RetrocesoA&ONº 279/1-XI-2001SumarioRaícesContinuar
El Entierro del Señor de Orgaz
La muerte ha sido vencida. Cristo glorioso y resucitado nos espera en el cielo
para darnos parte en su victoria. Él es todo luz, carne luminosa que ilumina
el misterio del hombre. Jesucristo ilumina el misterio de la muerte
con la luz de una vida feliz más allá de este límite temporal.
También nuestro cuerpo, que se rompe, será reconstruido
para el gozo eterno, nuestra carne resucitará, por eso es enterrada
El Greco ha logrado plasmar en su obra maestra, El Entierro del Señor de Orgaz (1586), esta impresionante verdad de la vida del hombre: ha conseguido en esta obra cumbre de la pintura universal transmitirnos la fe de la Iglesia en la vida eterna; ha sabido introducirnos con maestría en el misterio del hombre, que, abierto a los dones de arriba, es elevado en el momento de su muerte a lo más alto de la gloria.

El personaje histórico al que se refiere este cuadro es don Gonzalo Ruiz de Toledo, Señor de la villa de Orgaz (un pueblo a 40 kilómetros al sur de Toledo). Noble influyente en la corte del rey Sancho IV, notario mayor del reino, alcaide de la ciudad de Toledo, consejero de la reina viuda María de Molina, ayo del rey niño Alfonso XI. Caballero cristiano, fundador del monasterio de san Esteban de los padres agustinos en Toledo, restaurador de las iglesias de Santo Tomé y de los Santos Justo y Pastor de la ciudad, fundador del hospital de San Antón para la enfermedad del fuego. Murió el 9 de diciembre de 1323. Había dotado la iglesia de Santo Tomé y su fiesta con limosnas para el culto y para los pobres.

Cuando iba a ser enterrado en esta iglesia, bajaron del cielo san Agustín y san Esteban, que con sus propias manos lo depositaron en el sepulcro, mientras una voz del cielo decía: "¡Tal galardón recibe quien a Dios y a sus santos sirve!" Quisieron premiarle estos santos la devoción que por ellos sintió en su vida. Y es que los santos son nuestros hermanos mayores con los que ya desde esta vida podemos mantener una amistad que nos beneficia.

El sepulcro de este caballero cristiano se convirtió enseguida en lugar de devoción de los fieles. Situado en el último rincón del templo, expresión de la humildad del siervo de Dios, con el paso de los años, quiso ser honrado por el párroco Andrés Núñez de Madrid, que reconstruyó la capilla de su enterramiento, la coronó con una cúpula, dignificó el lugar y encargó al mejor pintor del momento la que ha resultado obra maestra de El Greco, en el año 1586. Detrás de esta obra de arte hay una vida, hay una historia de amor que ha traspasado los siglos.

El cuadro representa en su parte inferior un cortejo de caballeros y nobles que acuden al entierro. En estos personajes hay lágrimas y dolor, pero no desesperación ni rabia. Predomina la serenidad ante la muerte que brota de un corazón creyente. Todos ellos nos invitan también a nosotros a afrontar la muerte con las mismas actitudes. En medio de todos ellos, san Agustín y san Esteban, bajados del cielo, que con toda ternura depositan el cadáver de don Gonzalo en un sepulcro que ahora ha quedado visible a todo visitante. Destaca la armadura del noble caballero, en cuya pechera se refleja el busto de san Esteban. Destacan las ricas ropas litúrgicas. En la ropa de san Estaban, la representación de su martirio. En la de san Agustín, santa Catalina, san Pablo y Santiago. El Greco nos mira de frente. A su lado el conde de Orgaz de esta época, don Juan Hurtado de Mendoza y Guzmán, caballero de la Orden de Santiago. El párroco de espaldas, estupefacto por el acontecimiento, luce una sobrepelliz que le da pie a El Greco a lucir su maestría en la técnica de la transparencia. A la izquierda dos frailes: un franciscano y un agustino (fray Luis de León?) dialogan desde la fe sobre lo que contemplan sus ojos. Debajo un niño: Jorge Manuel, hijo de El Greco, en cuyo pañuelo lleva la firma de su padre. Francisco de Pisa, Diego de Covarrubias, y otros retratos de personajes de la época. Seis antorchas, símbolo de la fe, iluminan la escena.

En el centro, un ángel lleva en sus manos el alma de don Gonzalo hasta la presencia de Cristo juez misericordioso. Ese tránsito es presentado como el trance de un parto, donde el alma atraviesa un recinto estrecho a manera de útero materno. María actúa de comadrona, ocupada en la hora estrecha de nuestra muerte de este trance doloroso y esperanzador. El alma va a ser dada a luz, es decir, va a ser iluminada definitivamente con la luz de Cristo que saciará su corazón para toda la eternidad. Jesucristo, con rostro amable y misericordioso, indica con elegancia al apóstol Pedro que abra las puertas del cielo. Los ángeles rodean al Juez que ha de venir a juzgar a vivos y muertos. En primera fila como intercesores, san Juan Bautista, san Pablo y Santiago, los tres mártires degollados. Los mártires ocupan la primera fila en el reino de los cielos, porque nos muestran la heroicidad del amor. En el grupo de los santos, aparece incluso Felipe II, que no había muerto aún.

Para el hombre de nuestro tiempo, este cuadro es como un grito de esperanza, una proclamación bellísima de las verdades del hombre en el momento final de dejar este mundo: Jesucristo juez misericordioso que nos espera para darnos su reino, María madre que nos acompaña especialmente en la hora de la muerte, los santos a cuya familia pertenecemos, el sacramento del Orden (obispo, presbíteros, diácono) como garantía de la sucesión apostólica y de la obra redentora de Cristo, los ángeles que adoran a Dios y están a nuestro servicio, la actitud creyente de los personajes que son testigos de la sorpresa de lo divino y asisten con la serenidad ante la muerte, la dignidad del cuerpo humano que es enterrado como el grano de trigo a la espera de su resurrección.

Estamos ante "la más bella expresión de la escatología católica", ha dicho el cardenal Ratzinger. Estamos ante "la obra más ingeniosa del espíritu humano" decía Einstein. Estamos ante la mejor expresión artística del espíritu católico de la Reforma, de la época de Cervantes y Lope de Vega, de san Juan de la Cruz y de santa Teresa, del Siglo de Oro español.

Demetrio Fernández
Párroco de Santo Tomé, Toledo