RetrocesoA&ONº 279/1-XI-2001SumarioEn portadaContinuar
La muerte y lo que sigue
El cementerio, en estos dos primeros días del mes de noviembre, es la inmensa plaza pública de las más grandes manifestaciones y de los más extraños encuentros entre vivos y difuntos. A los cristianos nos importa mucho vivir, desde la fe, estas conmemoraciones.

F. Savater inicia su libro Las preguntas de la vida con un capítulo titulado La muerte para empezar. ¿Y después? Se trata sólo de comprobar que la muerte nos hace pensar, nos convierte es seres pensantes, pero después de esto seguimos sin saber qué pensar de la muerte. Porque filosofar no es salir de dudas, sino entrar en ellas. Ahí tienen lo que da de sí la sola razón pensante.

¿Es la fe cristiana un consuelo que proyectan nuestros deseos? ¿Nuestros seres queridos viven sólo en nuestra memoria mientras nosotros seamos capaces de acordarnos de ellos? ¿Estamos destinados a desaparecer para siempre cuando nos llegue esa muerte que nos hace pensar mientras vivimos? He aquí las grandes preguntas del corazón humano, cuyo sentido nos ha revelado el Hijo de Dios hecho hombre, Cristo muerto y resucitado por nuestra salvación. Todo parte de este núcleo de nuestra fe cristiana. Sin Cristo, Señor de la vida, el pecado y la muerte serían los grandes dominadores de la Humanidad en todos los tiempos, los dueños despóticos de la Historia. Pero nosotros creemos que, al vivir y morir con Él, somos protagonistas de nuestra propia historia de salvación, en comunión con todos los creyentes sinceros.

Sólo Dios es el Santo, pero desea comunicar su santidad a su pueblo, el cual está llamado a convertirse a Él para seguir los caminos de su voluntad providente y amorosa. Los que siguen el camino de los mandamientos del amor comprenden en seguida que son incapaces de perseverar en esa fidelidad si no son ayudados por Aquel que les llama, pero anhelan sinceramente esa pureza de corazón que les hace capaces de participar en la misma vida de Dios. Y esto es lo que sigue después de la muerte. Los que han llegado al término de su vida temporal en ese camino de la fidelidad en conciencia a la voluntad de Dios, puede que no estén del todo purificados por ser herederos de su propia historia y, por no haber amado según sus posibilidades y dones recibidos, tengan que purificarse misteriosamente. Pero son ya de la muchedumbre de los salvados, a los que llamamos los fieles difuntos, por los cuales ofrecemos oraciones, sacrificios y limosnas, que adquieren su valor más profundo en el sacrificio redentor del mismo Cristo. Por eso es tan importante participar en la misa.

Cristo transmite su santidad a la Iglesia especialmente por el amor y los sacramentos, que aportan al hombre la misma vida de Dios. Esta convicción era tan viva en los primeros siglos, que los cristianos no dudaron en llamarse los santos y en considerar a la misma Iglesia como la comunión de los santos, artículo de fe que nosotros seguimos confesando en le Credo. Esta designación tiene su origen en la asamblea eucarística, en la que los santos participan en las cosas santas. La gran asamblea es el Cielo, en torno al Cordero inmolado y glorioso. El Papa nos recuerda al comienzo de este nuevo milenio, con el Vaticano II, la vocación universal a la santidad: "Todos los cristianos, de cualquier condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor".

El automarginarse consciente y obstinadamente de ese camino es el gran riesgo que corre el hombre de renunciar para siempre a la salvación ofrecida por Cristo a tan alto precio: su propia sangre. Por eso, antes de la muerte, pensemos en nuestro destino con el compromiso que exige nuestra vocación, y después llegará la alegría de la plenitud de vida en comunión con Dios y con los seres queridos.

José Delicado
arzobispo de Valladolid