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Es habitual, en los tiempos que corren, hablar de calidad de vida, en referencia a las comodidades y a las bondades de las prestaciones que la ciencia y la técnica ofrecen a los ciudadanos del llamado primer mundo, o sociedad avanzada... Después del 11 de septiembre parece haberse puesto especialmente en crisis esta calidad, un tanto disminuida por la inevitable dosis de miedo, pero las capacidades del progreso tienen también recursos para las emergencias: algunas dosis de marketing de productos de evasión, y una buena terapia con los últimos adelantos psicosomáticos, pueden fácilmente mantener, e incluso incrementar, esa calidad, que parece haberse convertido en la más esencial aspiración humana, y que sería admirable si fuese para todos y si ese modo de vida no exigiera no pensar. La calificación de humana, por tanto, no parece que corresponda precisamente a tal aspiración...Esta calidad se pretende incluso para el momento de la muerte, de la que, por otra parte, no se considera correcto hablar, pues no lo permite la cultura nihilista en la que vivimos, donde no hay lugar para Dios y la vida eterna. Como se sabe que ni siquiera los mayores avances científicos son capaces de vencer a la muerte, no se deja de luchar para que pase desapercibida. Y como hay que evitar todo trauma que disminuya calidad de vida, como hay que evitar todo dolor, como no puede haber nada malo, por eso las sociedades evolucionadas sólo hablan de muerte buena, que eso es lo que significa eutanasia. Sólo quien ha dejado de pensar, y de sentir como verdadero ser humano, puede dejarse arrastrar por esta ceguera. ¿Qué clase de bondad puede haber en que la vida se termine? |
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Sólo la calidad de muerte iluminada por la esperanza cierta de la eternidad, que enunciamos en nuestra portada, evidencia la auténtica calidad de la vida, con la que los seres humanos podemos mirar a la muerte de frente, y también gozar en su auténtico valor de los adelantos científicos y técnicos, sin necesidad de adormecer la conciencia, es decir, de un modo verdaderamente humano. Esta calidad no es producto que podamos fabricar los hombres, y, sin embargo, constituye el deseo más hondo de nuestro corazón. He aquí la paradoja humana, que sólo en el hecho cristiano encuentra cumplida explicación.
En el monte Calvario de Jerusalén se encontraba -según una tradición cristiana palestinense de los primeros siglos- la tumba de nuestro padre Adán. Sobre ella fue colocada la cruz de Cristo, y cuando, en aquel primer Viernes Santo, la sangre del Salvador corría a lo largo del madero y empapaba aquella tierra expectante del día de la Redención, el hombre expulsado del Paraíso a causa del pecado, probando así la amargura del polvo de la muerte, recobró la vida para siempre. Desde entonces, desde que el Crucificado resucitó y vive para siempre, la muerte ya no tiene la última palabra sobre nosotros, sino que queda traspasada por esa luz indestructible que la convierte en puerta de la vida eterna, la única que merece tal nombre. ¿Cómo puede llamarse vida aquella que tiene la muerte como horizonte? No es coincidencia fortuita el hecho de que la Iglesia celebre la conmemoración de los fieles difuntos precisamente a continuación de la solemnidad de Todos los Santos. Éstos son los que contemplaban la muerte incluso con deseo; no porque tuvieran fastidio de vivir, ¡por todo lo contrario!, porque esta vida, ésta, gracias a esa Sangre redentora que rescató de la muerte eterna a la Humanidad nacida de Adán, se llenó para ellos de la luz y de la esperanza de vivir para siempre. Y no se trata de ignorar el humanísimo dolor que lleva consigo el trance de la muerte, pues es un dolor transido de esperanza. Jesús lo expresó con sus lágrimas ante la tumba de su amigo Lázaro. Se trata de vencer otro dolor, y éste sí realmente terrible, tanto más cuanto más inconsciente, aquel de la Jerusalén rebelde aliada con el Maligno, sobre la que Jesús tuvo que derramar, poco antes de su muerte, otras lágrimas distintas, cuyo olvido es ciertamente letal. Es el olvido de una sociedad que no quiere tener tiempo para pensar en la muerte, ¡como si el mayor asunto de la vida no fuera su destino! |