|
|
La Fiesta de Pentecostés es uno de los días grandes en la memoria y liturgia de la Iglesia. Es también el Día del Apostolado Seglar y de la Acción Católica. Un día para agradecer y valorar la vocación y misión de los laicos, para tomar una conciencia cada vez más clara, no sólo de pertenecer a la Iglesia, sino de ser Iglesia.
Hemos celebrado, en nuestra Iglesia, la memoria de algunos de nuestros mártires de Acción Católica. ¡Qué testimonios y qué patrimonio de fe y vida santas para la Iglesia y para las actuales generaciones de laicos cristianos! En el reciente Congreso del Laicado Católico, celebrado en Roma, decía el Papa: Si la fe no se ha borrado de la vida de pueblos enteros, se debe sobre todo al valiente testimonio de los seglares, incluso hasta el martirio. Y, al abrirnos a un nuevo milenio, la Iglesia nos propone a todos, también a vosotros los seglares, la exigencia de la santidad. El don de la santidad que se nos confiere en el Bautismo es una exigencia y un compromiso de santidad. Por eso es una contradicción conformarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial. |
|
Las parroquias y los movimientos apostólicos de laicos han de proponer la santidad, como una prioridad pastoral, y han de animar con todas sus posibilidades la pedagogía de la santidad, procurando que todas las comunidades sean escuelas auténticas de oración y trabajando porque todos sus miembros se eduquen en el arte de la oración personal y comunitaria. Una oración que les lleve al al encuentro con Cristo. Y dentro de esta pedagogía de la santidad, que valora en todo momento la primacía de la gracia, queriendo vivir la presencia del Resucitado, hemos de ser fieles a la Eucaristía dominical, al sacramento de la Reconciliación, a la escucha y el anuncio de la Palabra. Los cristianos que no cuiden la oración ante tantos modos con que el mundo de hoy pone a prueba nuestra fe, no sólo serán cristianos mediocres, sino "cristianos en riesgo".
La Iglesia valora en toda su originalidad las distintas vocaciones que configuran el misterio de comunión eclesial, pero, en la perspectiva del nuevo milenio, nos invita a tener una mirada muy atenta y a señalar entre las prioridades pastorales la promoción de las vocaciones laicales y sus asociaciones. Es necesario descubrir cada vez mejor la vocación propia de los laicos, llamados, como tales, a buscar el reino de Dios ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas, según Dios, y a llevar a cabo en la Iglesia y en el mundo la parte que les corresponde, con su empeño por evangelizar y santificar a los hombres. Todos los cristianos estamos llamados a la santidad y tenemos la misma dignidad, porque las notas comunes a todos los bautizados, como don de santidad , son: la incorporación a Cristo por el Bautismo, la pertenencia al Pueblo de Dios y la participación en la triple función de Cristo: profética, real, sacerdotal. Pero la nota específica de los laicos es su carácter secular, vivir en el mundo, ordenando los asuntos temporales y vivir allí su vocación a la santidad. El mundo se convierte en el ámbito y el medio de la vocación cristiana de los laicos. Los seglares, cuya vocación específica los coloca en el corazón del mundo y la guía de las más variadas tareas pastorales, deben ejercer por lo mismo una singular forma de evangelización. |
|
El Concilio Vaticano II recomienda con todo encarecimiento estas instituciones, que responden ciertamente a las necesidades del apostolado de la Iglesia en muchas naciones, e invita a los sacerdotes y a los seglares, que trabajan en ellas, a que hagan cada vez más efectivas las notas (Fin apostólico de la Iglesia. Protagonismo de los laicos. Unidos a manera de cuerpo orgánico. Bajo la superior dirección de la Jerarquía), y cooperen siempre fraternalmente en la Iglesia con todas las otras formas de apostolado.
Por este motivo, el mismo Concilio, en el Decreto sobre el ministerio pastoral de los obispos, dice: Urjan con solicitud el deber que tienen los fieles de ejercer el apostolado cada uno según su condición y aptitud, y recomiéndenles que tomen parte y colaboren en los diversos campos del apostolado seglar, sobre todo en la Acción Católica. Todos los que militan en estos movimientos deben sentir el mayor apoyo y cercanía de sus propios obispos. El Concilio Vaticano II, cuando ve en el apostolado asociado un signo de comunión y de la unidad de la Iglesia de Cristo, nos descubre que hay que hacer de la Iglesia la casa y la escuela de comunión: éste es el gran desafío que tenemos ante nosotros en el milenio que comienza, si queremos ser fieles al designio de Dios y responder también a las profundas esperanzas del mundo. Y tiene gran importancia para la comunión el deber, y en la misma Carta Apostólica Novo millennio ineunte se nos invita a promover las diversas realidades de asociación, que tanto en sus modalidades más tradicionales como en la más nuevas de los movimientos eclesiales, siguen dando a la Iglesia una viveza que es don de Dios constituyendo una auténtica primavera del Espíritu. Una atención especial se ha de prestar a la Pastoral de la familia. |
|
TESTIGOS DEL AMOR
Como no puede ser de otro modo, las comunidades y los cristianos que quieran transparentar en su vida el misterio de Cristo, tienen que ser testigos del amor: Que como yo os he amado, así os améis, también, los unos a los otros. Y porque la Iglesia está llamada a ser signo e instrumento de la íntima comunión con Dios y de la unidad del género humano, esta Carta nos pide que trabajemos para hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión. Como principio educativo, antes de proponer ninguna iniciativa, hemos de proponer una espiritualidad de comunión. Que nuestra fe en la Trinidad nos ayude a entender y vivir la comunión con todos los hombres: Que ellos sean uno, para que el mundo crea. Que en la unidad profunda del Cuerpo Místico veamos en el hermano de fe uno que me pertenece. Que descubramos todo lo positivo que hay en el otro y lo lleguemos a entender como un don para mí. Y, dentro de esta espiritualidad de comunión, se nos compromete a animar todos los organismos de comunión, entre ellos el más inmediato a nuestra vida apostólica, que es el Consejo de Pastoral. Contamos en todo momento con la ayuda de Santa María, la Estrella de la nueva evangelización. |