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Jesús Colina. Roma
El Consistorio ha puesto de moda la santidad en la Iglesia. Fue el tema más tocado reiterado en las intervenciones de los cardenales. ¿No es un tema demasiado genérico? Da la impresión que la Carta apostólica Novo millennio ineunte fue asumida, de hecho, como el documento base de referencia fundamental para los trabajos del consistorio. Casi parafraseando lo que en ella escribe Juan Pablo II, se podría decir: No se trata de inventar, pues, otro programa para la misión de la Iglesia a inicios del tercer milenio. Hay algunas palabras-ejes de ese documento pontificio post-jubilar que resonaron fuertes y recurrentes en el aula consistorial: La mirada se queda más que nunca fija en el rostro del Señor, en toda la profundidad de su misterio, para caminar desde Cristo, dando primacía a la gracia, viviendo la Iglesia como casa y escuela de comunión y de oración, en su sacramentalalidad. No hay auténtica conversión de vida, ni renovación de la Iglesia, ni ímpetu de nueva evangelización que no sean fraguadas en la santidad. Es bueno que no se salte a las cuestiones segundas, por importantes que sean, sin centrarse siempre antes en la cuestión primera, ineludible, primordial: ¿cómo el don de la fe es transmitido y acogido, confesado y celebrado, testimoniado y anunciado en lo más concreto de la vida personal y social de nuestro tiempo? |
| Otro de los temas fue el de la colaboración entre los obispos, y entre los obispos y el Papa. Usted, que es laico y trabaja en la Curia romana, ¿cómo ve esta cuestión?
Sabemos bien que el principio de la colegialidad, injertado en el Colegio de los doce con Pedro a la cabeza, y que se renueva siempre en el colegio episcopal unido al sucesor de Pedro y bajo su guía, ha sido redescubierto y destacado por el Vaticano II. El mismo consistorio es testimonio eminente de ello. Parece oportuno que se revise periódicamente sus modalidades de actuación. Es obvio que, después de 30 años, es bueno que haya una evaluación del camino sinodal recorrido por la Iglesia, así como también del servicio de la Curia romana, de la corresponsabilidad propia en la solicitud católica de los obispos. Lo que hay que evitar es disociar y oponer los dos términos colegialidad y primado, como si a un pontificado fuerte correspondiese un episcopado deprimido, y un episcopado muy participante en su corresponsabilidad requiriese un papado más bien esfumado. ¡No pueden pensarse y programarse en pugna dialéctica! El escándalo de las divisiones y cismas del cristianismo acaparó también buena parte de la atención de los cardenales. El consistorio concluyó reforzando el papel del Papa, como interlocutor privilegiado en el diálogo con las demás Iglesias y comunidades cristianas. Ha tenido ciertamente un impacto el testimonio humilde, profético, urgido por la plena comunión de los cristianos, que ha dado el Papa, señalando también la disponibilidad a revisar las formas de ejercicio del primado que pueden ser de obstáculo en el camino hacia la unidad. Es claro que una cosa son las formas y otra la substancia. El primado es un don constitutivo de la Iglesia, capital para su unidad en la verdad y en la caridad. Bien lo dijo el cardenal Schönborn, arzobispo de Viena, en una entrevista al final del consistorio: es también don para las otras Iglesias y comunidades cristianas que, disgregadas, quedan mucho más fuertemente condicionadas por ámbitos culturales, políticos y espirituales estrechos, con notorias dificultades para la reafirmación de su libertad ante los dioses y señores de este mundo y para su renovación comunitaria y misionera. |
| ¿Cuáles son los detalles, experiencias, encuentros de este Consistorio que más recordará usted?
Podría destacar dos cosas. La primera es que la general, grata y gozosa aceptación de la Novo millennio ineunte me hace recordar el impacto de otra Carta apostólica, de Pablo VI, la Evangelii nuntiandi (1975). Ambas de gran poder de síntesis y persuasión, providencialmente oportunas, de contenido general, marcando rumbos a la misión de la Iglesia; ambas, y no por casualidad tras la efusión de gracia de un Año Santo. La segunda impresión es el haber visto y encontrado a tan alto número de cardenales iberoamericanos: signo de la responsabilidad católica de un continente, evangelizado por España, en el que irrumpen en el tercer milenio la mitad de los católicos del mundo. |