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Jesús Colina. RomaDespués de las polémicas más o menos esquematizadas bajo etiquetas ajenas a la Iglesia (izquierdas y derechas, progresistas y conservadores...), con las que se trató de presentar los encuentros y reuniones eclesiales tras el Concilio Vaticano II, el Sínodo de los Obispos, que concluyó el sábado pasado, ha constituido una prueba de que estos esquemas y planteamientos, definitivamente, han dejado de tener peso en la Iglesia católica. Desde las primeras intervenciones hasta las últimas proposiciones presentadas, entre el 30 de septiembre y el 26 de octubre, por los 280 padres sinodales, independientemente de su origen geográfico o de sus sensibilidades teológicas, la palabra más repetida en absoluto ha sido comunión. El primero en hacer pública esta constatación fue el mismo Juan Pablo II, al presidir la concelebración eucarística conclusiva, asegurando, al igual que los participantes en la asamblea sinodal, que "la fuerza de la Iglesia está en la comunión, su debilidad está en la división y en la contraposición". La frase se encontraba ya en el Documento de trabajo (Instrumentum laboris) de las sesiones y fue subrayada hasta en las conclusiones. |
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"Sólo si se hace perceptible claramente una profunda y convencida unidad de los pastores entre ellos y con el sucesor de Pedro, como también de los obispos con sus sacerdotes, podrá darse una respuesta creíble a los desafíos que provienen del actual contexto social y cultural", constató el Papa Juan Pablo II en su homilía conclusiva.
El cardenal Joseph Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, al hacer un balance sobre la asamblea sinodal, llega a una conclusión análoga. "Ha sido un Sínodo muy cordial -aclara-. Quizás no ha habido grandes intuiciones y sorpresas: las ideas y los problemas son conocidos, nada de sorprendente. Me da la impresión, sin embargo, de que se ha llegado a un gran entendimiento y a una profunda colegialidad, forjados en estos últimos veinte años. He participado en los Sínodos desde 1977 y he vivido Sínodos con tensiones muy fuertes. Haciendo una comparación entre este Sínodo con el fermento de los años que siguieron al Concilio, se puede constatar una tranquilidad, que nos dice que nos encontramos con una nueva generación que ha asimilado el Concilio y busca los caminos para una nueva evangelización". A inicios del Sínodo, como el mismo Santo Padre había propuesto en su Carta apostólica para inicios de milenio, se preveía un debate sobre la colegialidad, es decir, sobre las relaciones entre Papa, Curia romana, Conferencias Episcopales y obispos. El tema se puso sobre el tapete de la discusión, desde la perspectiva de la comunión. Algunos vaticanistas profetizaron la rebelión de algunos episcopados, especialmente de algunos países de Europa. La realidad ha sido, y es, muy diferente. Los representantes de Alemania, Francia o Bélgica insistieron, en sus conclusiones por grupos de trabajo, en que, en la Iglesia católica, no puede haber colegialidad sin el Papa, ni sin aceptar la autoridad del Papa. El Mensaje final del Sínodo, hecho público el viernes pasado, hizo esta propuesta: "La colegialidad, al servicio de la comunión, se refiere al Colegio de los Apóstoles y de sus sucesores, los obispos, unidos estrechamente entre ellos y con el Papa, sucesor de Pedro. Siempre y en todas partes, ellos enseñan conjuntamente la misma fe con un carisma cierto de verdad". "Comunión y colegialidad, plenamente vividas, concurren para el equilibrio humano y espiritual del obispo, y favorecen la gozosa irradiación de la esperanza de las comunidades cristianas y su entusiasmo misionero", concluye el texto aprobado por mayoría aplastante. |
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CINCO RASGOS CLAROS
El primer Sínodo de los Obispos sobre el obispo que celebra la Iglesia ha perfilado, en cinco rasgos, la figura del obispo del nuevo milenio: debe ser santo; pobre con los pobres; tiene que vivir en comunión con el resto de la Iglesia; ser vigía y profeta de la verdad; artífice de la unidad: en definitiva, misionero. Los cinco trazos aparecen en el mensaje final. Al referirse al primero, una vida santa, insiste en que "una forma muy actual de la santidad, que necesita el mundo, es esta apertura a todos que es característica distintiva del obispo, en la paciencia y en la audacia de dar razón de la esperanza". La pobreza de vida es la segunda virtud que el Sínodo pide al obispo: "Así como existe una pobreza que aliena, y que es necesario luchar para liberar de ella a los que la padecen, también puede haber una pobreza que libera y potencia las energías para el amor y para el servicio, y es esta pobreza evangélica la que intentamos practicar", afirma el Mensaje sinodal. De hecho, según los obispos, "el obispo es el padre y el hermano de los pobres. No debe dudar, cuando es necesario, en hacerse portavoz de los que no tienen voz, para que sus derechos sean reconocidos y respetados". En tercer lugar, la Asamblea pidió a los 4.390 obispos del mundo que vivan su ministerio en "comunión y colegialidad" con los demás "obispos, unidos estrechamente entre ellos y con el Papa, sucesor de Pedro". En un mundo relativista, el Sínodo ha insistido en afirmar que el obispo debe ser vigía y profeta de la verdad, para "alertar a su pueblo acerca de las distorsiones que amenazan la pureza de la esperanza cristiana". El sucesor de los apóstoles, hoy, debe "oponerse a todo eslogan o actitud que, pretendiendo reducir a nada la cruz de Cristo, vela a la vez el verdadero rostro del hombre y su vocación sublime de criatura, llamada a compartir la vida divina". Tras insistir en la urgente necesidad de que el obispo sea hoy artífice de la unidad en su diócesis (entre sus sacerdotes, religiosos, parroquias, movimientos, pequeñas comunidades, servicios de formación o de caridad...), el Mensaje final concluye presentando al pastor de la diócesis como auténtico misionero, que "no es otra cosa que anunciar a todos el designio salvífico de Dios, celebrar su misericordia, comunicándola por los sacramentos de la vida nueva, y enseñar su ley de amor atestiguando su presencia todos los días hasta el fin del mundo". En el Sínodo no se han dado rebeliones, ni afirmaciones efectistas capaces de hacerse espacio en las primeras páginas de los periódicos. De la Asamblea, sin embargo, salen obispos misioneros, y aunque esto no haya impresionado a los medios de comunicación, la importancia que este nuevo espíritu tendrá, sin embargo, para la Iglesia será decisiva. |