RetrocesoA&ONº 279/1-XI-2001SumarioDesde la feContinuar
A los veinticinco años de su muerte
Una provocación llamada Visconti
Este año celebramos el veinticinco aniversario de la muerte de Luchino Visconti,
que precisamente la próxima semana cumpliría noventa y cinco años.
Luchino es uno de esos personajes que, como Pasolini, a pesar de participar
de una mentalidad atea, suponen una inteligente provocación
a la conciencia católica. La amplitud de su cultura, alimentada hasta
el último aliento de su vida, le permitió exprimir el jugo -bueno y malo- del siglo XX y beberlo hasta el final.
Visconti ya es historia. Hoy comemos hamburguesas, consumimos reality shows, y congelamos el arte en los DVD interactivos. En todo caso dejamos la música clásica para el CD del automóvil y para hacer más llevaderos los atascos. Y si hoy alguien es homosexual, ¿es preferible frivolizar locamente o vivir su drama con la dignidad existencial de un Pasolini o de un Visconti? La aristocracia de entonces, la de los Visconti de Modrone, ha sido sustituida por grupos financieros, y los mecenas de antaño son hoy fundaciones bancarias y lobbies políticos.

Hoy no hay fascismo ni marxismo, sino sucedáneos de todo; no hay tradición ni ruptura, sino asepsia universal; ya no hay cultura del ideal, sino neutralidad total. El ímpetu y el coraje han dejado sitio al prudente preservativo y al incienso new age. Extrañas suenan hoy estas palabras pronunciadas por Visconti poco antes de morir: "Ni los años ni la enfermedad han acabado con mis ganas de vivir y de luchar... Películas, teatro, comedias musicales, quiero hacerlo todo. Con pasión. Porque siempre hay que arder de pasión cuando se enfrenta uno a cualquier cosa". ¿Quedan maestros así? ¿Con una afirmación tan radical del ser y de la vida? Esas declaraciones demuestran que el ateísmo es una decisión intelectual que se desmiente con la vida. Hoy ocurre al revés: se es ateo con una vida amorfa y sin relieve.

Visconti nació en otro mundo. Su familia, desde generaciones, había gobernado la Scala de Milán, y su familiaridad con el buen gusto fue tal, que al final de su vida había dirigió unas cincuenta obras teatrales, de la categoría, por ejemplo, de Chejov, de Tennesse Williams o de Arthur Miller; había montado unas veinticinco óperas y ballets, como la versión de La Traviata de Giuseppe Verdi, que estrenó en 1955 en la Scala de Milán, con la soprano griega Maria Callas. Y, cómo no, había firmado una decena de películas que han pasado al deparatamento de Inmortales de la historia del Cine con mayúsculas.

Educado en el seno de una familia religiosa, y acostumbrado a las discusiones teológicas con el confesor, su dilatada relación con los intelectuales de izquierda parisinos le van a alejar de la fe de sus padres adentrándose, además, en el solitario camino de la homosexualidad. En París, y bajo la protección de Coco Chanel, entra en contacto con Dalí, Cocteau, Cartier-Bresson..., y fundamentalmente con Jean Renoir. Entonces el famoso cineasta francés estaba haciendo un film financiado por el Partido Comunista. Un tiempo más tarde Visconti estaría trabajando como ayudante suyo en el film Toni (1935), de tendencia neorrealista, y lo haría después en otros títulos, como Une partie de campagne (1936). Su primera etapa tiene mucho de neorrealismo, lo que le va a suponer una cierta reconciliación con la clase obrera, a la que abandonaría en otras películas más romanticistas y de época. Hasta ese momento había compaginado el trabajo artístico con su actividad militante antifascista, lo cual le acarreó no pocos problemas y censuras. En realidad, el cine de Visconti de esos años estaba en las antípodas del cine oficial que se hacía entonces.

Pero será Il Gattopardo de 1963, ambientada en la Italia del XIX, la película que marcará un giro decisivo en su filmografía. Incomprendido por unos y por otros -los comunistas le tacharán de conservador-, Visconti se convierte, paulatinamente, en un retratista del declive, un pintor genial del crepúsculo humano. Y es así porque se torna observador de su propia decadencia. En ese período dirige Sandra (1965), sobre una trama incestuosa; El extranjero, de Camus, con Mastroianni; y, en 1969, La caída, en la que establece un paralelismo entre la decadencia nazi y la de la burguesía que incautamente le había dejado nacer.

Pero su testamento definitivo será Muerte en Venecia (1971), a partir de su amada novela de Thomas Mann, en la que describe la soledad y acabamiento de un hombre homosexual, al que la belleza se le escapa, inalcanzable, de las manos. Probablemente su película más íntima, más expresiva de su propia realidad de artista homosexual, que se siente apagar. Un año después, otra figura también poco ejemplar, Luis II de Baviera, va a ser el objeto de su película Ludwig. Por último, en El inocente, del mismo año que su muerte, 1976, y basada paradójicamente en una obra del precursor del fascismo, D´Annunzio, va a retratar el extremo de la decadencia humana, cruel y destructiva. Visconti nunca tuvo miedo de filmar el dolor real de la vida, el drama agudo sin concesiones. Nunca hizo cine para entretener.

Fumador de un centenar de cigarros por día, la salud empezó a abandonarle en 1972. El día que murió había estado escuchando la segunda sinfonía de Brahms toda la mañana. Falleció rodeado de gardenias, como había pedido. Se celebró un funeral católico, mientras en la plaza de la iglesia ondeaban banderas rojas. El mismo Berlinguer se acercó a despedir el cadáver; paradojas de la cultura italiana que Visconti encarnó en su vida como nadie. Hoy le recordamos con agradecimiento porque su obra y su cine nos devuelven la conciencia de nuestra grandeza y de nuestro drama. ¡Lástima que los enemigos de la Iglesia ya no sean como ellos, como Visconti y Pasolini, cuya equivocación era amar al hombre con pasión, pero sin Cristo! Ahora ya no aman al hombre así.

Juan Orellana