RetrocesoA&ONº 280/8-XI-2001SumarioDesde la feContinuar
"¿Por qué nos hemos casado?"
Cuando hace esa pregunta, llorando, a su marido, Ángela, la protagonista de Sólo mía,
una película sobre los malos tratos, dirigida por Javier Balaguer, nos hace reflexionar
sobre la indefensión legal y moral en que se hallan tantas mujeres
A la vista del éxito de El Bola, que abordaba el espinoso asunto de los niños maltratados en casa, Javier Balaguer debuta en la dirección con un film que abunda en una intención similar, la agresión de mujeres. Oportunista, pero no por ello insincera, Sólo mía cuenta la historia de Joaquín, un publicista bien situado que se enamora de Ángela, la recepcionista de su empresa. Fue amor a primera vista. Breve noviazgo y boda. Al principio, Ángela y Joaquín eran felices. Cuando ella quedó embarazada, llegó el primer reproche. Ella fumaba a escondidas. Joaquín le pegó una bofetada. El amor se impuso, hasta que la siguiente vez la bofetada fue acompañada de más violencia. A medida que las situaciones se hacían más brutales, el amor fue dejando su sitio al miedo. El matrimonio ya estaba herido de muerte.

Esta película, con un guión quizá demasiado elemental y previsible, y de final algo rocambolesco, gana fuerza con la presencia decisiva de la sevillana Paz Vega, una hermosa actriz en ascenso que afronta aquí el mejor personaje de su carrera, después de su más que discutible papel —que no trabajo— en Lucía y el sexo, de Medem. Le da la réplica un Sergi López que, a pesar de la dificultad de un personaje tan desagradable e impopular, trata de atribuirle al menos alguna dosis de complejidad. Sobrios, pero definidos, son los secundarios, entre los que destacan Alberto Jiménez, conocido por ser el padre del amigo del Bola, y Elvira Mínguez, que hace de Andrea, esposa del anterior, y que juntos tratan de proteger a Ángela de su desequilibrado marido. Y aunque Andrea le sugiere a Ángela que aborte para no generar problemas nuevos, la protagonista nunca se lo planteará.

Acertado es el tratamiento de la evolución del marido, que, de pedir perdón, pasa a reconocer que no se gusta, que aunque intenta cambiar no puede, y que está desesperado. Esto no le justifica, pero introduce un factor interesante que el propio film anticipa en su momento: Joaquín es un enfermo que necesita ayuda psiquiátrica, no es simplemente un bruto, ni siquiera tiene escaso nivel cultural. Esta cuestión nunca se afronta en la pareja, y Alejandro, su amigo, que es el único que se lo dice, no es capaz de insistirle y ayudarle a tomar la decisión de visitar a un especialista.

El filme, escrito por el director junto a Alvaro García Mohedano, está inspirado en distintos casos reales y, antes de comenzar el rodaje, el guión se entregó a diversas asociaciones de mujeres maltratadas, para que aportasen sugerencias. Asimismo, Paz Vega convivió con unas cuantas mujeres de centros de acogida por maltratos para definir bien su perfil psicológico y humano. El film también ahonda y critica ácidamente la actitud de la Justicia y la situación de las leyes en este terreno.

Al igual que El Bola, parecen inevitables algunas escenas de tangible violencia, pero, como en aquel film, tampoco aquí se regodea en ellas. La cámara está siempre pegada a los personajes, generosa en primeros planos, para que podamos vivir lo más cerca posible del corazón aterrado de esa infortunada muchacha. También por ello Sólo mía arranca con varios primeros planos de Paz Vega mirándonos a los ojos a los espectadores y dirigiendo palabras amenazantes. Sin duda es un grito a la sociedad: no podemos seguir mirando hacia otro lado. Cuando el maltrato no es un suceso aislado de un loco, sino un hecho que salta diariamente a los periódicos, es una señal de aviso de lo gravemente enfermo que está nuestro mundo.

Juan Orellana