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Lo que cuenta, hermanos, en el orden de la gracia y en el de la naturaleza, no es lo que nosotros hacemos por Dios, sino lo que Dios hace con nosotros. En esa clave de anonadamiento y gratitud, contemplo, emocionado y feliz, a las y los hermanos presentes en esta catedral. Sois, en sana doctrina, lugar teológico para mí, esto es, un ámbito y una mediación de la presencia de Dios en mi vida.
Mi dos hermanas aquí presentes, son testigos y agentes de lo que debo al hogar cristiano en que broté a la vida. Fueron nuestros padres, un labrador de campo en la Vega de Granada y un ama de casa, de su mismo nivel de cultura, amor, entrega y vida cristiana. Ellos me transmitieron una escala de valores que han nutrido y siguen nutriendo mi vida entera. Los considero mis mejores maestros, a los que nunca podré igualar en su amor sin reserva y en su fortaleza moral. En mi entorno no han faltado ni contrariedades, ni fallos, ni sufrimientos. Mi pueblo ha experimentado un desarrollo impresionante, pasando de tres a ocho mil habitantes en plena apertura a la modernidad. Pero perviven, actualizados, en la gran mayoría, los principios religiosos y morales que han dado sabio sabor a nuestra comunidad local. Y mi familia de Iglesia es el habitat connatural de mi vida entera. El 13 de septiembre de 1938 (que nadie haga cuentas de los años transcurridos) franqueé el umbral del Seminario Menor de San Cecilio de Granada, encomendado por mis padres, satisfechos y llorosos, al cuidado de los sacerdotes formadores, hombres de recia ternura. Estando, como estábamos, en la terrible década de los cuarenta, nuestros educadores lograron hacer de aquel recinto un remanso de paz, un vivero de esperanza. |
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Nos formaron a la vez en el desarrollo de la mente, en el fortalecimiento de la voluntad, en el dominio de nuestras pasiones y en la piedad cristiana. Es verdad que vivíamos demasiado apartados del mundo, con cierto acento clerical y un parco conocimiento de fenómenos tan cercanos y tan españoles, como la Generación del 98, y la Institución Libre de Enseñanza. Algunos tuvimos después la oportunidad de superar esas carencias; pero, en todo caso, atesoramos desde entonces y para siempre una sólida formación humanística y cristiana que ha jugado un papel fundamental en nuestra vida y en nuestro ministerio. Siempre tuvimos libertad para comenzar, continuar o interrumpir la permanencia en el Seminario. Nuestra vocación fue madurando allí en doce años, con luces y entusiasmos, altibajos y dudas.
Y puesto que lo mío es un capítulo de gracias, ¿cómo no expresarlas por la buena formación teológica de Granada, aquel claustro de jóvenes profesores que, por paradojas de la vida y de la Providencia, se había preparado en Centro-Europa Insbruck, Lovaina, Falkenburg por el destierro obligado de su Orden, durante la Segunda República? UNA MOVIOLA ABIERTA
Lo de Roma. Mi falta de edad para la ordenación, que hubo que rellenarse ampliando estudios. El conocimiento de la Historia de la Iglesia desde una plataforma supranacional, el ambiente enriquecedor de mis compañeros del Colegio Español, de las aulas y pasillos de la Universidad Gregoriana, mi pertenencia al grupo literario Estrías fueron otras tantas instancias de apertura a la Iglesia y al mundo, completadas años más tarde en las aulas de la Universidad Pontificia de Salamanca. A Roma, a la que he vuelto innumerables veces, por exigencias del guión de mi vida, le debo mi adhesión sin fisura a la roca de Pedro, mi amor reverente a todos los Papas, mi apertura a la catolicidad y mi clarificación interior de lo que hay de irrenunciable y lo que hay de relativo en la vida humana también en la propia Iglesia. En una de mis visitas a nuestros sacerdotes misioneros en los Andes de la Amazonia peruana, me encontré a uno de ellos, ya mayor, polvoriento y sudoroso bajo el poncho y cayado en mano. ¿Cómo estás y cómo te va? Pues, le digo a usted, mi obispo, lo mismo que le digo al Señor cada mañana: Repartiendo las tres "Pes": Tu Palabra, tu Pan y tu Perdón. |
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Por acuerdo entre el cardenal de Toledo, autoridad superior entonces de la Acción Católica Española, con mis superiores jerárquicos de Granada, fui llamado a Madrid a Ecclesia, órgano de la Acción Católica entonces tan pujante. Cambio sustancial en mis quehaceres y en la orientación funcional de mi vida, que supuso la inmersión intensa y gradual en el mundo de la prensa, de la publicística y de lo que hoy llamamos la Comunicación Social.
Han sido nada más que 47 años, de los cincuenta que hoy conmemoramos, que han venido ocupando gran parte de mi dedicación, interés y, digamos, una vocación integrada en mi ministerio pastoral. La moviola de mi vida, en su tramo episcopal, sigue abierta a la misericordia de Dios y a la indulgencia del Pueblo de Dios y de tanta buena gente que me ha tocado pastorear. Mi incursión como sacerdote en estos pagos del periodismo y de la Comunicación, ha propiciado, más que obstruído o debilitado; ha enriquecido mi labor de predicar el Evangelio y llevar consuelo y esperanza a cuantos la necesitan, que existen también en estos, al menos en apariencia, desiertos espirituales. La celebración diaria de la Eucaristía, la Liturgia de las Horas (tantas veces fuera de hora), la oración personal y el acompañamiento espiritual de gentes variopintas, han sido en mi vida de esa época el soporte, más que obligatorio, necesario, para que el ruido y la trepidación de los medios no aturdieran mi paz interior. No soy modelo de nada, ni tampoco en esto, pero, en sintonía con mi llorado amigo, José Luis Martin Descalzo, del entrañable periodista parapléjico Lolo, en vías de canonización, puedo asegurar que existe, y se vive por bastantes, también una espiritualidad del comunicador cristiano, ya sea clérigo o laico. Juan Pablo II afirma con fuerza que la fe se multiplica dándola. Dos tercios de nuestra vida ministerial han estado sacudidos, animados, iluminados, transformados por el Concilio Vaticano II. Decir Concilio es hablar de una Iglesia sacramento de salvación universal, pegada al arcén de la Humanidad desvalida, valedora de la dignidad, la libertad y la solidaridad de los hombres. La Iglesia es comunidad de salvación y hogar de la Humanidad. Acampa con Cristo entre los hombres y comparte con ellos, creyentes y no creyentes, los gozos y las esperanzas de la Humanidad de nuestro tiempo. Ésta es nuestra historia, hermanos y hermanas. Me decía el llorado obispo de Cáceres, don Jesús Domínguez, compañero del alma, que ya que no éramos santos por la calidad de los servicios prestados, los fuéramos por la cantidad de cosas hechas. Algo habrá de bueno, tiene que haberlo, entre lo mucho acumulado en 50 años de brega. ¡Siervos inútiles somos! (Lc 17, 10). +Antonio Montero |