros hemos de ser generosos! Ésa es la razón por la que el Evangelio de la vida nos exige y nos posibilita una respuesta adecuada, noble y sincera, a la verdad de la vida humana. Quien de verdad escucha en su corazón el Evangelio de la vida no se queda pasivo ante las amenazas y las violaciones que sufre la vida de los hermanos, en especial la de los más débiles.

3.2. LA VIDA HUMANA, AMENAZADA POR LA CULTURA DE LA MUERTE


Concepción materialista, rebajada y excluyente de la calidad de vida

105. La dignidad de la persona se encuentra amenazada por algunos de los rasgos más sombríos de un cierto modo de pensar y de vivir que se hace pasar por moderno y desarrollado. Cuando el mundo se organiza a partir del individuo y del intercambio de bienes materiales, la persona queda a merced del utilitarismo y del tecnicismo que valoran más el bienestar, el placer y la eficacia productiva de artefactos de trabajo o bienes de consumo que a las propias personas en sí mismas. Una organización así del mundo se halla sujeta a estructuras de pecado76 que es necesario denunciar y combatir.

106. Los signos que genera dicho modo de vida y de pensamiento son preocupantes. Se produce una identificación creciente entre la vida misma y la llamada calidad de vida, categoría, ésta, medida sobre todo por criterios de bienestar físico, de posesión y de prestigio social. Según esto, la vida débil, enferma o sufriente no podría ser en modo alguno una vida con calidad.

Así se comprende que la eliminación de estas vidas entre, al parecer sin problema alguno, dentro de los cálculos de quienes administran la calidad de vida: en el caso de los no nacidos, los padres sobre todo; en el caso de los enfermos finales, el mismo paciente o los agentes sanitarios. Todo ello amparado por unos supuestos derechos y sus correspondientes regulaciones jurídicas. He ahí el entramado que ha merecido con toda razón el nombre de cultura de la muerte77.

107. No cabe duda: una sociedad que desprecia a los débiles y atenta contra sus vidas está bien lejos del verdadero humanismo. Cuando en los planes económicos, políticos o sociales la vida humana llega a contar como un bien físico más, equiparable a otros; cuando bajo la fórmula de un derecho a la vida reconocido a todos se ocultan restricciones para quienes no pueden defender su inclusión en ese todos; cuando tales exclusiones se hacen por motivos políticos de plausibilidad social; cuando no se enfoca la educación como un robustecimiento de los valores y de las virtudes, sino como el fomento de una falsa libertad desfinalizada y desorientada, concebida prácticamente como la realización de cualquiera de los propios deseos; entonces nos encontramos ante los preocupantes signos de una civilización de muerte78 que ha de ser denunciada y combatida.

A favor de la vida

108. El trabajo en favor del respeto a la vida humana y contra la cultura de la muerte suele ser estigmatizado como propio de actitudes retrógradas, que no están a la altura de la vida moderna y democrática. Se acusa, a quienes se comprometen en dicho trabajo, de pretender imponer sus criterios privados como normas de la ética pública que habría de inspirar la convivencia de todos.

Es cierto que los cristianos, como no puede ser de otro modo, percibimos la dignidad de cada persona en Cristo con toda la riqueza a la que acabamos de aludir. Sin embargo, la Historia muestra que todo aquel que no se cierre al encuentro interpersonal, ni a la voz de la Verdad que resuena en la conciencia, puede entender lo que significa la dignidad de la persona humana y su valor absoluto. En el imperativo elemental y universal de "¡No matarás!" se condensan los ecos de dicha voz y de dicho encuentro.

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