RetrocesoA&ONº 281/15-XI-2001SumarioContraportadaContinuar
La Iglesia entreteje y vivifica la vida concreta de los hombres
No es algo vaporoso,
sino una realidad de este mundo
Había escrito Romano Guardini, en 1918, en su libro Sobre el espíritu de la liturgia,
que "la Iglesia renace en las almas". El cardenal Ratzinger señala,
en una de sus últimas obras traducidas al español, que nos encontramos
en la época de la reforma de la reforma. Como dice el autor de esta
memorable página de la historia de la teología católica, "la Iglesia no se limita
a asegurar la libertad a los hombres. Es mensajera y artífice de la unidad".
De la unidad que necesitamos en los tiempos que aceleran nuestra Historia
El cristiano obra como miembro de la Iglesia, como parte de la Iglesia. Jesucristo nos ama a cada uno; y a cada uno nos dice como a Moisés: "Te he conocido por tu nombre"; pero no nos ama separadamente. Él nos ama en su Iglesia, por la que vertió su sangre. Por fin, nuestro destino personal no puede realizarse sino en la salud común de la Iglesia, de esta Madre de la unidad.

El misterio de la Iglesia es en resumen todo el Misterio. Es por excelencia nuestro propio misterio. Nos abraza por completo. Nos rodea por todas partes, ya que Dios nos ve y nos ama en su Iglesia, ya que en ella es donde Él nos quiere y donde nosotros le encontramos, y en ella es donde también nosotros nos adherimos a Él y donde Él nos hace felices.

La Iglesia católica es aquel "estandarte levantado en medio de las naciones", para servir a todos de signo de reunión, "invitando a ella a los que todavía no tienen fe, y asegurando a sus propios hijos que la fe que ellos profesan se apoya sobre el más firme fundamento". La Iglesia es aquella montaña que se hace visible desde lejos a todas las miradas, aquella ciudad resplandeciente, aquella luz colocada sobre el candelero para iluminar la casa. Ella es aquel edificio de cedro y de ciprés incorruptible cuya solidez majestuosa desafía a los siglos e inspira confianza a nuestras efímeras individualidades. Ella es aquel milagro continuado que no cesa de anunciar a los hombres la venida de su Salvador y de mostrarles con mil ejemplos su Fuerza liberadora.

San Ireneo nos enseña cómo los Apóstoles confiaban a los obispos las Iglesias que estaban a su cargo. Si la Iglesia visible de nuestros días no es la Iglesia apostólica, no continúa realmente la misión de Cristo y no es su Iglesia.

Por lo demás, "si no hay más que una sola alma, tampoco puede haber más que un solo cuerpo". Cuerpos múltiples y divididos no pueden formar una Iglesia única. La suposición de que pudieran existir varias sociedades cristianas independientes con unidad de espíritu es "totalmente extraña al pensamiento de san Pablo", como es contraria a toda la historia cristiana primitiva. Si la Iglesia es real, es necesario que sea un organismo que en cierta manera pueda ser visto y tocado, de igual suerte que podría ser visto y tocado el Hijo de Dios durante su vida terrena. La Esposa de Cristo es única, y es una Iglesia "que se ve, que se oye, que se cree, que enseña, que decide, que bautiza". Todo obliga a reconocerla: según la enérgica fórmula del padre Luis Bouyer, que resume una fórmula de san Ignacio de Antioquia, "una Iglesia invisible es lo mismo que la negación de toda Iglesia": sin la jerarquía que la une, la organiza y la guía, "no se puede hablar de Iglesia". Y el que se niega a seguir aquí la lógica paradójica de la Encarnación, ¿cómo la podría seguir en lo que concierne a la economía sacramental? Y lo que es más, ¿cómo no quedaría expuesto a abandonarla en lo que respecta a la misma persona de Jesucristo?

EN MEDIO DEL MUNDO


La paradoja salta a la vista: esta Esposa mística, esta Iglesia de corazón escondido, es al mismo tiempo un ser bien visible entre los demás seres del mundo. Se la puede menospreciar, pero no se la puede ignorar. Como todas las instituciones humanas, también ella tiene su fachada exterior. Ella tiene su aspecto temporal, a veces muy pesado. Tiene sus cancillerías, su código, sus tribunales. No; nuestra Iglesia no es una cosa nebulosa e inmaterial. No es una entidad vaporosa. Aunque es un misterio que se vive en la fe, no deja por eso de ser una realidad de este mundo. Vive en él a plena luz, imponiendo su presencia a todos y reivindicando sus derechos. En todas partes, ella se entremezcla en el tejido de la vida social, modificando su urdimbre.

Henri de Lubac
de Meditación sobre la Iglesia
(Ediciones Encuentro)