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La fascinación de una época
El mozárabe: la novela de un obispo
El pasado 8 de mayo, el Presidente de CajaSur, don Miguel Castillejo Gorraiz,
presentaba en Córdoba la novela histórica El mozárabe, de Jesús Sánchez Adalid
No hay más que adentrarse en las páginas de El mozárabe, de Jesús Sánchez Adalid, para advertir la fascinación de una época; ese entramado activo, pleno de aromas, sensaciones y costumbres, que configura el siglo X en la Córdoba de los Omeyas; época que marca el cenit de esta ciudad y la nombra capital del mundo conocido. Y no hay mejor momento que éste para presentar un libro de tan singulares características; compartiendo la notable efemérides de una exposición antológica, quizás irrepetible, que recoge piezas fundamentales del legado andalusí, representación inequívoca de la cultura de los Omeyas, aún escasamente reconocida, incluso por las gentes de Córdoba. Éste ha de ser el tiempo propicio porque, en Medina Azahara, se recuperan algunas de las manifestaciones artísticas más importantes de la dinastía que consiguió elevar Córdoba a su máximo esplendor.

El mozárabe es la historia es un obispo cordobés, Asbag aben-Nabil, que supo comprender su papel esencial en ese momento de confrontaciones políticas, sociales y religiosas. Él será el hilo conductor de esta memoria novelada de fechas, datos y cronografías, escrita con agudeza, sensibilidad y un dominio sorprendente de la palabra que, sin enturbiar en ningún momento la elocución narrativa, nos permite dar testimonio de un lenguaje culto y cultivado, seduciéndonos por su claridad, intensidad, expresividad y belleza.

En esta compleja concepción de lo público y lo privado, de lo colectivo y lo íntimo, los hechos se suceden con rapidez fílmica, confrontando la historia de dos figuras esenciales en la Córdoba musulmana, dos seres excepcionales que debieron conocerse por su cercanía con el culto y pacífico al-Hakam, amante sobre todo de sus libros, las letras y las ciencias. A través de ellos, Asbag aben-Nabil, Obispo de Córdoba, y Abuámir, quien se convertiría en el temido Almanzor, azote de la cristiandad, la novela adopta el modelo de la crónica histórica donde se intercalan los hechos y la reflexión de los hechos, el análisis de los personajes y la exposición de sus emociones, el diálogo y el relato de manera encadenada, la narración histórica y la novela de aventuras, todo bajo la óptica palmaria de un escritor lúcido conocedor de la prosopografía histórica y de todos los recursos literarios capaces de describirla.

La novela consigue atraer la atención del lector desde los primeros capítulos. Veintitrés años (954-997) de lograda introspección histórica y soberbia pulcritud narrativa en los que se dibuja a la perfección esta época fulgurante de la Córdoba de los Omeyas que penetra en el corazón mismo de una Europa que, inquieta, aguarda la llegada de un nuevo milenio. Tanto Asbag como Abuámir son exponentes álgidos de la refinada y singular cultura de este tiempo. Ambos coinciden en opinar que la vida es una aventura que pide estar siempre en el camino.

Ya Cervantes decía que el camino es siempre mejor que la posada. Ortega y Gasset aguzado crítico y exquisito filósofo, sabría expresarlo con su literaria elocuencia: Sin remedio, la vida no es un estar ahí, un yacer, sino un recorrer cierto camino; por tanto, algo que hay que hacer (…) Y como nadie nos da decidida esa línea que hemos de seguir, sino que cada cual la decide por sí, quiera o no, se encuentra el hombre siempre, pero sobre todo al comienzo pleno de su existencia, al salir de su adolescencia, con que tiene que resolver entre innumerables caminos en la carretera de su vida. Para llegar a los machadianos versos del caminante no hay camino/ se hace camino al andar.

En El mozárabe se entremezclan otros muchos sentidos templados por la pluma magistral y serena de Jesús Sánchez Adalid, ilustrador ágil de esta herencia transmitida a través de la investigación histórica y la elaboración literaria, lo que nos permite a la vez aprender y deleitarnos. Así, aparte de los evidentes conocimientos que nos muestra sobre Córdoba, los hábitos de sus moradores, el léxico específico sobre dignatarios, utensilios y establecimientos, los lugares geográficos, la gastronomía…, se revela un compacto estudio de las relaciones que permitieron armonizar fe y cultura en un tenso momento histórico de colonización y reconquista, de enfrentamientos fideístas y deontologías antagónicas.

El autor aporta su cosmovisión del mundo en esta época de conflictos y contradicciones, un mundo ansioso e inseguro, acuciado por las epidemias, las guerras y las carencias del espíritu cristiano, asfixiante para el hombre débil que, atribulado por la tentación, el dinero y la fiereza de las armas, lucha sin fuerzas para llegar a Dios.

Aunque apostando francamente por los frutos del Espíritu y la confianza en la Divina Providencia, en el libro de Jesús Sánchez Adalid no se aprecia una inclinación especial hacia unos u otros. Cristianos y árabes se entrelazan en la secuencia narrativa mostrando sus cualidades y sus defectos. Todos son dibujados con la misma complicidad afectiva, y en todos ellos advertimos las virtudes y los vicios de los seres humanos. Advierte con severidad sobre los intrigantes: Yo te propuse, y lo menos que podía haber hecho es respetar a alguien que yo aprecio de veras; sobre los envidiosos: Son muchos los que no miran con buenos ojos los ascensos rápidos; acerca de los traidores: El que hoy te agasaja, mañana puede apuñalarte; y asimismo se complace en postular la mesura de los hombres de fe: La verdad está más cerca de los hombres de Dios que de ningún otro sitio; la fuerza moral que presta a un hombre honrado cualquier afirmación desde la autenticidad y el respeto; la valentía del arrepentimiento y la aceptación de la penitencia cuando nos alumbra la suficiente luz para comprender que podemos estar equivocados: Ocupó su sitio en cuclillas y se humilló delante de todos. Será el propio Abuámir quien se declare pecador frente a todos en la gran mezquita. Hasta este personaje maltratado por la historia de España, queda reivindicado como hombre. Ciertamente no es fácil reconstruir una época difuminada en los anales del tiempo. Como afirmaba Lévi-Provençal, son escasas las referencias que nos han llegado sobre la vida de la ciudad en el tiempo en que Juan de Gortz, enviado por Otón I de Alemania, se maravillaba de su extraordinaria riqueza.

Jesús Sánchez Adalid ha sabido reconstruir con eficacia esa Córdoba califal que Muñoz Molina describe como un laberinto de calles y columnas y palacios cerrados y también de rostros y de idiomas, una ciudad mestiza donde los cristianos y los judíos hablan y escribe en árabe aunque sigan conservando su lengua; aquella Córdoba deslumbrante de los Omeyas ante cuyo esplendor Roswhita, monja y poetisa sajona, proclamaba la gloria de Dios cuando, contemplándola fascinada, la reconocía como ornato del mundo.

Merece cálida y entusiasta felicitación quien ha sabido iluminar, con honda emoción intelectual y certera perspectiva histórica, este ámbito sagrado y ancestral de aquella Córdoba, tan distante y tan nuestra, cuya luz se extendió con los Omeyas por todos los confines del universo conocido.

Miguel Castillejo Gorraiz