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Juan Pablo II se ha reunido en Consistorio, durante tres días, en Roma, con 154 cardenales de la Iglesia, una, santa, católica y apostólica; y, más que hacer balance del reciente Jubileo, ha trazado planes desde la dinámica jubilar y desde la óptica de la Carta apostólica Novo millennio ineunte, para el futuro a corto y medio plazo de la Iglesia en el tercer milenio que acaba de comenzar.
No se entiende bien por qué o se entiende demasiado bien y da mucha pena la mayoría de los medios españoles de comunicación en este caso de incomunicación, como por desgracia viene ocurriendo últimamente en cuestiones de fe y de Iglesia han pretendido desnaturalizar este magno y sin duda trascendental acontecimiento eclesial, intentando reducirlo a una especie de quiniela sobre un inexistente pre-Cónclave, a la búsqueda del sucesor de Juan Pablo II que más resulte a la medida de los gustos peculiares de cada cual. El propio Papa garante de la unidad de la enriquecedora diversidad ha hablado, y se ha comprometido en una reflexión de carácter operativo sobre la situación de la Iglesia de cara al futuro. Una reflexión sobre las urgencias pastorales más ineludibles: ¿a dónde va la Iglesia?, ¿a dónde debe ir?, ¿qué es lo que hay que promover, impulsar y rectificar? |
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Y cuando se ha encontrado este Amor, todo adquiere una grandeza y una importancia inusitadas. Cásate
, yo bendeciré tu matrimonio: ¿cabe mayor realismo que éste, el de aquel que estaba lleno del presentimiento de la Gloria? ¿O es más realista cambiar de pareja, porque falta la razón verdadera para vivir? Es dolorosa, y con frecuencia lo es mucho, la situación de quienes han pasado por la muerte de su conyuge; sin embargo, no es éste un dolor irreparable; más aún, es mayoritario el testimonio admirable de viudas y de viudos que no sólo no se hunden en la desesperación, sino que viven con el gozo de la esperanza. El único dolor mortal es la soledad absoluta, y ya se puede estar muy junto con otro, o con muchos otros, que si alma está cerrada sobre sí misma se está completamente solo. Uno puede creer que, por un tiempo, va a ser feliz, pero sólo se es feliz de verdad, ciertamente con todos los dolores del mundo que acompañan nuestra vida de peregrinos, pero feliz, cuando la perspectiva no tiene fecha de caducidad.
Se dice que ha aumentado, y seguirá aumentando, la esperanza de vida, sobre todo en las mujeres ya es un dato su abrumadora mayoría, respecto de los varones, en el estado de viudedad, y cada vez más se añade la expresión calidad de vida. ¿Qué esperanza, y qué calidad de vida?, es justo preguntarse. Los obispos españoles, en el importante y valioso documento sobre la familia que ofrecemos en cuadernillo especial en este mismo número de nuestro semanario, responden así a esta cuestión: Se produce una identificación creciente entre la vida misma y la llamada "calidad de vida", categoría, ésta, medida sobre todo por criterios de bienestar físico, de posesión y de prestigio social. Según esto añaden, la vida débil, enferma o sufriente no podría ser en modo alguno una "vida con calidad". Sin embargo, ¿cabe más calidad que la de la muerte de ese joven que, camino de la Vida, no puede sentir pena alguna ante su suerte? El Amor que hace posible esa maravilla del presentimiento de la Gloria y, al mismo tiempo, de la ternura infinita con los que peregrinan en la tierra es el secreto de la única calidad de vida que merece tal nombre. |