RetrocesoA&ONº 262/31-V-2001SumarioMundoContinuar
Mensaje al mundo del Consistorio de cardenales
La mirada fija en Cristo
Una Iglesia más unida, para evangelizar con más entusiasmo y convicción en un mundo globalizado:
éstos son los dos rasgos fundamentales que, en su mensaje final al mundo,
han perfilado los 155 cardenales reunidos en el Consistorio extraordinario recogidos.
Ofrecemos el mensaje íntegro
1Al final del Consistorio, nosotros, cardenales, venidos de todas las partes del mundo, volvemos a confirmar nuestra profunda comunión de fe y de amor con el Santo Padre, sucesor de Pedro. A él se dirige nuestra cordial gratitud para que, como ya nos había convocado en consistorio para la preparación del Gran Jubileo del año 2000, así ahora en este nuevo consistorio nos ha llamado a reflexionar sobre la aplicación espiritual y pastoral de la gracia jubilar, profundizando las líneas programáticas presentes en la preciosa Carta apostólica Novo millennio ineunte.

2Con toda la Iglesia damos gracias al Señor, donador de toda gracia, por el río de gracias que con el Año Santo se ha derramado sobre el pueblo de Dios y sobre la Humanidad entera.

3Estamos convencidos de que la gran herencia que nos ofrece el Jubileo como don y responsabilidad es la de renovar, con íntima convicción y creciente confianza, nuestra confesión de fe en Jesucristo, Hijo de Dios, hecho hombre, crucificado y resucitado, único y universal Salvador del mundo.

Por esto, acogemos con alegría y volvemos a proponer a todos la consigna de continuar manteniendo fija la mirada sobre Cristo y contemplando su rostro a través de la familiaridad con la Palabra de Dios, la oración asidua y la comunión personal con Él, la participación en la Eucaristía, sobre todo en el día del Señor, la acogida de la misericordia del Padre en el sacramento de la Reconciliación, en un valiente compromiso por la santidad, sentido y destino de todo hombre, y manantial y fuerza de la acción pastoral de la Iglesia. De este modo, la experiencia jubilar podrá animar y orientar la vida de los creyentes, acogiendo la absoluta primacía de la gracia.

4La contemplación en la oración de Cristo, al tiempo que lleva a la comunión de amor con Él, alimenta la misión evangelizadora de la Iglesia. Ante la gran necesidad que tiene todo hombre de Cristo, nos sentimos llamados con apremio no sólo a hablar de Él, sino también a hacerlo ver con el anuncio de la Palabra, que salva, y con el testimonio audaz de fe, en un renovado empuje misionero.

5Condición, fuerza y fruto de la misión evangelizadora es la comunión, la unidad de los discípulos de Cristo, por la que rezó Cristo.

En un mundo sumamente marcado por laceraciones y conflictos y en una Iglesia que lleva las heridas de las divisiones, sentimos con más intensidad el deber de cultivar la espiritualidad de la comunión: ya sea dentro de las comunidades cristianas, ya sea continuando con caridad, verdad y confianza, el camino ecuménico y el diálogo interreligioso, siguiendo el ejemplar impulso que nos da el Santo Padre.

6La comunión lleva a la Iglesia a hacerse solidaria con la Humanidad, especialmente en el actual contexto de la globalización, con la muchedumbre creciente de los pobres, de los que sufren, de cuantos son pisoteados en sus sacrosantos derechos a la vida, a la salud, al trabajo, a la cultura, a la participación social, a la libertad religiosa.

Renovamos nuestro compromiso a trabajar por la justicia, la solidaridad y la paz con los pueblos que sufren a causa de tensiones y de guerras. Nuestro pensamiento se dirige particularmente a África, donde numerosas poblaciones sufren a causa de conflictos étnicos, de una persistente pobreza y graves enfermedades. Que vaya a África la solidaridad de toda la Iglesia.

Con el Santo Padre lanzamos un sentido llamamiento a todos los cristianos para que intensifiquen su oración por la paz en Tierra Santa, y pedimos a los responsables de las naciones que ayuden a israelíes y palestinos a vivir pacíficamente juntos. En la tierra de Jesús la situación se ha agravado últimamente y se ha derramado demasiada sangre. En unión con el Santo Padre, suplicamos a las partes en causa que lleguen cuanto antes a un alto al fuego, que retomen el diálogo a un nivel de igualdad y de mutuo respeto.

7Frente a los numerosos, graves y nuevos desafíos que la Iglesia encuentra en este cambio de época, la experiencia de fe vivida con el Jubileo nos lleva a no tener miedo, a adentrarnos mar adentro, poniendo nuestra esperanza en Cristo, y confiando en la maternal intercesión de María Santísima.

Mientras acompañamos con la oración al Santo Padre, en su próxima peregrinación a Ucrania, deseamos confirmar nuestra comunión fraterna con todas las Iglesias de Oriente.

Ciudad del Vaticano,
24 de mayo de 2001, solemnidad
de la Ascensión del Señor