RetrocesoA&ONº 280/8-XI-2001SumarioEl Día del SeñorContinuar
XXXII Domingo del tiempo ordinario
Los saduceos de turno
Nos quejamos con frecuencia los cristianos de las dificultades que encontramos en la evangelización, de tanta resistencia de nuestros contemporáneos en admitir el contenido de la fe cristiana y, sobre todo, en aceptar la exigencia moral que acompaña al que sigue a Jesucristo; exigencia que es ridiculizada y rechazada como obsoleta por los saduceos de turno. ¿Fueron distintas las resistencias de los diferentes grupos judíos frente a lo que Jesús predicaba? Ahí está esa estúpida casuística de los saduceos a propósito de la mujer casada siete veces, que Jesús liquida de un plumazo: "Dios no es Dios de muertos".

¡Cuántos se ríen de nosotros porque aceptamos el misterio de nuestra resurrección, apoyados en la resurrección de Jesús, proclamada desde que una página esencial del evangelio narra cómo las mujeres hallaron la mañana del domingo la piedra removida! Son los mismos que, a lo peor, aceptan sin escrúpulos intelectuales la teoría de la reencarnación de las almas, que tiene tan poco en cuenta lo que es la persona humana y su carácter no intercambiable.

¿Es más fácil creer que uno se va reencarnando en diferentes seres que aceptar que, por la fuerza del cuerpo resucitado de Jesucristo, nosotros alcanzamos la resurrección para no morir más? La resurrección de los muertos será sin duda una resurrección corporal, pero como los que sean juzgados dignos de la vida futura ya no morirán, el matrimonio y la procreación tampoco tendrán ya ningún sentido en ella —lo que en modo alguno quiere decir que no se podrá ya distinguir entre hombre y mujer—; los transfigurados en Dios poseerán una forma totalmente distinta de fecundidad, y ésta no tendrá ya nada que ver con la mortalidad, sino con la vitalidad que participa de la fecundidad viviente de Dios.

¿Cómo será esto? "Necio —dirá san Pablo—, lo que tú siembras no cobra vida si antes no muere. Y lo que siembras no es el cuerpo que ha de salir, sino un simple grano, por ejemplo, de trigo o alguna de las otras semillas". ¿Por qué siempre pensamos que los argumentos que nos dan en contra del contenido de nuestra fe son altamente válidos? Tal vez no confiamos suficientemente en Cristo. Nuestra fe es razonable, aunque forme parte del misterio de Dios. Desde luego, Jesús se enfrenta a los saduceos y no permite que se marchen sin pruebas y sin debate. No hubiera sido digno de Él.

+ Braulio Rodríguez Plaza
Obispo de Salamanca