RetrocesoA&ONº 262/31-V-2001SumarioDesde la feContinuar
No es verdad
Un concilio para el siglo XXI demanda, ya desde el título, en un artículo que acaba de publicar en El País, el teólogo Juan José Tamayo-Acosta. Forma parte de un pequeño grupo de incomprendidos para quienes el Concilio Vaticano II, por lo visto, fue un concilio no se sabe para qué siglo... Lo curioso es que, en un principio, estos incomprendidos echaron las campanas al vuelo gozosamente, por la buena nueva del Concilio que convocaba Juan XXIII. El desencanto les ha entrado más tarde, cuando los sucesores de Juan XXIII, a la vista de determinados derroteros nada conciliares que algunos tomaban en la aplicación del Concilio, pusieron las cosas en su sitio, a algunos teólogos en el suyo, y encauzaron las aguas por su cauce natural, como habría hecho el Beato Juan XXIII.

El conciliarismo... —concluye su artículo Tamayo—, amén de frenar el autoritarismo papal, constituye una de las principales claves para la democratización de la Iglesia. ¿Por qué se tendrá tanto miedo a un concilio? En estas líneas es donde está la madre del cordero: ¿miedo a un concilio? ¡Pero si se acaba de celebrar uno! ¿Qué pasa, que a Tamayo y a sus amigos incomprendidos no les ha gustado? ¡La democratización de la Iglesia... ! Seguro que este articulista le pediría hoy al Señor que, en vez de decir a Simón Tú eres Pedro, convocase unas elecciones primarias. Como si la Iglesia fuera un partido político. Me cuentan que este teólogo ha escrito que yo siento una especie de manía contra él. No es verdad. También se equivoca de medio a medio: es tal el respeto que yo siento hacia la dignidad de cada persona, que solamente cuando creo un estricto deber de caridad decir públicamente que no es verdad una retahíla de despropósitos —no otra cosa es su artículo en El País—, lo digo. Ni hay numerosas voces procedentes de todos los sectores de la Iglesia, ni hay muchos en la Iglesia que tengan la desfachatez de escribir, como él escribe, que pasó el tiempo en que se creía que la religión católica era la única verdadera. Ocurre cuando se quiere pasar de la mediocridad al estrellato disidente.

El Consejero de Salud de la Junta de Andalucía, al anunciar que obligará a todas las farmacias de la Comunidad Andaluza al trágala de tener que vender la píldora abortiva del día después (en realidad, el negocio del día después), se ha permitido sugerir intolerablemente que los problemas de conciencia constituyen en realidad una herencia del antiguo régimen. ¿De qué régimen? ¿Del de Atila, del de Almanzor, del de Hitler, del de Stalin, del de Chaves...? ¿Cómo no se le caerá la cara de vergüenza a alguien que, con esa miserable frase, hace la más lastimosa y penosa radiografía de sí mismo y del régimen de la Junta a la que aconseja —¡pobres enfermos de Andalucía!— en materia de salud?

Gonzalo de Berceo