RetrocesoA&ONº 262/31-V-2001SumarioEl Día del SeñorContinuar
Solemnidad de Pentecostés
La alegría de la Iglesia
El primer Pentecostés cristiano evoca la fundación de la Iglesia bajo la acción del Espíritu. El evangelista san Juan nos presenta esta festividad en relación con el perdón de los pecados. Lo primero que nos encontramos es cómo la primitiva comunidad de los discípulos pasa del miedo al gozo. Curiosamente todo el evangelio está lleno de advertencias como éstas: No tengáis miedo... No os preocupéis... No os aflijáis. Quiere decir que no debemos olvidar que por el bautismo el cristiano no ha recibido un Espíritu de temor, sino de libertad, alegría, gracia y paz.

Lo originario en el hombre es el amor, no el miedo, que es algo aprendido. Cuando se vive la realidad de uno mismo y de los otros de manera libre y gratuita no hay apegos o deseos insanos, que son la base desde donde surgen nuestros miedos. Éste enquista el alma humana, estrecha nuestra mente, impide la comunicación con los otros y oscurece la alegría del rostro. Por ello el miedo engendra enfado, el enfado violencia, y la violencia el odio. El comienzo de la andadura de la Iglesia está marcado por el paso del miedo al amor, del engaño a la verdad, del odio al perdón. De esta manera el Espíritu, como alma de la Iglesia, aleja de los miembros del cuerpo eclesial todo temor, que procede del pecado, y abre las puertas de nuestros corazones a la reconciliación que se nos otorga gracias al Paráclito que viene de lo alto, que todo lo transforma y lo hace nuevo.

Estamos en el tiempo del Espíritu, que comenzó aquel día en que Jesús pudo decir a sus apóstoles: Recibid el Espíritu Santo... Y se llenaron de alegría. Así brotó en la Iglesia el manantial de la alegría perfecta, que nace de la fe en Cristo crucificado y resucitado, y que no puede ser adquirida por los métodos mercantilistas de la sociedad de consumo ya que es una realidad que nace de la gratuidad del misterio salvador, y sólo la descubren y la viven quienes son limpios de corazón. Durante la larga trayectoria de la Iglesia, los verdaderos mensajeros del Evangelio han sido aquellos que han reflejado en sus vidas la verdadera alegría de sentirse salvados, amados, agraciados por la sorpresa del Espíritu del Resucitado. Ellos superaron todo desánimo, cansancio y pruebas. Desde la alegría de sus almas y sus rostros, anunciaron al Autor de la Vida, plantaron y edificaron la Iglesia en los lugares más remotos, fueron instrumento de paz entre los hombres, sembraron buenos sentimientos y obras generosas en las diversas culturas, llevaron esperanza a los agobiados y oprimidos de la tierra. En fin, la evangelización de las culturas y las personas encuentra su eficacia solamente en la fuerza del Espíritu. Hoy como ayer es necesario aprender a no tener miedo, recuperando un espíritu de esperanza y confianza (Juan Pablo II ante la L Asamblea de la ONU).

+Juan del Río Martín
Obispo de Asidonia-Jerez