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Se trata de un fabuloso negocio basado en una tradición que a mi madre, vasca medular, no le gustaba demasiado. Solía decir: "Las flores se marchitan, las lágrimas se evaporan, las oraciones suben al cielo". He hecho mío este aforismo, pero hoy día, convencido de que las oraciones suben al cielo, soy indulgente con el homenaje floral y me muestro partidario de las lágrimas, aunque se evaporen. |
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NO LLORA EL QUE QUIERE SINO EL QUE PUEDE
En teoría, el llanto está al alcance de todo el mundo. Y, como vamos a ver, es algo bueno, bonito y barato. Los médicos recomiendan llorar tanto como reír. El llanto de un recién nacido es la prueba irrefutable de salud, el primer estallido de vida. Vital es también el test del llanto que realiza con sus pacientes adultos el afamado neurólogo doctor Fernández Armayor. A través del llanto de los niños se están descubriendo carencias o problemas de los padres que, por ejemplo, transmiten el estrés y la angustia a sus hijos. Se empieza a aceptar unánimemente que las lágrimas liberan ciertas hormonas de la tensión, como la prolactina, y alivian otros síntomas del estrés, como palpitaciones, la ansiedad y la depresión. En torno al estado de ánimo, y para medir la tristeza, se recomienda a los médicos que pregunten al paciente si tiene ganas de llorar, si llora a menudo, si el llanto le produce algún alivio, si puede controlar el llanto, si lo hace o prefiere, por el contrario, dejarse llevar por el llanto. Se trata, y al parecer no siempre se consigue, de que se resuelvan las depresiones con el llanto. Me comentan que las mujeres obtienen mejores resultados que los hombres, que no pueden romper a llorar ahogados en gemidos y sofocación del espíritu. ¿Es la consecuencia de haberse contenido durante generaciones? Porque hasta los tratadistas morales aconsejan que las lágrimas no deben ser reprimidas pero sí "esconderlas de la vista de las gentes". LOS HOMBRES NO LLORAN; LAS MUJERES TAMPOCO
Da la impresión de que llorar no está de moda. La secreción o excreción de lo que sea no es socialmente correcto. Malo segregar lágrimas, y peor sudor. En esta sociedad epicúrea y hedonista, el peor paisaje es el de "este valle de lágrimas", y nunca se han conjurado tanto las maldiciones de "parirás con dolor" y "ganarás el pan con el sudor de tu frente". Estoy seguro de que la simpatía y popularidad de Eva Perón aumentó porque pidió que no lloraran por ella. Evita, claro, era una mujer moderna, de armas tomar, de las que quieren ser como los hombres y no caer en la lágrima fácil. Menos mal que España es un poco diferente, y lo mismo que, aunque parezca mentira, hay chicas que, se ponen coloradas, hay también hombres que no tienen inconveniente en llorar en público. Por ejemplo, el rey. Se ha escrito mucho sobre la lágrima fácil del monarca español. Su hija, la infanta Elena, ha heredado esta emotividad de su padre, pero el caso de don Juan Carlos no es frecuente. Don Juan Carlos no se ha recatado de mostrar su dolor y secar con un pañuelo sus lágrimas, cuando falleció su padre, cuando despidió a su amigo Hassan II de Marruecos, cuando enterró a su madre y cuando le anunciaron la muerte de un joven policía, padre de un niño de 17 meses, asesinado por ETA. Hay que agradecer al rey que nos recuerde la conveniencia y bondad de expresar con lágrimas el sentimiento que nos produce la muerte. |
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INSENSIBLES ANTE LA MUERTE AJENA Y LA PROPIA
Los cambios sociales producidos a mediados del siglo XX, la prisa y los avances tecnológicos, nos quitan a algunos la vida, pero a todos la muerte, nuestra muerte. El moriremos solos de Pascal, aparte de axioma, era una amenaza que no se había cumplido hasta nuestros días, en que la gente muere en salas reservadas a enfermos terminales. O en cámaras acristaladas dedicadas al cuidado intensivo del paciente, donde raras veces tienen acceso los familiares. Muy pocas personas mueren en sus casas y, aunque así fuese, la familia nuclear de hoy día estaría lejos de componer la asamblea/reunión que se integraba en torno al moribundo. Sin esa oportunidad no se pueden expresar despedidas, consejos, recomendaciones y, mucho menos, la famosa recomendación del alma Tampoco paliar el dolor del trance con palabras de esperanza, o formular, tanto el que se va como los que se quedan, ese hasta pronto, tan consolador por no haber nada más real y cierto. La finalidad de los sentimientos, casi la congelación del dolor, no es debida tan sólo a la esterilización del duelo que proporcionan las cámaras frigoríficas donde pernocta el cadáver (en la antípoda de lo que se llamó capilla ardiente), y al clima reinante en los tanatorios, tan distinto del que casi se disfrutaba en los velorios, sino a la ausencia del protagonista (y nunca mejor dicho) en el final de su película. Las condiciones en que se encuentran los enfermos graves, bajo esos cuidados intensivos que se dispensan en los centros hospitalarios, entubados, sedados y hasta con respiración/ventilación mecánica, reducen al mínimo la actividad bioeléctrica del cerebro. En una unidad de reanimación es imposible manifestar ni el más leve gesto de despedida, ni el deseo de que, por piedad, le desconecten de los aparatos y le dejen morir tranquilo. El testamento vital permite que un adulto, en uso de sus plenas facultades, establezca para los médicos y para sus familiares una frontera en los tratamientos que la Medicina aplica, in extremis, a enfermos terminales. Aquí estamos ante el derecho a cómo morir, que difiere bastante del cuándo morir, que es lo que distinguiría a la eutanasia. No vendrá mal el testamento vital para humanizar de nuevo el último capítulo de nuestra existencia. Porque, en estos momentos, a los modernos procesos de reanimación, paradójicamente con el enfermo sumido en la inconsciencia, se une la conspiración general entre sanitarios y familiares para ocultar al paciente la inminencia de su muerte. Reina la simulación y la mentira, y, en pacto tácito entre todos, renunciamos a nuestra propia muerte y sólo aceptamos la de los demás, la ajena. Alienante situación que, sin invocar otros valores morales, atenta, en nuestra opinión, contra los derechos humanos. Y no es el menos importante el tener una muerte digna. No corren buenos tiempos para la lírica de la muerte. Y no son las UVIS y las UCIS los lugares más idóneos para pronunciar palabras como las dichas por Cervantes cuando vio próximo su fin: "Adiós, gracias; adiós donaires; adiós regocijados amigos; que yo me voy muriendo y deseando veros presto en la otra vida". |
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EL SABOR DE LAS LÁGRIMAS
Cervantes no era sólo un poeta. Era un gran conocedor del alma humana, y en esta despedida, desprovista de amargura, entonó un canto a la esperanza. No le faltaba tampoco a don Miguel un gran sentido del humor. Un humor, un líquido son las lágrimas. Por cierto, "mendrugos de pan con salsa de lágrimas", decía Cervantes que habían sido su alimento muchas noches. A pesar de todo, no fue un hombre amargado, porque las lágrimas son más saladas que amargas. Y, quizás, fertilizantes. García Márquez, en su If, implora: "Dios mío, ¿Quién guarda los pétalos secos de una rosa entre las hojas de un libro de poemas? ¿Quién lleva junto a su foto un mechón del pelo de la mujer amada? ¿Quién, como solían los romanos, conserva en un vaso lacrimatorio las lágrimas vertidas en el duelo de su ser querido? Nadie, amigo mío. Queda lejos, al otro lado de la Historia, ese elogio al llanto que pone Zorrilla en labios de don Juan: "Y esas dos líquidas perlas Hay paz, casi placer, en esta endecha propia de un tiempo en el que se prefería vivir con pena pero con gloria. Hoy, como ha dicho Saramago: "Jamás una lágrima emborronará un e-mail". La frase es genial, y en el mismo tono que el chiste de Chumy Chúmez en el que se ve a dos políticos en un cocktail y con el vaso en la mano. Uno dice muy serio: "Me molesta que maten a alguno de los nuestros: el whisky se me llena de lágrimas". Entre los políticos, tan habituados a asistir a honras fúnebres, abundan ya más los suspiros que las lágrimas. Consumados actores, exhiben sus lágrimas de cocodrilo y, gracias al tipo de llanto, se les descubre de qué pie cojean No en vano se advertía en la España maldiciente: "Desconfía de cojera de perro y de lágrima de mujer". ¿Tanto y tan bien llora la mujer? Sabemos que quien ríe el último ríe mejor. Pero ¿quién llora mejor, el hombre o la mujer? |
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EL LLANTO COMO ARTE Y COMO TERAPIA
Desde el antiguo Egipto a nuestros días (recordemos que casi en 1960 la revista Life publicó fotos de un velatorio español en la Deleitosa, con supuestas plañideras alrededor de un cadáver), se ha reservado a la mujer el fingimiento del llanto, la exaltación pública del dolor y el alarde de histérico desconsuelo ante la muerte. Quizás no debamos conceder demasiada importancia a este rol adjudicado a la mujer. Pensemos que esta actuación pertenece también a esas funciones rituales que la mujer se reservó siempre y que, sin darse cuenta, le convertían en importante sacerdotisa: el nacimiento y la muerte. Es ahora, con el progreso, cuando la mujer ha renunciado a la posesión de las llaves de la vida. Alfa y omega, el parto y la mortaja, eran dominios femeninos. La figura de la plañidera y su labor interpretativa se inscribía en ese marco. Hoy, no. Pero, entonces, llorar figuraba en el guión. Si bien en los duelos se llora menos y peor, en el cine las lágrimas recobran su antigua importancia. Cuenta Robert de Niro que "hay actores que matan por un papel que les permita llorar, a veces sin venir a cuento", y que él, en la película Una terapia peligrosa, lloró de verdad y se negó a que se le provocaran las lágrimas con colirios, o a que le mejoraran el llanto con lágrimas digitales creadas en ordenador. Si en el cine no va a estar mal visto que los hombres lloren, parece que las mujeres también quieren volver a llorar. El cineasta Pedro Almodóvar, responsable de desnaturalizar y desvirtuar a la mujer tantas veces, reconoce que la personalidad de la mujer aflora con las lágrimas: "No hay nada más personal que la risa o el llanto, y para mí no hay mayor espectáculo que ver llorar a una actriz. He tenido la suerte de que, además de Cecilia Roth, me lloraron las mejores: Carmen Maura, Marisa Paredes, Victoria Abril, Penélope Cruz, Ángela Molina, Julieta Serrano " Los cámaras y fotógrafos nos dirían que "los ojos brillan más después del llanto y adquieren más belleza, a pesar del enrojecimiento que se produce". La razón de este embellecimiento sería que las lágrimas humedecen el globo ocular y barren los cuerpos extraños que se depositan en la superficie. Próxima siempre la fisiología a la filosofía, un refrán griego afirma que "sólo las mujeres que han lavado los ojos con lágrimas pueden ver las cosas con claridad". |
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LAS TRES CLASES DE LÁGRIMAS
Si las lágrimas ayudan a limpiar los espejos del alma, el alma se sirve también de las lágrimas para expresar sus sentimientos. No todas las lágrimas son iguales; dicen que, si las analizáramos, no siempre su composición sería esa de 89% de agua, 1,46 de albúmina y de 0,4 a 0,8 de sales minerales. Seguro que variaría según pertenecieran a la primera clase, en la que la lágrima proviene de la ira y de la desesperación; a la segunda, que engloba a las lágrimas de la emoción, de la impresión, de la ternura, y donde encontraríamos las lágrimas que nos produce la muerte de un ser querido; y, por fin, la tercera clase, a la que pertenecen las llamadas lágrimas sobrenaturales. Las sobrenaturales no son otras que las que vierte quien recibe el don de lágrimas, cuando Dios permite llorar con provecho del espíritu. En ese vino de los ángeles, que decía san Bernardo que eran las lágrimas, en una metáfora que siguió Pablo Neruda cuando llamó al foi, al confit de pato, el hígado de los ángeles, se pueden hacer grandes guisos. Un teólogo dijo que "no basta cultivar la conciencia; a veces hay que ablandarla y cocerla en una olla de lágrimas". Esta alta gastronomía, a base de lágrimas, sería del gusto de la mística cocina teresisana, con Dios entre los pucheros. Las lágrimas de un alma arrepentida, de Calderón de la Barca, es uno de los grandes temas de la España de la Contrarreforma, y coinciden con el tema de Murillo San Pedro en lágrimas y otros San Pedros que el año pasado se reunieron en una exposición pictórica sobre el arrepentimiento. En el fondo, la confesión frente a la justificación fue la bandera de Trento. Las lágrimas de san Pedro y las de la Macarena (de diamantes) coinciden en que son sevillanas. Aunque está por ver si es Sevilla o Málaga la que posee la imagen más bella de la Virgen llorando la muerte de su Hijo. María santísima de consolación y lágrimas, de San Felipe, de Málaga, tiene una expresión difícil de olvidar. Andalucía entiende de lágrimas porque todavía llora. Yo no he visto llorar más, y mejor, que en un entierro gitano en Granada. Maldita la gracia -pero no me dirán que no tiene gracia- que el bailarín Antonio Canales declarara que, "en el aeropuerto de Nueva York, fue abofeteado por una policía negra , porque no dejaba de llorar " "¡Ay, mi niño! ¡Malo es que nos quiten lo bailao, pero, por favor, que no nos quiten de llorar!" |
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A TI SUSPIRAMOS...
Cuando Gerald Brenan volvió al pueblo granadino de Yegen cincuenta años después, tuve la suerte de acompañarle en aquel viaje. Muchas cosas le llamaron la atención al escritor inglés, pero lo que más, "que los españoles no cantáramos". Que hasta los labradores fueran al campo con el transistor. Hoy le sorprendería que los españoles ya tampoco lloraran. Ni siquiera en los entierros. Ahora en los entierros lo que hacemos es aplaudir. Tengo amigos extranjeros que alucinan viendo cómo aplaudimos en España a todos, por todo y a todas horas. La televisión con su horror al vacío sonoro, ha convertido un país de jaleadores en un país de aplaudidores. El consuelo de los muertos que no han triunfado en la vida es que antes de enterrarles les aplaudan. Algo es algo. En esta tierra de Toros, hasta hace poco los muertos salían de su casa a hombros, hoy tienen que conformarse con una ovación. Desaparecido el luto (hoy nadie llevaría luto por ti, Manuel Benítez), que no desaparezca el llanto: tan benéfico, tan consolador, tan terapéutico, tan contagioso Dicen que más que la risa. (A propósito de la risa y del llanto. La Biblia, que sí se refiere a la risa en treinta pasajes, no apunta jamás que Cristo riera. Quizás sonriera en todo momento. Sí se da cuenta, sin embargo, de que Cristo lloró. Precisamente en la muerte de un amigo, de Lázaro. Y tanto debió sentir su muerte, que lo resucitó). Coinciden los protestantes, cuando descubren el catolicismo, que con la confesión no necesitan psicoanalistas. Ni, con llanto, Prozac. Más lágrimas y menos Prozac. Este país siempre se desahogó con suspiros (de España). Lo aprendimos en la Salve Regina: "Ad te suspiramus, gementes et flentes, in hac lacrimarum valle". No hace falta que los cementerios se conviertan hoy en valles de lágrimas. Pero bien estaría que, además de las oraciones, el llanto regara un poco las flores. Las lágrimas serán como gotas de rocío cuando esta noche la luna llena riele sobre millones y millones de flores que cubren las tumbas de nuestros seres queridos. Alfredo Amestoy |