|
|
|
Me piden que escriba sobre lo que hemos vivido durante los dieciséis meses últimos, y se me hace un poco difícil ordenar mis ideas, ya que más bien se me agolpan en mi mente mezcladas de emociones y sentimientos.
Recordar aquella madrugada del 15 de octubre de 1999, día de Santa Teresa, cuando unos compañeros de trabajo de mi marido nos comunicaban: Javier ha sufrido una parada cardiaca y en estos momentos intentan reanimarle, todavía me produce una extraña desazón. Mi cabeza no entendía que aquello quería decir: Está muerto. Al final, en sábado, a las tres de la tarde, hora de la muerte del Señor y víspera de la Virgen de Lourdes, partió a su definitiva mansión eterna. Y de este largo período de tiempo transcurrido, ¿qué decir? Cuando aquella madrugada nos encaminábamos hacia el Hospital Aranzazu, mi hijo Jesús Mari y yo no hacíamos más que repetir la jaculatoria de siempre: Sagrado Corazón en Vos confío, y le repetía a mi hijo una y otra vez: Papá está en las manos de Dios, Él no nos abandona, sabe lo que nos conviene Puedo decir que esta certeza que nos da la fe, de la presencia de Dios en nuestra vida, a mí, en estas circunstancias, no me ha abandonado. Desde el primer momento, siempre hemos estado muy informados sobre el estado y las expectativas de vida que Javier tenía, y aun cuando nos hemos puesto en manos de santos intercesores, y hemos pedido a Dios por medio de María, salud para Javier, yo siempre pensaba: será lo que Dios quiera, y será lo mejor. Así que el estar al lado del lecho de Javier hablándole, rezando con y por él, acariciándole, realizando aquellos ejercicios que le convenían, prestándole aquellos cuidados mínimos, se fue convirtiendo en algo aceptado, asumido. Durante los dos primeros meses parecía que podíamos albergar esperanzas de mejoría, si bien los pronósticos y las evidencias se unían, y ha sido un ir esperando el final, en una larga espera en la que no hemos podido hacer casi nada. |
|
He dicho y repetiré muchas veces que este largo período, que mirado fríamente parece carente de sentido, lo he vivido como un tiempo de gracia en el que Dios, a través de Javier, se nos ha querido manifestar, y ha sido de muy diferentes maneras como ha hecho su labor.
Para nosotros ha supuesto un parón, un cambio total, el trajín de ir y venir al hospital, su ausencia en la vida de casa, y por otro lado aquella presencia ausente en aquella cama, y nuestro estar callado a su vera, tanto tiempo de no hacer nada, de estar sin más y de rezar. Si dijera que todo este tiempo no ha sido humanamente duro, mentiría; han sido muchos días los que la congoja se me apoderaba y me sentía triste hasta los tuétanos, y le he gritado, sí, gritado literalmente al Señor, diciéndole: ¿Por qué a nosotros? ¿Qué quieres?, ¿qué pretendes de mí? ¡No entiendo nada! Y he llorado, mucho. Creo que casi lo he llorado todo. Así que, cuando me serenaba un poco, le decía: ¡Hazme ver lo que quieres y no me abandones! Mentiría si no manifestara, después de estos episodios, que el Señor me ha consolado, me ha hecho verle y sentirle cerca, y cuanto más y más pequeña y pobre me veía, más y más se me ha acercado y me ha hecho gozar en Él. En ratos de oración, en comuniones, o en momentos sin más , al ir por la calle He dicho tiempo de gracia y lo repito de nuevo. Se hace difícil de expresar y explicar la experiencia íntima con Dios. Él, como es el Señor, cuando te quiere, si te dejas querer por Él, te arrebata. Y así cuando, en otras ocasiones, parece no mostrarse ni tan sensible, ni tan vivo el afecto que el alma siente, ha de vivirse de la fe. Y el gozo experimentado con anterioridad nos consuela y nos anima a seguir. Antes de que todo esto ocurriera, recuerdo que me encontraba algo desanimada, vencida por la rutina de la vida monótona por las dificultades en la convivencia no siempre fácil, algo desfondada, desorientada o algo parecido. Y quiso Dios venir a recargarme la pila de mi vida. De pronto el dolor, el sufrimiento, hacen cobrar valor en aquella vida mediocre. Y así cuando entra Él en nuestra vida, muchas veces de forma traumática, y nosotros le dejamos terreno libre, puede y hace lo que quiere, y hace maravillas. |
|
Todo este tiempo ha sido tanto y tan maravilloso lo que ha acontecido al lado de aquella cama, que me faltaría papel para relatarlo. Javier, a quien tanto le gustaba hablar de Dios, convencer, persuadir
, lo ha hecho con su silencio, sin tener que mover tan siquiera los labios.
¿Qué haces con tu vida? ¿Cuál el orden de tus valores? ¡Y esos criterios! ¡Cuántas reflexiones se han suscitado, cuántas conversaciones hermosas de lo divino y de lo humano! Cómo no mencionar, aunque sin poner nombre, a tantos cuantos has reunido en torno a tu lecho, y te hemos hecho presente recordando qué era lo que a ti te había impulsado a vivir, tus ansias de ser apóstol, de acercar a otros a Dios, y constatar que todos los que te han frecuentado han sacado lo mejor de sí. No puedo olvidar a quienes han estado unidos a nosotros en la oración. Prueba del amor de Dios y del que nos han tenido, hemos recibido muestras de cariño, compañía, ayuda desinteresada, amistad fiel que jamás podremos agradecer, y en la medida de lo posible trataremos de corresponder. Diría, por último, que ha querido el Señor servirse de este tiempo para hacernos su catequesis particular a cada uno. Nos ha dado tiempo para aceptar y acostumbrarnos a la ausencia de Javier, y entender que él, con prisa, como acostumbraba, se nos ha adelantado y ahora desde el cielo velará por nosotros y nos preparará un lugar. Y para que, mientras nos dure este destierro, vivamos a fondo la misión de anunciar al Señor de la Vida. Repitiendo aquí lo que dije el día del funeral, espero ser una viuda feliz y una mamá solícita, que siga celebrando la vida como el gran don que Dios nos da. Seguiré pidiéndole que me haga ver sus caminos, y que sea Él quien conduzca mi vida, que me haga dócil a su gracia, y agarradita de la mano de María intentaré dejarle que haga lo que Él quiera, como Él quiera y cuando Él quiera. Si vienes conmigo y alientas mi fe, si estás a mi lado, ¿a quién temeré? María Jesús Abecia Valencia |