RetrocesoA&ONº 262/31-V-2001SumarioCriteriosContinuar
María, la Primicia
La suerte de Jesús es inseparable de la su Madre, y lo es de un modo ejemplar. María es el modelo de los discípulos de su Hijo, la primicia de la nueva Humanidad redimida, que en la última etapa del Antiguo Testamento aparece profetizada como la Hija de Sión. Pero san Lucas, y los demás autores del Nuevo Testamento, están muy lejos de considerar a María como una representación metafórica de Israel. Las figuras bíblicas no son símbolos literarios, sino ante todo realidades históricas, que significan por su existencia misma, y sobre todo en el caso de María, en quien se unen admirablemente persona y personificación. María no tiene que abandonar en absoluto su realidad personalísima de Madre de Jesús para encarnar en sí al Israel de Dios. Su misión y su realidad más profundamente personal son inseparables.

El pueblo judío esperaba al Mesías, y al mismo tiempo la llegada de la comunidad mesiánica. Es esta comunidad la que ha de darle a luz. Pero a luz no da una comunidad, da una persona, y es ella, la Madre del Mesías, quien más adecuadamente personifica al pueblo entero. Y esta esperanza se cumple en María. En el silencio de la doncella de Nazaret se ha producido, de forma insensible, la transformación de Israel en Iglesia. ¿Quién es María: un miembro, incluso el más excelente de la Iglesia, o más bien la Iglesia en su totalidad? No es lícito separar lo que aparece unido: la Madre de Jesús, y la Iglesia plenamente realizada en Ella. Así lo dice san Agustín en un bello sermón, que habla de Cristo, el más hermoso entre los hijos de los hombres, hijo de Santa María, esposo de la Iglesia santa, a la cual reprodujo semejante a su Madre: la hizo Madre para nosotros y la conservó Virgen para Él.

María dio al mundo a su Salvador, pero siendo Ella misma también quien lo recibió con la máxima disponibilidad. María y la Iglesia no pueden entenderse la una sin la otra. Por eso san Efrén, con toda verdad, pone en labios de María estos preciosos versos: ¡Hijo del Altísimo...!/ Igual que yo te he dado a luz/ con un nacimiento distinto,/ Tú también me has dado a luz a mí/ con un segundo nacimiento./ ¡Tú llenas de estupor a tu madre!

Y la sigue llenando de estupor: nos llena de estupor a todos nosotros.

Alfonso Simón