RetrocesoA&ONº 261/24-V-2001SumarioMundoContinuar
Sexto Consistorio de cardenales con Juan Pablo II
Tres días para perfilar
el futuro de la Iglesia
Tres días para analizar las perspectivas de la vida de la Iglesia y de su misión en el mundo
a inicios de milenio. Éste ha sido el objetivo que Juan Pablo II ha marcado al Consistorio
extraordinario de cardenales que concluye solemnemente hoy, jueves, en el Vaticano.
Una asamblea del Senado de la Iglesia católica que, por varios motivos, no ha tenido precedentes en la Historia
No está bien que los cardenales se reúnan sólo cuando no hay Papa, había explicado, entre bromas, este Pontífice en la anterior reunión de este tipo, en 1994. De hecho, nunca en la historia moderna un Papa ha recurrido de manera tan frecuente a este instrumento de colegialidad que muestra cómo el obispo de Roma no gobierna la Iglesia en solitario, sino en comunión con los sucesores de los Apóstoles.

El encuentro ha desmentido el análisis ofrecido por la gran mayoría de los medios de comunicación, que lo han visto como una especie de precónclave. Ciertamente, con gran probabilidad, en el aula se encontraba el futuro sucesor de Pedro. Ahora bien, en la Iglesia no hay campañas electorales dignas de ese nombre. La clave está en comprender los auténticos desafíos que tiene que afrontar el cristianismo y en poner los medios necesarios para afrontarlos. Con estas bases, el día que Dios quiera, será también mucho más fácil individuar el perfil del timonel que tendrá que guiar la Barca de Pedro. Ha sido un encuentro de cardenales único, ante todo, por el número de participantes. De los 183 miembros del Colegio cardenalicio estuvieron presentes 155, una cifra sin precedentes. Se encontraban también los que ya han cumplido los 80 y que, por tanto, no podrán participar en un posible cónclave.

Ha sido también una cumbre eclesial única por la cantidad de intervenciones, una tanda realmente agotadora. Uno a uno, en ponencias de entre 6 y 9 minutos, fueron tomando la palabra los colaboradores más cercanos del obispo de Roma de los cinco continentes. En inglés, castellano, francés, italiano…, pusieron sobre el tapete de la discusión sus temas y proyectos.

Abrió estas intervenciones el mismo Juan Pablo II, quien pidió a los cardenales que no se quedaran tanto en consideraciones genéricas, sino que focalizaran los objetivos misioneros prioritarios y los métodos de trabajo más idóneos. En particular, insistió en que se expusieran los medios necesarios para alcanzar esos objetivos.

La única conferencia que estableció el programa del Consistorio corrió a cargo del cardenal Jean-Marie Lustiger, arzobispo de París, de origen judío: La Iglesia —advirtió— no debe ser considerada desde puntos de vista humanos como una de las instituciones del cuerpo social de la Humanidad, sino con los ojos de la fe, como Esposa de Cristo. Reconoció que no existen fórmulas mágicas para afrontar los retos tan elevados que se planteó la asamblea. No, no será una fórmula lo que nos salve —dijo—, pero sí una Persona, Cristo. Sería de ingenuos, insistió, pensar que la renovación en la Iglesia se alcanzará con simples medios técnicos. Esta búsqueda de la eficacia común a toda nuestra época genera sufrimientos en los hombres y males tan grandes como los beneficios esperados. En síntesis, exigió no hacer de los medios ídolos.

La discusión se desarrolló a puerta cerrada. La prensa pudo seguir los debates por la síntesis de las intervenciones que fue presentando el director de la Sala de Prensa vaticana Joaquín Navarro Valls. El primero en tomar la palabra fue el cardenal Eugênio de Araújo Sales, arzobispo de Río de Janeiro. Tocó el argumento central de la unidad de la Iglesia. La fidelidad y la unidad con el Papa forma parte de la fe católica integral, explicó; un tema sobre el que insistieron otros, pero que, a diferencia de las previsiones de algunos medios de comunicación, no obsesionó a la asamblea, pues muchos de ellos insistieron en que la Iglesia se comprende así misma cuando se abre, cuando sale a la misión, no cuando se mira el ombligo.

La cuestión más afrontada ha sido la evangelización en un mundo globalizado, el auténtico desafío de la Iglesia en estos momentos. El cardenal Álvarez Martínez, arzobispo de Toledo, recordó que, mientras en el pasado, la cuestión social ha sido uno de los grandes temas de la Iglesia, hoy el desafío mayor es la familia.

Los cardenales afirmaron que, intrínsecamente, la globalización no es ni buena ni mala, pero insistieron en que debe incluir el concepto de solidaridad social. El cardenal Saraiva Martins, Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, respondió al fenómeno de la globalización con una propuesta que tuvo mucho eco en la asamblea: la globalización de la santidad. El objetivo, explicó, consiste en hacer comprender a todos los católicos que la santidad es la situación normal de todos los cristianos, y no algo extraordinario.

Una serie de proposiciones que después serán presentadas al Papa, fueron sintetizadas por el Relator del Consistorio, el cardenal Sandoval Íñiguez, arzobispo de Guadalajara (México).

Hoy, día festivo en el Vaticano, pues se celebra la Ascensión, Juan Pablo II cerrará el Consistorio con la misa que presidirá en la basílica de San Pedro. Antes de despedirse de los cardenales, participará con ellos en un almuerzo. También así se va perfilando la Iglesia del nuevo milenio.