RetrocesoA&ONº 281/15-XI-2001SumarioAqui y ahoraContinuar
Médicos y santos
Todos ellos dedicaron su vida profesional al mundo de la medicina y la salud.
Eran hombres y mujeres como todos los demás. Pero con algo especial:
una vida transformada por el amor de Jesucristo. Por eso han pasado a la Historia,
a la Historia de los santos
El santoral cristiano está lleno de santos sanadores, porque popularmente es extensa la costumbre —más o menos devota— de pedir la salud a Dios a través de estos intercesores, Patronos del lugar, titulares del nombre que uno mismo tiene o, sencillamente, con fama de dadivosos en gracias curativas.

Sin embargo, pocos son los médicos que están en el canon de los santos de la Iglesia. Ya se sabe que, en esto de la santidad, sí son todos los que están, pero no están todos los que son. Y así, millones de médicos de todas las épocas están o estarán destinados a gozar de la gloria del cielo, pero sólo unos pocos han pasado al reconocimiento de ejemplaridad del santoral católico.

En los albores del cristianismo está san Lucas, el colaborador de san Pablo y evangelista, que era médico. Tres siglos más tarde, en el siglo IV y en Siria, dos de los cinco hermanos de una familia de mártires en la persecución del emperador Diocleciano, san Cosme y san Damián, eran también médicos. San Blas, armenio de origen y médico antes que obispo de Sebaste, fue igualmente mártir en la última persecución romana del siglo IV.

Más de mil años después, en el Renacimiento italiano, aparece la figura de otro: san Antonio María Zaccaría, nacido en Cremona en 1502. De noble familia, estudió en Padua la carrera de Medicina, que ejerció, con preferencia entre los pobres, hasta 1526, para hacerse luego sacerdote y fundar cuatro años más tarde la congregación de los barnabitas. Falleció en su ciudad natal a los 37 años. Y fue canonizado en 1897.

TRES ITALIANOS EN EL SIGLO XX

Ya mucho más cerca de nuestros días, también en Italia, a la lista se añade Ricardo Pampuri, médico, hermano de la Orden de San Juan de Dios y santo desde que Juan Pablo II lo canonizara el 1 de noviembre de 1989. Nacido en el pueblo lombardo de Trivolzio, cercano a Pavía, en 1897, quedó huérfano muy temprano y se educó con su abuelo y tío maternos —este último médico, llamado Carlo Campari—. Estudió la carrera y se doctoró con la máxima calificación en julio de 1921 en la Universidad de Pavía, después de haber interrumpido sus estudios al incorporarse al Ejército durante la primera guerra mundial. Ejerció la medicina en Marimondo, un pueblo situado a veintisiete kilómetros de Milán, de 1921 a 1927, fecha en la que ingresa en la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, enfermando de tuberculosis dos años después, para fallecer en 1930. En su causa están consignadas tres curaciones milagrosas, las dos primeras, para la beatificación, a dos italianos, y la tercera a un niño español de Alcadozo (Albacete), en 1982. En la homilía de la beatificación, Juan Pablo II dijo de él: "Es una figura extraordinaria, cercana a nosotros en el tiempo, pero más cercana a nuestros problemas y sensibilidad… La vida breve, pero intensa, del hermano Ricardo es un acicate para todo el pueblo de Dios, pero especialmente para los jóvenes, para los médicos, para los religiosos".

Hace pocos años, el Papa Juan Pablo II canonizó, en 1987, a Giuseppe Moscati, un médico de la ciudad de Benevento, cercana a Nápoles. Había nacido en 1880 y falleció cuarenta y siete años más tarde; hijo de un magistrado, tuvo una brillante carrera profesional en la que alternaba la enseñanza universitaria —publicó un total de veintitrés trabajos científicos, desde 1903 a 1923— con la práctica privada y pública de la medicina. Se caracterizó por una dedicación muy humana a los enfermos y la generosa entrega a los enfermos indigentes. Supo enfrentarse a los problemas sociales y cívicos de su tiempo y su ciudad, y llegó a demostrar la coherencia de su fe y su intachable conducta. En definitiva, un hombre apasionado de su tiempo y su ambiente y enamorado de Dios y de sus conciudadanos, a los que sirvió santamente como un buen médico.

También una italiana, la doctora Gianna Baretta, ha sido beatificada hace muy pocos años, tras haber fallecido heroicamente después de haber dado a luz a su cuarto hijo y preferir la vida de éste a la propia. Padecía un fibroma de crecimiento rápido, por el que le habían sugerido un aborto que ella rechazó. Murió a los 39 años, en 1962, a consecuencia de una peritonitis séptica secundaria a la cesárea a que fue sometida. Había ejercido la pediatría en el Nido de Asilo de Puerto Nuevo, una institución de caridad de Génova.

CUATRO HISPANOS HACIA LA BEATIFICACIÓN

Aún más cercanos a nosotros, se han iniciado hace muy poco tiempo algunos procesos de beatificación de médicos. En Pamplona, el boletín de la diócesis de junio de 1997 publicaba un edicto con el inicio de la causa de beatificación de Eduardo Ortiz de Landázuri. Segoviano, nacido en 1910, catedrático de Medicina de la Universidad de Granada, se trasladó a Pamplona con su familia —casado con Laura Busca, tenía siete hijos— para iniciar la andadura de la Facultad de Medicina de la Universidad de Navarra. Miembro de la prelatura del Opus Dei, recordaba con frecuencia que su fundador le preguntó en cierta ocasión: "¿Por qué estás aquí?"; a lo que respondió: "Para hacer una universidad". Monseñor Escrivá de Balaguer matizó: "Para hacerte santo haciendo una universidad". Fue Decano de Medicina, recibió la Gran Cruz de Alfonso X el Sabio y la Cruz del Mérito Civil, porque era un gran trabajador, un excelente profesor y un médico experto y tremendamente humano. "Quienes le conocieron lo recuerdan como un hombre bueno, alegre, recto y heroicamente cristiano", señala Benito Badrinas, vicepostulador de la Causa de beatificación.

En Llanes, la villa asturiana que asoma al Cantábrico toda la belleza del esmeralda verdor de la sierra del Cuera, nació y murió otro médico para el que sus convecinos piden también el comienzo de la causa para su beatificación. Se trata de Ramón Sordo Álvarez, nacido en 1895 y fallecido en 1958. Estudió en el colegio de la Encarnación —hoy hotel Don Paco— y en el colegio de jesuitas de Gijón, para continuar su preparación universitaria —hasta el doctorado— en Madrid. Fue un médico de Llanes, que hizo realidad, una vez más, el aforismo El ruido no hace bien y el bien no hace ruido. Pues simplemente se portó bien, muy bien, a lo largo de su vida, en silencio y con la sencilla dedicación a su familia —casado con María Luisa Sordo, tuvo dos hijos— y a sus convecinos, sin distinciones, y pasando por ser el médico de los pobres. Fue, además de director del Laboratorio Municipal y médico de la Cofradía de Pescadores, el primer médico llanisco que instaló en su consulta un aparato de rayos X, y vocal comarcal del Colegio de Médicos de Asturias.

También está abierta la causa de beatificación de don Pedro Herrero Rubio, de Alicante (1904-1978). Casado, sin hijos, se especializó en ginecología, pero dedicará su actividad a la pediatría, volcado en un entrega absolutamente generosa a los niños enfermos, especialmente con los pobres.

La santidad anima todo tipo de actividades y profesiones, pero si consideramos el "alma médica como el conjunto de valores que se da en un hombre inclinado ante otro ser humano postrado", en palabras del doctor Valdés-Hevia y Villa, Presidente del Colegio de Médicos de Asturias, las virtudes de un santo en la medicina multiplican su efecto beneficioso de una manera muy especial, por esta gran carga de proyección humana que tiene su ejercicio.

Ángel García Prieto
Secretario del Colegio de Médicos de Asturias