RetrocesoA&ONº 279/1-XI-2001SumarioDesde la feContinuar
El hombre y el tiempo
Las tentaciones de un pobre cristiano
Las intervenciones en la XI Cátedra milanesa de los no creyentes han sido recogidas
en un volumen, que contiene también un ensayo inédito del arzobispo de Milán,
cardenal Carlo María Martini. Lo anticipamos en parte
La relación que el cristiano vive con el tiempo parece, a primera vista, paradójica; para el cristiano el tiempo es, por una parte, algo precioso, denso, pleno, y, por otra, algo ligero y relativo. Pienso en la palabra provocadora de Angelo Silesius (Johann Scheffler, 1624-1677) para quien el tiempo es más noble que mil eternidades; expresión enigmática, que en cambio muestra claramente cómo para el cristiano el tiempo es el lugar precario y frágil en el que hay ya semilla de eternidad.

La concepción cristiana del tiempo, ya presente en el Nuevo Testamento, en el que se habla de la relación entre escatología y salvación, entre el final de los tiempos con el juicio de Dios y el pleno significado del momento presente, es subrayada de modo incisivo en la Carta a Diogneto, del siglo II de nuestra era. Es un texto que nos recuerda la paradoja del discípulo de Cristo que vive en el tiempo, pero que es también ciudadano del tiempo eterno:

"Los cristianos no se diferencian de los demás hombres ni por la región en que habitan, ni por su lengua, ni por sus costumbres. De hecho, no viven en ciudades propias, ni usan una jerga distinta, ni llevan un tipo de vida especial. Su doctrina no está en el descubrimiento del pensamiento de hombres variopintos, ni ellos se adhieren a una corriente filosófica humana, como lo harán los demás. Viviendo en ciudades griegas y bárbaras, como todos, con las costumbres propias del lugar en cuanto a vestido, comida, etc., testimonian un modo de vida social admirable e indudablemente paradójico. Viven en su patria, pero como forasteros; participan en todo como ciudadanos, y están desapegados de todo como extranjeros. Toda patria extranjera es su patria, y toda patria es extranjera. Se casan como todos y tienen hijos, pero no se deshacen de los recién nacidos. Comparten la mesa, pero no el lecho. Son de carne, pero no viven según la carne. Habitan en la tierra, pero tienen su ciudadanía en el cielo. Obedecen las leyes establecidas, y con su vida las superan. Aman a todos, y por todos son perseguidos. No se los conoce, pero se los condena. Se les mata, y vuelven a la vida. Son pobres, y hacen ricos a muchos; carecen de todo, y abundan en todo. Son despreciados, y en el desprecio encuentran gloria. Son ultrajados, y proclamados justos. Son injuriados y bendicen; son maltratados y rinden honores. Haciendo el bien son castigados como malhechores; cuando son condenados gozan como si recibieran la vida".

Me parece oportuno detenerme en las objeciones y, sobre todo, en las tentaciones que sufro también dentro de mí, en relación a esta dimensión tan comprometedora del tiempo. Cada tentación esconde, aunque sea de forma inconsciente, una cierta concepción del tiempo. Entre las muchas posibles, me limito a considerar algunas que podrían ser definidas de la siguiente manera: tiempo de ansiedad, tiempo de frustración, tiempo que se repite, tiempo que se cierra.

- Empiezo por la más común, la que más fácilmente se considera una enfermedad: la ansiedad, o bien la preocupación porque el tiempo nunca es suficiente, porque las cosas que hacer son muchas, demasiadas, etcétera. Más de una vez, para eludir un compromiso, aducimos la excusa, cierta o falsa, de no tener tiempo: "No llego a tiempo"; "No tengo tiempo siquiera para respirar". Tiene razón el filósofo francés Michel Serras cuando observa que, si bien todo el mundo lleva reloj, nadie parece ser dueño del tiempo; y cuando invita a intercambiar ambas cosas: dejad el reloj y coged el tiempo. ¿Pero quién tiene el valor de hacerlo?

- Una segunda tentación, auténtica desviación, es el tiempo de la frustración: el tiempo huye, se escurre entre las manos y caemos en la depresión o apatía, por usar un término estimado por Gabriel Brunge; o bien somos presa del desasosiego por hacer cosas, del cinismo, del instinto de posesión, de la sed de poder. Lo que subyace a todos estas actitudes es la percepción oscura de la finitud del tiempo, del fantasma de la muerte como inexorable cancelación de toda posibilidad.

- Hay una tentación todavía más grave: la del tiempo que se repite, podríamos decir, del tiempo dado. Es el miedo a una conclusión definitiva, el miedo a llegar a una conclusión, sin posibilidad de apelación. De aquí el atractivo de la reencarnación, que de nuevo está en algunos movimientos contemporáneos incluso en Occidente. La reencarnación da la percepción de tener todavía una posibilidad, de poder posponer las decisiones radicales a la existencia próxima, de no estar obligados a escoger la eternidad. Es más fácil y menos comprometedor pensar en nuestra vida si no hay en ella un momento de decisión definitiva e irrevocable. Es la concepción cíclica o circular del tiempo, el mito del eterno retorno de lo mismo.

- Tentación al menos igual de grave es la del tiempo que se cierra o del tiempo negado, por la que se reduce el propio futuro a los ámbitos visibles del tiempo biológico, considerando que no hay nada más allá de la vida física, o por encima del hombre. Vale la pena hacer notar que esto no es otra cosa que el correlativo existencial del enfoque metodológico del reduccionismo tan habitual en el área de la práctica científica. No se trata, obviamente, una simple cuestión teórica. De hecho, de esta reducción de horizonte nace la petición del derecho a disponer de la propia vida y de poder planificar la propia muerte en determinadas circunstancias.

Estas y otras tentaciones o desviaciones corresponden a distintas intuiciones del tiempo. Es inevitable que cada uno de nosotros, aunque no nos demos cuenta, tenga en sí una cierta visión del tiempo, que a su vez es expresión de una particular concepción de la vida.

Avvenire-Alfa y Omega