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Se ha estrenado una película sueca, Juntos, de Lukas Moodysson, en la que se cuenta la vida de una comuna en 1975. El amor libre, el marxismo leninismo, la libertad de elección sexual, la meditación trascendental, el cannabis en la maceta y la prohibición de comer carne y beber coca cola son desmitificados y caricaturizados, sin maniqueismos, ni moralismos, desde la más sencilla experiencia humana. En la comuna conviven varias parejas y algunos niños, los únicos que, no contaminados de ideología, mantienen vivo el sentido común y ven con ojos atónitos las absurdas situaciones de sus mayores. La película es esperanzada, con personajes que se arrepienten y son perdonados, pero también están presentes las miserias de quien sacrifica su dignidad a los presupuestos ideológicos de turno. Esto se ve, además, aderezado con un par de secuencias breves, un tanto obscenas, que sin llegar a oscurecer la brillantez de la cinta, son de mal gusto.
Hubiera sido interesante que, en una película que manifiesta esa inteligencia de las cosas, se hubiese profundizado en cómo la negación del sentido religioso es también desmentida por la experiencia más elemental; pero ese problema, el del significado de la vida, que subyace a toda la trama, no es abordado con explicitud. Es muy sugerente el hecho de que un personaje que va perdiendo lo que más quiere grita desesperado: "¡Para qué quiero entonces mi maldita libertad!", crítica contundente a la concepción moderna de la independencia y de la libertad. El cineasta declara haber hecho un cine positivo que intenta aportar respuestas, aunque quizá en esta afirmación suya hay mucha dosis de ingenuidad. También llegó hace muy poco a nuestras pantallas la aclamadísima La pianista, de M. Hanecke. Premios en Cannes a los dos protagonistas y una crítica entregadísima. Un síntoma de la esquizofrenia de nuestra cultura. El trabajo de los actores es portentoso, pero ¿al servicio de qué? De una historia destructiva y brutal por los cuatro costados. En este caso la experiencia del espectador medianamente sano siente repugnancia ante lo que le muestra Hanecke. Tanto premio y alabanzas en la prensa muestran cómo hoy el juicio cultural se hace de espaldas a las evidencias humanas más elementales. No se trata, en fin, de comparar las películas con grandes opiniones estéticas o corrientes de pensamiento, sino de compararlas con la vida, con los gritos no silenciables de nuestra experiencia. En caso contrario, comulgaremos con ruedas de molino, nos harán creer lo increíble y consideraremos obvio lo que no lo es. Partir de la experiencia humana elemental es el mejor camino para distinguir verdad y mentira en el sinuoso camino del cine. |