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Lo peor de los acontecimientos deportivos descansa siempre en sus alrededores, en el batiburrillo-tostón de imágenes y narraciones paralelas que nacen cuando las luces de los estadios se han apagado: que si declaraciones inanes de los protagonistas, que si opiniones a voz de pronto (que no a bote pronto) de los aficionados, que si repeticiones de los goles con la banda sonora de Titanic, que si primeros planos de las caras de los devotos entusiastas... Se entiende que a Javier Reverte (que acaba de publicar un libro sobre un misionero madrileño que empeñó su vida por el testimonio de la fe, convirtió a dos emperadores etíopes y descubrió las fuentes del Nilo Azul) se le interrogue e indague por el proceso de su investigación, porque toda información que nos diga va a ser documento de primera mano para hincarle el diente a su trabajo. Pero eso no ocurre con la información añadida que aparece de relleno en los tele-deportes tras la jornada de los domingos. Los goles están ahí, son tan invariables como un bodegón de Cezanne, y a ese escaso material sólo se le pueden buscar añadidos. Y el resultado, la mar de intrascendente, siempre es menor.
La información deportiva, hay que ser claros, tiene su corazón en el directo. La narración de un partido de fútbol es siempre una experiencia vibrante e irrepetible. Lo mismo ocurre con el seguimiento de la famosa serpiente multicolor del Giro; incluso una final masculina de Roland Garrós, que dura una eternidad, es apasionante por esa persecución milimétrica de la victoria que va dirimiéndose con la parsimonia de una partida de ajedrez. El deporte es el espectáculo de la inmediatez; por eso su atractivo visual es extraordinario y aglutina a públicos inverosímiles. Pero nunca puede caer en el esperpento del manierismo, en las repeticiones insaciables y en buscar información de relleno para cubrir los informativos temáticos, porque pierde su poder. Para el becario que tiene que informar sobre el último partido del Madrid es muy socorrido lanzarse a la captura de las declaraciones, pero las revelaciones de un delantero de Primera División poco van a aportar al panorama deportivo, y nunca van a suponer una exclusiva que levante los cimientos del país. ¿Qué va a decir?: Bueno , hemos hecho lo que hemos podido ; la labor ha sido de todo el equipo ; hoy hemos estado un poco bajos, pero para la próxima jornada todo irá mejor Es el contraste entre el valor del directo y la intrascendencia de la reflexión deportiva. El deporte se explica mal en un discurso, sólo se le coge del cuello cuando se participa en él o se le contempla en el fragor de la contienda. Podríamos decir que el material con el que se realiza la información deportiva es tan frágil como el papel, con el que los artistas de la papiroflexia hacen locuras. Incluso con palillos de mesa el protagonista de La cena de los idiotas se montaba la torre Eiffel en un pispás. Pero el deporte más allá del directo es papel en manos bisoñas. La filosofía del deporte nada aporta. Javier Alonso Sandoica |