RetrocesoA&ONº 279/1-XI-2001SumarioDesde la feContinuar
Hamlet en el purgatorio
Un crucifijo enorme que pendía sobre el escenario, fue lo primero que llamó mi atención en una reciente representación de Hamlet por el National Royal Theatre de Londres. Después, el extraordinario actor británico Simon Russell Beale encarnó un Hamlet distinto de otras interpretaciones famosas. Cercano al hombre ordinario, parecía más el estudiante universitario en Wittenberg, que el noble príncipe de Dinamarca. La música religiosa subrayó el misterio de una obra que, en la opinión de muchos, es la más genial de toda la literatura.

Von Hugel decía que el arte dramático de Shakespeare no satisfacía al creyente cristiano en cuanto creyente (¿qué arte puede satisfacer esa sed y hambre de justicia y belleza?), y se quejaba de ausencia de la dimensión teológica. Y no remedia la situación el que la interpretación psicológica y freudiana de su obra haya sido la norma exclusiva. Por eso, aquella noche en Boston, ver a un Hamlet más cercano al hombre común y además religioso, fue una sorpresa considerable, y una feliz coincidencia el que esos mismos días leía yo Hamlet en el purgatorio (editado en Princeton University Press), un nuevo libro del historiador Stephen Greenblatt, profesor en la Universidad de Harvard que, en su deseo de entender uno de los personajes más misteriosos de la literatura, ha visto con claridad el centro teológico de Hamlet.

El título del libro se refiere al padre de Hamlet y a su famosa aparición de ultratumba con que se inicia la obra. Lejos de ser un mero efecto teatral, la visión fantasmal está en el centro de la tragedia. En el lugar que la tradición católica llama purgatorio, Greenblatt ha descubierto el secreto para entender a Hamlet, y dada, la importancia de Hamlet en el canon literario, esto es noticia importante. Hay que ser paciente, porque sólo al final del libro llegamos a Shakespeare, pero la larga antesala por lugares literarios importantes sobre el purgatorio en la Edad Media es fascinante. "En el caso del purgatorio -concluye Greenblatt-, fuerzas importantes habían estado luchando sin descanso durante décadas para preparar el banquete del dramaturgo". La doctrina católica sobre las benditas ánimas del purgatorio se descubre como esencial al texto de Hamlet y explicaría la motivación del artista para escribirlo.

El padre de Shakespeare era católico, y en cierta manera tuvo que serlo también el poeta, aunque lo más probable es que, en algún momento, se hiciera anglicano. Pero nadie deja de ser católico, o lo que sea, de la noche a la mañana, y menos la cultura en la que uno crece. La supresión de la Iglesia católica en Inglaterra ocurrió en poco tiempo, en un brutal manotazo del gobierno Tudor, pero la mayoría del pueblo inglés mantuvo el espíritu católico durante décadas y el cambio de religión no ocurrió de manera suave. Nada humano muda sin dolor de agonía y parto al mismo tiempo.

Shakespeare empezó a escribir para el teatro al final de un siglo que había visto la abolición de lo católico y la imposición de lo anglicano más o menos protestante. Y pocas doctrinas católicas fueron más vituperadas y odiadas que la del purgatorio, a no ser la figura del Papa en Roma. Por eso resulta tan asombrosa e indicativa la presencia del espíritu de ultratumba en Hamlet. En su camino hacia el misterio de Hamlet, Greenblatt da gran importancia a La súplica de las almas, una obra de 1529, en la que la voz de Tomás Moro habla desde el purgatorio en nombre de los espíritus ahí encarcelados. Este truco retórico fue su manera expresiva de afirmar la realidad del lugar contra quienes lo niegan, y los reformadores protestantes lo negaron con pasión. (Calvino diría que le parecía terrible y detestable la breve oración que desea a las almas de los difuntos que descansen en paz.) Greenblatt dice que es posible que Shakespeare conociera esta obra en la que Moro describe las almas purgantes con un patetismo feroz, aterrorizadas ante la posibilidad de ser olvidadas por parientes y amigos en la tierra, y así quedarse privadas de la oración y limosna que les llega de la Iglesia militante. Moro, católico devoto, vio en las ánimas del purgatorio a los seres más indigentes, cuya pobreza no tenía comparación con la pobreza material en este mundo. Pero, para 1563, la Iglesia anglicana había rechazado por entero la doctrina del purgatorio, y Shakespeare escribió Hamlet casi cuarenta años más tarde, en 1601. Ese lugar de ultratumba aparece en otros textos de la época, pero sólo como algo ridículo, fantasioso o un mero artificio teatral, algo así como los efectos especiales del cine moderno.

No ocurre así en Hamlet, dice Grenblatt. Hamlet es un creyente que ha crecido en ambiente protestante (como Shakespeare), pero que, casi sin saberlo, mantiene cierta añoranza, y tal vez necesidad, por la antigua fe católica, sajada sin miramientos y ahora perseguida. El protestantismo es religión de discontinuidad y Shakespeare no sólo se vería separado de la tradición católica de sus padres antes de la Reforma, sino también del culto primitivo a los muertos que ha tenido siempre lugar esencial en la Humanidad. Shakespeare creció en una familia católica; así sería más fácil entender el texto de la obra. Su autor, como su protagonista, habría estado también bajo el faro de la fe católica de su padre, como algo que uno ha creído siempre y que, de repente, es abolido. Detrás de la famosa aparición, Shakespeare vería a su propio padre, católico piadoso, invocando sufragios para la salvación de su alma en el purgatorio. Me atrevería a resumir la tesis de Greenblatt diciendo que Hamlet es la apropriación teatral de La súplica de las almas de Tomás Moro. Hay momentos en los que su lenguaje en Hamlet parece tan esperanzado y familiar a un católico, como sospechoso y peligroso a un protestante en la Inglaterra de 1601. Shakespeare, como otros grandes escritores antes y después, sabía cómo llegar al límite sin arriesgarse a la censura o a la cárcel. Greenblatt puede entonces asegurar que, en Hamlet, "lo psicológico en la tragedia de Shakespeare se construye casi por entero de lo teológico"

Su idea conclusiva del teatro, como el lugar en que, ahora mismo, se realiza el antiquísimo culto de los muertos, no me parece bien deducida de su exploración histórica ni de la esencia de la representación teatral, pero esto no quita valor a una obra espléndida de análisis literario e histórico. Con su énfasis en la dimensión teológica de Hamlet, en el tema del recuerdo de los muertos y de nuestra propia mortalidad, Greenblatt alza el telón de manera irresistible, fuerza al lector creyente a una nueva reflexión sobre el significado de la doctrina del purgatorio, y nos ayuda a entender, mejor que nunca, por qué esta tragedia es una de las obras de arte más misteriosas que ha creado la mente humana, y la fascinación universal por un personaje que cumple ahora cuatro siglos.

Alvaro de Silva
Boston