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Eminencia, ¿nos puede dar, del Sínodo, un juicio personal?Ha sido un Sínodo muy tranquilo y cordial. Quizás no ha habido grandes intuiciones y sorpresas: las ideas y los problemas son conocidos. Sin embargo, da la impresión de que esto es posible gracias a un gran entendimiento y a una profunda colegialidad, formados en estos últimos 20 años. He vivido los Sínodos desde 1997, y algunos con tensiones muy fuertes. Haciendo un parangón entre este Sínodo y el fermento del primer post-Concilio, se nota mucha más tranquilidad, y esto demuestra que nos encontramos en una nueva generación que ha asimilado el Concilio y busca los caminos para una nueva evangelización. La primera impresión es, por tanto, la de una verdadera cordialidad y gran entendimiento. Ya no necesitamos discutir muchas cosas organizativas, o interpretativas. Es tiempo de mostrar al mundo el rostro de Cristo y mostrar a Dios. El efecto esencial de este Sínodo es para mí esta nueva y profunda unidad del cuerpo episcopal a la hora de anunciar juntos el Evangelio a un mundo que necesita un nuevo anuncio de Dios y de Cristo. En su intervención en el aula, habló de una auto-secularización de los obispos, de una polarización de la Iglesia en sus asuntos internos, mientras el mundo tiene sed de Dios... |
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Esto, gracias a Dios, no se ha producido. Se podía temer que nos entretuviéramos en la relación entre Curia romana y obispos, en los poderes del Sínodo, en las estructuras de las Conferencias intercontinentales y nacionales. Así se podía estrangular verdaderamente la vida de la Iglesia, discutiendo siempre sobre las cosas penúltimas y olvidando las cosas últimas. Éste fue el peligro en un cierto período del post-Concilio, de grandes reestructuraciones. Sustancialmente eran útiles, pero la Iglesia se ocupaba casi exclusivamente de sí misma. Una realidad que no produce frutos para los demás y sólo piensa en sí misma, es inútil. Deseo expresarme contra este peligro. Si la Iglesia se ocupa sólo de sí misma, se olvida de que sólo está al servicio de algo más grande: ser la ventana a través de la cual se ve a Dios; ser el espacio abierto en que aparece la Palabra de Dios y se hace presente en nuestra realidad. Existe también el peligro de otro tipo de secularismo: al comprometernos tanto en los problemas de este mundo, lleno de sufrimientos, podríamos convertirnos sólo en agentes sociales, olvidando que el primer servicio a prestar, también en el mundo social, es hacer que Dios sea conocido. Así, pues: un falso auto-encerramiento de las Iglesias en sí mismas y un horizontalismo que piensa sólo en cosas materiales, relegando a Dios a un papel secundario. Gracias a Dios, superando estos dos peligros, se ha prestado verdadera atención al primum necessarium: la primera necesidad del mundo es conocer a Dios. Si no lo conoce, todo deja de funcionar, como demuestran los sistemas ateos del siglo pasado.
Al escuchar las proposiciones del Sínodo, se diría que el obispo tiene una larga serie de deberes: compromiso con sacerdotes, religiosos, jóvenes, en el ecumenismo, en la justicia social... ¿No se corre el riesgo de pedirle demasiadas cosas que después no se pueden aplicar? Éste es siempre el peligro de todos los Sínodos que quieren realizar algo completísimo y se convierten en una especie de manual, en lugar de sacar a la luz algunos imperativos importantes. Las diversas indicaciones hechas por los Padres sinodales sobre la reforma del método de los Sínodos van precisamente en esta dirección: no hacer más manuales, sino limitarnos a algunos imperativos de gran importancia. En todo caso, se puede esperar que el documento post-sinodal no sea un largo manual, sino que nos confronte con algunos elementos esenciales, algo así como el modelo que representa la Novo millennio ineunte, un documento que habla al corazón y a las situaciones. En las discusiones y documentos finales, el obispo parecería ser el amo de la Iglesia: hace esto, y lo de más allá... No hay un momento en el que se reconozca hijo de la Iglesia y no sólo padre y maestro. Usted dijo una vez que la Iglesia es femenina, es decir, existe una primariedad de la Iglesia sobre los ministerios. Quizás señala un peligro real. Subrayando todos los deberes del obispo y toda la riqueza de la función sacramental episcopal, se olvida que el obispo es creyente y servidor. Es hijo de la Iglesia y sólo así puede ser también un padre. Con todas las buenas intenciones de indicar todo lo que el obispo recibe en el sacramento, todas sus responsabilidades, hemos olvidado esta última humildad, que es también una gran gracia: en último término, nuestro compromiso no depende de nosotros, pero podemos dejar todo al Señor. |