RetrocesoA&ONº 279/1-XI-2001SumarioMundoContinuar
Juan Pablo II tiende la mano a China:
La valentía del perdón
Tras 23 años de difíciles relaciones, Juan Pablo II ha descubierto, en un gesto inesperado,
su carta secreta a Pekín, en nombre de la Iglesia católica, actualmente perseguida:
ha pedido perdón por los errores que han cometido sus hijos a lo largo de la historia de China
J. C. Roma

Los encargados de pasar el mensaje pontificio al Gobierno de Pekín fueron los participantes en el Congreso internacional, celebrado el 24 y 25 de octubre en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, sobre Matteo Ricci (1552-1610), el misionero jesuita italiano que, hace exactamente 400 años (en 1601), se hizo chino con los chinos, para anunciar el Evangelio y transmitir el saber occidental de la época al imperio oriental. El régimen comunista sigue inaugurando periódicamente monumentos y reconocimientos a este personaje decisivo de su historia.

El Pontífice pide perdón, en particular, por dos errores que cometieron los católicos en China en siglos pasados: en primer lugar, las disputas teológicas sobre la inculturación del cristianismo en la cultura budista y de Confucio. El mismo Ricci, en proceso de beatificación, fue objeto de estas disputas. Adoptó, por ejemplo, la forma china de vestirse y ciertas costumbres locales que suscitaron críticas de importantes exponentes de la Iglesia. El respeto de las tradiciones chinas suscitó tremendos debates teológicos que provocaron escándalo entre los chinos. En segundo lugar, el Pontífice pide perdón por la protección que buscaron cristianos chinos en Gobiernos coloniales europeos contra China. Entre 1898 y 1900, por ejemplo, durante la revuelta de los Boxers, muchos cristianos defendieron la presencia extranjera en el país. En 1934 el Vaticano reconoció el Estado de Manchkuo, controlado por los japoneses.

"Pido perdón y comprensión a quienes se han sentido heridos de alguna forma por estas maneras de actuar de los cristianos -afirma el Papa-. La historia nos recuerda, por desgracia, que la acción de los miembros de la Iglesia en China no ha quedado siempre exenta de errores, fruto amargo de los límites propios del espíritu y de la acción humanos, y ha sido condicionada además por situaciones difíciles, ligadas a acontecimientos históricos complejos y a intereses políticos en contraste".

"Siento profundo pesar por estos errores y límites del pasado -reconoce oficialmente el obispo de Roma-, y me disgusta que hayan generado en muchos la impresión de una falta de respeto y estima de la Iglesia católica por el pueblo chino, llevándole a pensar que se mueve por sentimientos de hostilidad en relación con China".

Tras pedir perdón, Juan Pablo II constata que los atentados del 11 de septiembre demuestran la necesidad de crear nuevas relaciones de amistad y colaboración entre pueblos, culturas y religiones. Por este motivo propone una nueva era de relaciones entre el catolicismo y China: "La Iglesia católica de hoy no pide a China ni a sus autoridades políticas ningún privilegio, sino únicamente volver a emprender el diálogo para llegar a una relación entretejida de recíproco respeto y de conocimiento profundo".

"China debe saberlo -asegura el Papa-: la Iglesia católica tiene el vivo propósito de ofrecer, una vez más, un humilde y desinteresado servicio para el bien de los católicos chinos y para el de todos los habitantes del país".

Aunque no hay fuentes oficiales, se calcula que son entre once y doce millones los católicos en China, de los que algo menos de la mitad forman parte nominalmente de la Asociación patriótica china, una especie de Iglesia controlada por el régimen comunista. Los católicos clandestinos han sufrido en varias regiones una durísima represión en los últimos cinco años.

Pekín ha respondido al mensaje del Pontífice poniendo dos condiciones al Vaticano para la normalización de las relaciones. El portavoz del Ministerio chino de Asuntos Exteriores, Sun Yuxi, afirmó el jueves pasado que, para restablecer relaciones diplomáticas con Roma, Pekín plantea al Vaticano dos sorprendentes exigencias: romper relaciones con Taiwán y que no utilice la religión como pretexto para intervenir en los asuntos interiores chinos. El régimen comunista se niega a reconocer el derecho del Papa a nombrar obispos. "En estos momentos estamos haciendo un examen en profundidad del mensaje de Juan Pablo II", señaló Sun, lo que podría indicar que Pekín no ha dado aún una respuesta definitiva a la voluntad de reconciliación expresada por el Papa.