RetrocesoA&ONº 279/1-XI-2001SumarioTestimonioContinuar
Un buen amigo
Se llamaba Santiago, sumaba sólo 33 años y se ha ido. Todo el que lo conocía lo sentía amigo, por el amor que destilaba su presencia y su acompañamiento al enfermo, a cualquiera. Nada dicharachero, ni especialmente dotado para relacionarse con facilidad, irradiaba paz su manera de vivir la fe cristiana, su modo de llevar la enfermedad, que le atacaba inmisericorde: el propio rostro hecho bondad. Vivo ejemplo de cómo el dolor -que tantas veces, ¡ay!, hunde al hombre, al no encontrarle sentido a ese tremendo misterio- puede engrandecer a otros -gozoso misterio- que, como Santiago -poeta y religioso camilo él-, son capaces de salir fuera de sí para compartir el sufrimiento de los otros, único modo que tiene el ser humano -dada su textura social- de seguir adelante.

Era de esas personas que no ocupan espacio -parece- y que, cuando se van, no dejan vacío -sí ancha pena por su pérdida-, porque el aura de amor que le envolvía, la deja aquí, con todos aquellos a quienes cuidó, con todos a los que escuchó, sereno, sin otra ambición -en medio de tanta ambición torpe- que hacerse sentir hermano del otro.

No le gustaba que se hablase de él. Pero, en estas páginas que frecuentaba, seguro que sí.

Manuel Gómez Ortiz