RetrocesoA&ONº 279/1-XI-2001SumarioEl Día del SeñorContinuar
XXXI Domingo del tiempo ordinario
El evangelio y los pecadores
Qué jovial y campechano era Jesús! ¡Qué capacidad la suya y qué simpatía para ganarse a las gentes! ¡Ojalá fueran hoy así la Iglesia y los curas! Tales pueden ser los comentarios al leer el evangelio de este domingo: Jesús se va a comer con el pecador, no le importa saltarse las barreras. Y es verdad: Jesús se saltó algunas barreras; pero sería un error ver en su conducta únicamente el fruto de su simpatía o jovialidad, juzgando su manera de comportarse con los pecadores por lo que hoy se lleva en nuestra sociedad, que tiende a la homologación de todo, porque cualquier comportamiento moral se justifica sin más en el mundo pluralista en que vale todo.

Debemos saber que por pecadores se entendía, en el ambiente de Jesús, no sólo los hombres y mujeres que despreciaban notoriamente los mandamientos de Dios, sino también aquellos que ejercían profesiones despreciadas, de las que se pensaba que llevaban necesariamente a la inmoralidad o a la injusticia: jugadores de dados, prestamistas, cobradores de impuestos como Zaqueo (los llamados publicanos), e incluso los pastores. El evangelio, cuando habla de pecadores, se refiere, pues, no sólo a hombres de mala conducta, sino a aquellos cuya profesión estaba proscrita. Pero hay más: en la piedad judía de la época casi era un deber mantenerse separado de tales gentes. Y no porque los fariseos o el judaísmo desconocieran la misericordia de Dios, sino porque pensaban que esa misericordia estaba reservada al justo. ¿Y al que se convertía de sus pecados? También, pero entonces ya es justo. Lo que sucede es que esa clase de hombres -pensaban los fariseos- es imposible que se convierta, porque eso entrañaba el abandono de su profesión y la obligación de restituir lo robado más un quinto. ¿Y cómo podía saber un publicano o un pastor a quiénes y en qué cantidad había estafado?

Ahora comprendemos el motivo del escándalo que producía la conducta de Jesús: Él llama, por ejemplo, a publicanos a su seguimiento, y anuncia que Dios se ocupa de los pecadores. ¡Ah! Y no olviden que en Oriente, incluso hoy, el comer juntos y la comunidad de mesa significaba concesión de paz, hermandad y perdón. En una palabra, comunidad de vida. Para un fariseo eso era la destrucción de toda ética. ¿Y para nosotros? Para Zaqueo, como para otros muchos, la conducta de Jesús significó la llegada de la salvación. Su gozo lleva a repartir la mitad de sus bienes entre los pobres. Un agradecimiento que los fariseos no conocían.

+ Braulio Rodríguez Plaza
Obispo de Salamanca