RetrocesoA&ONº 280/8-XI-2001SumarioEn portadaContinuar
Escribe monseñor Juan Antonio Reig Plá, Presidente de la Subcomisión
para la Familia y la defensa de la vida, de la Conferencia Episcopal Española
El Evangelio de la familia

La fe nos enseña que el caminar de los pueblos es —en su trama más honda, es decir, desde la mirada providente de Dios— historia de la salvación, historia de las maravillas que el Padre eterno obra con sus hijos. La Iglesia hace presente el reino de Dios en cada tiempo y sociedad, al fecundar con la nueva vida de Cristo los corazones y las culturas. El Evangelio de Jesucristo sana y conduce hacia la plenitud todas las realidades humanas. El Evangelio de la familia significa que ésta obtiene el don de constituirse en fundamento de la civilización: el amor de Dios derramado en nuestros corazones hace de la familia cristiana fuente de esperanza imperecedera para la sociedad. La gracia del sacramento del Matrimonio trasforma la vida de cada familia cristiana en un fragmento de historia de la salvación.

Pienso que, en nuestra Iglesia y, por tanto, en nuestra sociedad española, las familias viven, en medio de diversas crisis, un tiempo de gracia. Un claro signo de ello es la reciente promulgación de la Instrucción pastoral La familia, santuario de la vida y esperanza de la sociedad por parte de la Asamblea Plenaria del episcopado español. En efecto, en este estupendo texto se encuentra desarrollada, con profundidad y belleza, la enseñanza de la Iglesia católica sobre el matrimonio, la familia y la vida humana. Este documento programático pretende ser un impulso para la nueva evangelización de nuestro tiempo, al que las familias cristianas han de sentirse especialmente llamadas.

Otro momento de gracia para la familia va a ser el Congreso nacional La familia, esperanza de la sociedad, que —promovido por el Consejo Pontificio para la Familia, y organizado por la Conferencia Episcopal Española y la archidiócesis de Madrid— tendrá lugar en el Palacio de Congresos y Exposiciones de Madrid los próximos días 16, 17 y 18 de noviembre. En dicho Congreso se dará un encuentro entre los pastores de la Iglesia y las familias cristianas para reflexionar, con la ayuda de especialistas en los diversos ámbitos de las ciencias de la familia, sobre las cuestiones centrales en torno al papel de la familia en la construcción de la sociedad.

La Santa Sede presentó en 1983 la Carta de los derechos de las familias. Dicho texto constituye un hito en la reciente doctrina socio-política. Las diversas declaraciones de derechos humanos a lo largo de la segunda mitad del siglo XX han marcado la superación de las ideologías totalitarias que abocaron a las terribles guerras mundiales y a los incontables genocidios. El reto ha sido la realización efectiva de esos derechos, mediante instrumentos jurídicos y culturales eficaces. Pero los derechos fundamentales no son sólo postulados de la libertad individual. La persona humana se encuentra dentro de diversas sociedades que la ayudan a alcanzar su pleno desarrollo. La familia es, en este sentido, la sociedad básica en el proceso de humanización, como la célula de todo el organismo social. Cuando la familia enferma, los hombres y las comunidades se desintegran y deshumanizan.

La proclamación y promoción de los derechos y deberes de la familia hace posible que ésta sea reconocida como sujeto social, que ha de cumplir una misión de primera importancia en beneficio de cada persona y de cada comunidad humanas. Por eso, la citada declaración de la Santa Sede ofrece las bases para un plan integral y adecuado de política familiar en todos los Estados. Como enseñaba Juan Pablo II en el Año internacional de la familia, "conviene hacer realmente todos los esfuerzos posibles para que la familia sea reconocida como sociedad primordial y, en cierto modo, soberana. Su soberanía es indispensable para el bien de la sociedad" (Carta a las familias, n.17).

La historia de las civilizaciones es —en su verdad más íntima— la historia de las familias. La familia es como el jardinero que cultiva con esmero la humanidad de cada persona, en orden a su pleno desarrollo. Sin familias vigorosas la desertización es inexorable. Gracias a Dios, en nuestra sociedad hay muchas familias que trabajan con denuedo y en medio de dificultades para cumplir su tarea. La primavera de civilización y de cultura la traerán a nuestra tierra las familias fuertes en Dios (cf. Carta a las familias, n.23).

Como clamaba el Papa tras el Sínodo sobre la familia, "¡el futuro de la Humanidad se fragua en las familias!" (Familiaris consortio, n.86). Nuestro mundo de mañana será lo que decidan las familias de hoy. Las familias en las que haya santidad de vida serán la sal y la luz del porvenir. Por eso no dudo en afirmar: ¡Familia cristiana, el futuro está en tu mano!