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Desde el pasado 11 de septiembre, fecha del trágico acontecimiento terrorista en Estados Unidos, los medios de comunicación, radio, televisión y prensa, han inundado al mundo de noticias alarmantes. Habrá un antes y un después del 11 de septiembre de 2001. El mundo, el hombre de hoy, está alarmado, tiene miedo. Se está produciendo lo que los psiquiatras veníamos anunciando desde hace unos años: El síndrome de inseguridad como origen de enfermedades psíquicas del siglo XXI.
El ser humano necesita un mínimo de seguridad para conseguir el equilibrio psicológico imprescindible para mantenerse estabilizado en un mar más o menos tempestuoso. Hoy la seguridad está en crisis, porque se ha perdido el único fundamento que garantice al hombre el saber, con convicción, de dónde viene y a dónde va. Como bien escribió Otto de Habsburgo "el que no sabe de dónde viene no sabe a dónde va porque no sabe dónde está". |
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Gran parte de la sociedad actual no sabe dónde está y ha ido sustituyendo el único fundamento de seguridad su sentido trascendente de la vida, con su dimensión amorosa por falsos pilares, torres de Babel, como el egoísmo, el afán de poder, de riqueza, de placer, de éxito y, en cualquier caso, de autorrealización, y cuando esas torres se vienen abajo el hombre se encuentra sepultado entre polvos y cenizas. Y esto no es nuevo, se ha venido produciendo a lo largo de la historia de la Humanidad y ahí están las grandes catástrofes que se han ido sucediendo y que han servido de catalizadores para despertar al hombre de sus ensueños y ponerlo en su sitio. Bien lo describió C. Lewis cuando afirmó: "El dolor es el megáfono que utiliza Dios para despertar a un mundo de sordos". Pero el hombre está muy ocupado en obras de carácter social, mediante instituciones democráticas, para la seguridad de las naciones y para una convivencia justa, según derechos inalienables, y de pronto, en un 11 de septiembre de 2001, nos invade y atenaza la certeza de que hemos puesto los cimientos de la vida en algo que no tiene consistencia y se nos ha olvidado lo único verdaderamente importante.
Aquí está el origen de muchos trastornos psíquicos que padece el hombre de hoy: ansiedad, pánico, miedo, fobias, obsesiones y tristeza. El hombre tiene necesidad de apoyo en un valor absoluto, y sólo hay una opción: el Absoluto-Absoluto que es Dios, o el absoluto-relativo que soy yo. Pero con facilidad el hombre idolatra el yo y cae en el fanatismo, e identifica su idea de Dios con su yo y se juega la vida, como han hecho los camicaces, para alcanzar el paraíso o los falsos y deleznables paraísos, como son los nacionalismos exacerbados, y llegan a despreciar y aniquilar las vidas humanas, como lo hacen los que, idolatrando la técnica, la genética, la ciencia, atentan contra la vida embrionaria, que es tan vida como la de los 800.000 seres humanos asesinados en Ruanda, o la de los 6.500 de las Torres gemelas. Pero no hay más sordo que el que no quiere oír ni más ciego que el que no quiere ver; la sordera y la ceguera psíquica es lo que caracteriza a la personalidad fanática. |
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Es bien sabido que los terroristas son fanáticos que, intoxicados por un falso sentido de la vida y de la libertad, han perdido la capacidad de amar, ni siquiera a su propia vida. El fanático responde al tipo de personalidad rígida, intransigente e intolerante, carente de flexibilidad y de comprensión, especialmente para las personas o ideas que no encajan con su sentido de la vida. El fanático ha petrificado sus concepciones y, por su propia intolerancia, en la medida que más oposición encuentra en sus relaciones humanas más rígidas, cristalizadas y despiadadas, se van haciendo sus ideas y comportamiento, pudiendo llegar a reacciones violentas, desproporcionadas y crueles. Como paradigma extremo, por desgracia de plena actualidad, surgen los terroristas que, como otros movimientos ¡políticamente correctos! manifiestan un desprecio absoluto por el valor de la vida desde su inicio fecundación hasta su final la muerte.
El fanático es incapaz de asumir el sentido de la libertad que mantiene encuadrada en unos límites determinados por su visión deformada de la política, de la moral o de las normatividades éticas y sociales. En la práctica psiquiátrica es fácil descubrir que, en las personalidades fanáticas, se esconde un desmedido narcisismo y una hipertrofia del egocentrismo, aunque trate más o menos conscientemente de camuflarlo bajo la apariencia de la entrega a una causa y de la defensa de una determinada ideología o, incluso, de una falsa mística. Los seres humanos necesitamos, de vez en cuando, tanto a nivel individual como colectivo, unos aldabonazos que nos faciliten el centrarnos la historia de la Humanidad y de cada ser humano nos lo demuestra en lo único realmente importante, haciendo una criba, que, a modo de cedazo, elimine la magma de residuos que van adhiriéndose a las concepciones de la vida individual y social. Y estas cribas crisis suelen ser dolorosas y, a veces, cruentas. Pero el resultado es siempre purificador, positivo, renovador. El 11 de septiembre de 2001 puede presentar trágicamente, dolorosamente el inicio de una renovación que facilite que los hombres del siglo XXI nos centremos en la adhesión a una jerarquía de valores fundamentados en el verdadero sentido del amor como donación de sí y entrega y de la libertad como facultad psíquica para buscar y encontrar la verdad, el bien y la belleza, que es lo que radicalmente cualifica y dignifica al ser humano y le facilita conseguir la relativa felicidad alcanzable en esta vida. Juan Carlos Pescador |