RetrocesoA&ONº 279/1-XI-2001SumarioDesde la feContinuar
Con ojos ...de mujer
Dos fiestas entrañables
El penúltimo mes del año se abre con dos fiestas tan solemnes como entrañables, de esas que llegan al corazón de todos los cristianos: la de los Santos, de larga tradición, se celebra desde mediados del primer milenio y la creó el Papa San Bonifacio. Día a día conmemoramos a los hombres y mujeres canonizados o beatificados en reconocimiento de sus virtudes heroicas, pero el primero de noviembre lo hacemos no sólo con ellos, sino con todas las mujeres y los hombres anónimos que nos precedieron, conocidos y desconocidos, que gozan ya de la eterna bienaventuranza, después de "haber triunfado de la gran tribulación y de bañar sus túnicas en la sangre del Cordero". Los santos son nuestros aliados, además de nuestros modelos. Una verdad muy estimulante de nuestra fe es la que confesamos en el Credo al decir: "Creo en la comunión de los santos", lo que significa algo así como los vasos comunicantes de la santidad entre los que ya están en el cielo (Iglesia triunfante) y los que peregrinamos aún en la tierra (Iglesia militante). Si estamos en gracia de Dios, participamos de esa formidable realidad mística, nos explica el Catecismo. Meditada a fondo, es muy reconfortante.

En cuanto a los Difuntos, nuestros queridos difuntos de cada uno y los de todos, con una universalidad sin fisuras como son las realidades de nuestra Madre la Iglesia, el segundo día de noviembre son ellos los protagonistas, los beneficiarios de las plegarias y oraciones de todos.

Están estas dos fiestas cristianas muy arraigadas en el pueblo sencillo, a pesar de secularizaciones y consumismos. Son días de visitas a los cementerios, de vivencias familiares, de recuerdos. Es bueno vivirlas con intensidad.

Mercedes Gordon