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Inma Álvarez
El obispo de Córdoba, monseñor Javier Martínez, ha dirigido una amplia Carta a los sacerdotes, a los religiosos y religiosas, a los profesores y educadores católicos, a los responsables de movimientos, comunidades y asociaciones de fieles, a los catequistas y a todos los fieles de la diócesis, alertando sobre la comercialización en toda España de la píldora del día siguiente, que en Andalucía se distribuirá gratuitamente en los Centros de Salud. Según el obispo, a través de los medios de comunicación se ha hecho una gran campaña que desinforma al pueblo, en un doble sentido: pretendiendo comunicar que la píldora no es abortiva, y afirmando que no tiene efectos secundarios. Las dos cosas son mentira. Esta difusión de la píldora añade es la decisión política más antisocial que se ha producido en España en muchos años, ya que por causa de ella morirán antes de nacer, en función sólo de intereses económicos o políticos, muchas vidas humanas inocentes e indefensas, sin que nadie clame por ellos. Según el obispo de Córdoba, la medida pone en juego el futuro de una sociedad libre, de una verdadera democracia y de la salud pública, además, en un momento en que la tasa de crecimiento demográfico de España es una de las más bajas del mundo. Afirma que el uso masivo de esta nueva píldora asesta un golpe durísimo a la familia, y destruye el sentido de la responsabilidad de los adolescentes y jóvenes en relación con su cuerpo. El no respetar la naturaleza respecto a la vida humana continúa, tiene consecuencias mucho más graves y dramáticas que cualquier atentado contra los bosques o contra una especie animal. Los jóvenes, en lugar de educarse al amor grande y verdadero que constituye la vocación de toda persona humana, un amor lleno de respeto al cuerpo y a las exigencias de la verdad en la relación "hombre-mujer", son invitados a un "uso" irresponsable de su cuerpo y de su sexualidad, en una manipulación alienante de cuyas consecuencias dramáticas los mismos jóvenes son víctimas. |
| El obispo de Córdoba denuncia, por otro lado, las acusaciones hechas a la Iglesia sobre este tema: No es cierto que la Iglesia mantenga su posición por falta de conocimiento, y es mentira que se trate de una "cuestión médica" en la que la Iglesia no tendría competencia. Por el contrario, es una cuestión que afecta directamente a la vida, y, por tanto, al quinto mandamiento, con enormes consecuencias morales y sociales, que no han sido debatidas, ni siquiera planteadas, con un nivel suficiente de racionalidad y de responsabilidad. La Iglesia, según monseñor Martínez, tiene el deber de expresar la verdad libremente, lo que no debería sorprender ni ofender en una sociedad que se proclama oficialmente tolerante. Si nuestra sociedad se empeña en suicidarse, o en dejarse aniquilar en nombre del bienestar y del progreso, nadie podrá, a la larga, impedírselo. Pero no parece que advertirle del peligro sea interferir en su libertad. Es más bien un deber de humanidad elemental. El obispo de Córdoba pide especialmente a los médicos y farmacéuticos cristianos a dar testimonio de cómo vuestra fe en Jesucristo provoca una pasión por la vida de los hombres que no se doblega ante la presión social, ante lo políticamente correcto o ante la cultura dominante cuando ésta se vuelve inhumana, por muy hábilmente que esté gestionada por el poder.
Pocos días después de la publicación de esta Carta, unas declaraciones del Consejero de Salud de la Junta de Andalucía, don Francisco Vallejo, que afirmaba: No cabe objeción de conciencia para dispensar y tener en las farmacias la píldora del día siguiente, motivaban una dura respuesta, esta vez del arzobispo de Granada, monseñor Antonio Cañizares. El prelado, en su declaración, con fecha de 21 de mayo, considera la carta del obispo de Córdoba como enormemente lúcida y clarificadora, y declara: La hago mía en la totalidad de los contenidos y deseo que llegue al mayor número posible de cuantos formamos esta Iglesia que está en Granada. Monseñor Cañizares alude a las declaraciones del señor Vallejo, considerando que van contra la libertad y la objeción de conciencia. Deja la moral y la conciencia para la esfera privada. Socava y ataca, al mismo tiempo, las bases de una sociedad libre y en democracia. Entraña entrar en la más clara y peor de las dictaduras: la dictadura de los espíritus. El arzobispo de Granada denuncia la falacia que supone tratar como un medicamento más a la píldora, así como el intento de relegar a la Iglesia en este debate. Hay unos principios éticos, afirma el prelado, que son válidos por sí mismos y para todos, independientemente de credos e ideologías: uno de estos principios es el respeto a la vida humana y a la dignidad inviolable de cada uno de los seres humanos. La Iglesia, continúa, no impone a nadie este principio, es un principio común sin el cual todo se derrumba. Quien acusó a la Iglesia de dogmática reconoce, con la OMS, que esta píldora "impide la fecundación del óvulo o su implantación en el útero"; un óvulo fecundado es un ser vivo humano que tiende a su viabilidad plena si no es impedido en su camino; cuando es impedida artificialmente su implantación en el útero, se elimina de hecho, y esto, mientras no se demuestre lo contrario, es un atentado contra la vida humana. Tal vez la Iglesia no sea tan dogmática como se le acusa, y sí otras posiciones que niegan lo evidente desde dogmatismos laicistas. |