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Es mucha y densa historia la que la Iglesia acumula en España, y quien lo niegue renuncia a la España histórica y a la España posible. Este año no merece llamarse su annus horribilis por esas pequeñas convulsiones adversas a que se vio sometida; a lo sumo son esas noches del mundo y no pocas de Bernardo de Claraval. Pero sí sirvió para que aflorasen los tópicos hispanos más rancios con los que se intenta desvirtuar la verdadera faz de nuestra Iglesia.
No se puede pedir al mundo de la religión el hacer suyos los principios cambiantes de la política y de la economía, o arrodillarse ante la ciencia y la tecnología. Los sistemas humanos pasan, la tecnología y la ciencia caminan en superación constante. La Iglesia trasciende el tiempo y ha de iluminar con sus principios espirituales los ordenamientos políticos y económicos que en cada momento histórico se realizan. Vemos que hasta lo bélico está sujeto a cambios radicales. Ya la guerra de las galaxias es obsoleta ante el terrorismo ejercido contra las Torres gemelas. El genial teórico de la ciencia militar Von Clausewitz queda ya arrumbado. Todo pasa y cambia, el todo fluye griego. Sólo los planes de Dios perduran como hilo conductor, las más veces invisible, de la Historia. Y éstos han de inyectar a los valores humanos unos principios duraderos. Los principios de la trascendencia y de la ética que han de superar las circunstancias coyunturales que a cada hombre puede aportarle la cultura de cada etapa histórica o sociológica. Esto no es óbice para que también la sociedad civil cree reglas que intenta sean inamovibles: sus legislaciones, sus constituciones, ante las que creen ha de doblegarse todo. Pero tales normas no llevan en sí el germen de la perennidad. Las constituciones están sujetas a los vaivenes políticos, sociológicos, generacionales, ya que son fruto de la libre voluntad humana en épocas concretas, máxime cuando se destierra el derecho natural. Derecho al que Antígona ofrece su vida. No podemos asumir que todo lo legal sea justo. Sería imponer incluso en las democracias -reino del relativismo- el totalitarismo de los más. Respetarnos, sí. Pero ¿tenemos que aceptar como justo la pena de muerte o el aborto u otros principios porque un país pragmático y hedonista en un momento concreto así lo estipule como legal? Se intenta trasladar el relativismo a lo religioso. Las varias religiones tienen principios coincidentes y también discrepantes. Estos últimos no se resuelven con un cambalache a lo político, según las tablas de valores del mundo civil coyuntural. Todos los creyentes vivirán en el desacuerdo el gozo de la fraternidad en Dios. No son solución movimientos como la New age. Sólo un ecumenismo como el que encarna Juan Pablo II es capaz, en proceso constante e irreversible, de hacer realidad el ut unum sint por medio del diálogo. Ramón Rodríguez Otero |