RetrocesoA&ONº 280/8-XI-2001SumarioContraportadaContinuar
¿Siguen soñando las chicas de hoy con príncipes azules?
Lucía
A. Llamas Palacios

Son las once de la mañana del pasado domingo. Lucía escucha la radio mientras bebe un gran tazón de leche pausadamente. Hace tan sólo unos días, la festividad de Todos los Santos y la conmemoración de los Fieles Difuntos irrumpía con su llegada inoportuna, siempre en tan mal momento para nuestras vidas repletas de trabajos y obligaciones.

En la radio, los contertulios hablan sobre la eutanasia. Sobre el derecho a una muerte digna, sobre la libertad. Y ella escucha…, pero no le salen las cuentas. ¿Muerte digna? No sabía que fuera indigna. Se refieren, supone, a morir sin sufrimiento, sin prolongaciones artificiales…, pero no acaba de comprender. Aquellas personas alegan libertades y derechos sobre lo que está muy por encima de ellos. Recriminan que determinadas creencias religiosas coartan esas libertades, pero ella piensa que, incluso un ateo, debería comprender que la vida es un regalo que no nos pertenece, y hablar de posesiones resulta, como poco, tan ingenuo…

Lucía tiene 22 años y se ha pasado la vida intentando abarcar con ansiedad, preocupación y curiosidad el sentido de una vida que, muchas veces, entre tanta contradicción, ha visto esperpéntica, absurda. Alguna vez, en medio de sus interminables cábalas, ha recordado a aquel ángel del que le hablaba su padre cuando era pequeña, volviéndole a decir que desentrañar el misterio de la vida podía ser, para un humano, tan difícil como meter todo el agua del mar en un simple agujero excavado en la arena.

¿Qué habrá detrás de tanta belleza y sufrimiento simultáneos, detrás de un mundo tan complejo? Confía en Mí, escucha Lucía a veces…, y entonces se calma.

Lucía sale mucho con sus amigos, gente de su edad. Le gusta reírse, ir a discotecas, bailar durante horas, charlar en cafeterías tardes enteras, lee mucho y no le importa llorar emocionada viendo una película. La verdad es que a Lucía le encanta divertirse, pero reconoce que, en el silencio, la vida se le revela como profunda y misteriosa, y cuanto más piensa en ella, más curiosidad le produce. Lucía está comenzando a descubrir algo, aunque no sabe cuánto tiempo tardará en encontrar la preciada certeza que tanto anhela.

Desde su juventud, su mínima experiencia intenta analizar el mundo. Sólo alcanza a ver lo que ven sus ojos, es difícil ir más allá. Pero ahí fuera parece haber un mundo espectacular. Hay dolor y belleza infinitos. Cuando leyó aquel libro escrito por un reportero de guerra, comprendió que su autor reconociera el drama de algunos compañeros que, acostumbrados a ver matanzas, convivir y esquivar diariamente la muerte, acaban sumergidos en pozos de alcohol y drogas. El hombre, que busca comprender el significado de todo, no lo alcanza. El mundo se nos queda grande.

Lucía está llena de sueños. Con 22 años, piensa: "Si no se tienen sueños, ilusiones…, ¿qué se puede tener?" Así que sueña —¿por qué no?— con amar algún día de verdad. De esos amores que exigen sacrificios que se otorgan gustosos. Una vez vio una película: Magnolia. En ella vio tanto amor y necesidad de darse, que acabó agotada de comprender. Pero no sabe si llegará. Y mientras tanto, espera.

Una vez tuvo un regalo. Era una poesía de Rainer María Rilke. Cuando la lee, se la dedica a sí misma y a todos los jóvenes, y no tan jóvenes, que pasan miedo, incertidumbre, que aman, que no comprenden: "Sé paciente con todo lo que aún no está resuelto en tu corazón…; trata de amar tus propias dudas. No busques respuestas que no se pueden dar, porque no serías capaz de soportarlas. Lo importante es vivirlo todo. Vive ahora las preguntas. Tal vez así, poco a poco, sin darte cuenta, puedas, algún día, vivir las respuestas".