RetrocesoA&ONº 279/1-XI-2001SumarioContraportadaContinuar
"Por eso no hay paz"
Para un laico como yo, que, desde fuera de la fe, mira con atención a la Iglesia, este Papa viejo y enfermo, pero fuerte y contagiador de energía espiritual, merece toda la admiración y respeto del mundo: defensor de una fe y, a la vez, portador de una cultura histórica y moral, ha redibujado la geografía del planeta, ayudado por los medios de comunicación que amplifican su palabra. Gracias a él, hoy la Iglesia, en y no contra la Historia, no es una institución curial; él ha anegado el mundo con la fuerza específica de una institución depositaria de algunas de las más preciosas realidades de la Humanidad". Lo dice, al cumplirse los 23 años del pontificado de Juan Pablo II, en Il Foglio, un singular periódico italiano, su director Giuliano Ferrara, un prestigioso intelectual laico, de los que tanto se echan de menos entre nosotros.

La mañana del pasado 16 de octubre, ante el Sínodo de los Obispos que le felicitaba, Juan Pablo II desveló con humor: "Van ustedes con un cierto adelanto. A estas horas todavía no se había decidido nada. Fue hacia las cinco o seis de la tarde…" 23 años después no ha escondido, sino que hace fructificar el tesoro del esplendor de la Verdad, y aquella poderosa energía liberada del "No tengáis miedo" jamás ha desilusionado. Ahí está, en la foto, en cualquier esquina del mundo, su parroquia, a bordo de la barca, con su ropa de pescador sobre la sotana blanca, anciano y enfermo, pero fuerte y contagiando esperanza, como dice Ferrara al recordar la impresión que le causó en el 78, siendo él dirigente comunista, la elección de este Papa polaco "que sabe mancharse las manos con los problemas del mundo".

Otro periodista italiano, católico en este caso, Domenico del Rio, explica en el diario Avvenire el secreto de Juan Pablo II: "Se muestra al mundo como lo que es, un hombre seducido por Cristo, por el Rostro querido del Resucitado, como escribió en su Carta Novo millennio ineunte. Todos los demás hablan de miedo, de terror, de guerra. El habla de Dios, de María, y lo hace desde hace 23 años, a un mundo que, por el espantoso ruido inútil con que se atonta, apenas consigue oír esta voz que grita a los hombres el amor y la paz de Dios". En verdad es sorprendente, casi, casi provocadora ésta su actualísima inactualidad: a un mundo que cierra fronteras físicas y espirituales él lo invita, en su mensaje para la Jornada de los emigrantes, que acaba de ser hecho público, a pasar "de la desconfianza, al respeto; y del rechazo, a la acogida". Es la alegría perenne del mandamiento nuevo, el gozoso sello específico del auténtico cristianismo, el de amar incluso al enemigo. "La aceptación recíproca de las diferencias, y hasta de las contradicciones -insiste-, es el único modo para alimentar la esperanza de alejar el espectro de la guerra". Este impresionante hombre de Dios ofrece cada día al atormentado y esperanzado mundo de hoy, en directo, unido a Cristo, su silencioso sufrimiento físico y la luz misteriosa de su palabra viva.

?Y dice Ferrara que, para los laicos, la defensa de la vida que hace este Papa revolucionario y humanísimo -que en su último viaje a las fronteras mismas de la guerra quiso fotografiarse con cada uno de los 60 periodistas en el avión papal, y todos pudieron comprobar con qué lúcida fluidez pasa de un idioma a otro- es su palabra más fuerte y convincente, su testimonio más creíble, y que su mancharse las manos con el mundo lo convierte en Papa no sólo de la Iglesia, sino de todos, intelectuales y periodistas, de quienes tienen pasiones justas o equivocadas, de comunistas y de ex; hasta los militantes del laicismo a ultranza, llenos de prejuicios y tópicos, aunque renegando, le aprecian.

Con razón lo llaman el Papa de las sorpresas; pero, si Dios quiere, no son de excluir sorpresas aún mayores. De momento, los jóvenes del mundo le esperan para agosto en Toronto, y el obispo de Moscú, monseñor Kondrusiewicz, da por hecho que el año que viene Juan Pablo II rezará en la Plaza Roja…

"No hay justicia sin paz; no hay paz sin amor; y no hay amor sin Dios", gritó un día; pero este mundo nuestro, es decir, todos o casi todos nosotros seguimos crucificando cada día al amor. Por eso no hay paz.

Miguel Ángel Velasco